Cultura

Patricia Julio Miranda: ser mujer de ciencia en el siglo XXI

 

  • La investigadora brinda un vistazo sobre su vida, su experiencia en el ejercicio de la ciencia como mujer y su perspectiva sobre el futuro de la investigación científica
  • Actualmente coordina la licenciatura en arqueología de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí

 

Patricia Julio Miranda es licenciada en geografía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y doctora por el Instituto de Geografía de la misma universidad, especialista en geociencias; desde diciembre de 2017 coordina la licenciatura en arqueología de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP), de cuya planta docente ella es la única mujer.

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Originaria de la Ciudad de México, ha vivido en San Luis Potosí desde 2006, momento en que tuvo la oportunidad de ingresar a la institución. En entrevista para la Agencia Informativa Conacyt, la investigadora brinda un vistazo sobre su vida, su experiencia en el ejercicio de la ciencia como mujer y su perspectiva sobre el futuro de la investigación científica.

 

¿Quién es Paty Julio?

En su oficina de la UASLP, se describe primero como una profesora de tiempo completo en la institución, adscrita a la licenciatura en arqueología. Sin embargo, ella es especialista en ciencias de la Tierra. Y antes de preguntarle cómo es que una geocientífica terminó dirigiendo el destino de los jóvenes que ingresan a dicha carrera, indago sobre su pasado. ¿Cómo es que se interesó por las ciencias de la Tierra?

“Yo también me lo he preguntado. ¿Por qué me gustan tanto las geociencias? Tal vez tenga que ver con que siempre he tenido el interés de estar afuera. Y desde que llevé geografía en la secundaria, hablando de este tipo de cosas, a mí me parecía súper interesante la materia y siempre me imaginé conociendo lugares. Entonces creo que el gusto por los espacios exteriores, no estar en oficinas o en interiores, tuvo que ver”.

Cuando cursaba la secundaria le tocó vivir una época en la que los tres años la geografía se enseñaba desde diferentes enfoques, primero desde la perspectiva global y nacional para luego abarcar las vertientes económicas y humanas.

Para ella esa base geográfica fue definitiva para elegir lo que quería hacer con su futuro. Y es que siempre tuvo el sueño de convertirse en profesionista. “Y cuando llegó el momento de decidir, el asunto clave fue elegir una carrera que me permitiera salir y conocer lugares”.

Aunque como todos cuando niños, la geografía no era su única opción. “Cuando era pequeña quería ser muchas cosas. Por ejemplo, me acuerdo mucho que quería ser banquera. Mi mamá me preguntaba por qué, y yo le decía: ‘Pues es que tienen mucho dinero’”, comenta entre risas.

Luego cuenta que la biología marina fue otra opción. Pero no saber nadar y su profundo respeto al mar no la hicieron sentir muy segura de tomar ese camino.

“Y finalmente, al entrar al CCH también me llamó la atención la arqueología. Siempre me han llamado la atención las zonas arqueológicas. Pero esto lo platico como broma sobre la forma en cómo decidí geografía, me dije que los arqueólogos no tienen mucho trabajo, entonces mejor estudio geografía, ¿no? Cuando, claro, asumí que los geógrafos lo tenían”, dice mientras reímos juntos.

Patricia Miranda realizó toda su carrera académica en la Ciudad de México, así como en la UNAM. Pero le tocó averiguar por sí misma las ventajas de entrar a una preparatoria o a un CCH.

“Soy la mayor de mis hermanos y mis padres no son académicos, entonces era como ir explorando y un poco lo que iban diciéndome. La prepa es como el mismo modelo de secundaria, pero el CCH fue formado por profesores que rompieron con los modelos de prepa y los esquemas, y muchos de ellos eran de corriente socialista, revolucionaria. Entonces me decían que si quería aprender cosas diferentes, me fuera al CCH”.

Entonces cuenta que su examen de admisión fue en el Estadio Azteca, y aunque no estaba lleno, dice, fue toda una experiencia ver cómo se aglomeraban cientos de jóvenes como si buscaran entrar a un partido de futbol; la profesora habla sobre sus sentimientos al recibir la carta por correo que le indicaría que había sido aceptada.: “Cuando llegó el cartero a casa con el sobre membretado y leías que habías entrado, el sentimiento era de una felicidad inmensa para la familia. Porque, claro, era muy difícil entrar. Eran muchos estudiantes. Que te quedaras en la UNAM era un privilegio. Y una lo sabía. Incluso guardo por ahí mi hoja en algún lugar, y digo que la voy a poner en un cuadro. Fue muy emotivo poder entrar a la UNAM, y entrar además desde la prepa”.

Esto sucedió en la década de 1980, y su paso por la licenciatura en geografía ocurrió de 1983 a 1987, en la Facultad de Filosofía y Letras.

 

De geografía, ciencias de la Tierra y vulcanología

Sobre qué la enganchó de la geografía, comenta que descubrió que la disciplina es bastante amplia y, a pesar de conocer sus diferentes aristas, la parte física capturó su atención: “Me llaman mucho la atención los temas sobre geomorfología, geología, etcétera. Tomé materias y optativas que me permitieron egresar especializada en geografía física. Y creo que tuve maestros que nos motivaron mucho y que amaban lo que hacían. Eso lo transmitían y tuvo mucho que ver”.

Entonces reveló que siempre quiso ser una investigadora, y esto le quedó claro en una curiosa anécdota que vivió durante el curso de metodología de la investigación, donde el profesor preguntó quién quería ser investigador. “Yo asumí que todo el mundo quería serlo, así que levanté la mano y cuando miro a mi alrededor veo que nadie más la había levantado. El profesor dijo: ‘Entonces los demás, ¿qué hacen aquí?’”.

Esto devino en que la joven estudiante optara por titularse mediante la elaboración de una tesis. Fue entonces que lancé la pregunta más incómoda que puede hacerse a una tesista: ¿de qué se trató?

Pero antes, advierte mientras ríe, tiene que contarme algo. Y es que una vez que terminó la licenciatura encontró trabajo como maestra de geografía en una preparatoria. Pero su incursión en la docencia había comenzado tiempo atrás, ya que la UNAM tenía un programa de educación para los adultos trabajadores de la universidad, en colaboración con el Instituto Nacional de Educación para Adultos.

“Entonces yo daba clases a los trabajadores de otras facultades en mi último año, y como no había becas ni en los institutos de investigación, y no quise ser una carga para mis papás, descuidé la tesis y la dejé. Así que estuve cerca de diez años fuera de la universidad. Diez años después regresé y terminé mi tesis”, dice mientras sonríe.

Su director de tesis fue el vulcanólogo Hugo Delgado, quien actualmente es el director del Instituto de Geofísica de la UNAM, a cuyo lado trabajó el tema de la morfometría de cierto tipo de volcanes, el estudio de su geometría: “Posteriormente hice mis posgrados en ciencias de la Tierra, adscrita a un proyecto junto con él. Eso es muy padre. A mis alumnos les cuento que yo viví en el instituto desde la maestría. Me tocaron muchas experiencias geniales con mi director, por ejemplo, en la medición de gases volcánicos en el Popocatépetl”.

 

El mundo laboral y su arribo al desierto de San Luis Potosí

Durante su experiencia laboral, la doctora Paty llegó a cumplir su sueño de viajar y ver otros lugares. Una de esas mejores experiencias fue visitar las Islas Canarias durante un curso de vulcanología en que fue aceptada.

“Fue un aprendizaje y unos paisajes increíbles. Disfruté mucho de lo aprendido pero también del ambiente social que se formaba. Cuando regresé aquí fue como ¡guau! Alucinaba los volcanes”.

—Entonces, ¿por qué decidió quedarse en México?

—Esos diez años me pesaron mucho. Cuando entré a la maestría muchos de mis compañeros eran una década o cinco años más jóvenes. Y entonces yo decía: “Híjole, voy a terminar el doctorado y ya no estaré en una edad joven”.

En 2006, a la edad de 40 años, terminó el doctorado en la UNAM. “Si no me hubiera ausentado esos diez años, hubiera terminado a los treinta o quizá antes, y me dije: ‘Bueno, ya no es fácil encontrar trabajo en el extranjero cuando tienes una edad así, y decidí buscar en México”.

Para la investigadora, la edad es un factor importante para la búsqueda de los puestos laborales en el mundo de la ciencia. “Sí, es un elemento importante. Siempre lo he tenido muy claro. Tal vez antes no, pero ahora es algo importante. Se habla de los jóvenes académicos, y antes esos jóvenes académicos eran personas de 40 años de edad, y ahora resulta que son cada vez más jóvenes en realidad. Me acuerdo que uno de mis profesores de licenciatura ganó un premio que la UNAM otorga a los jóvenes investigadores universitarios, y él tenía cuarenta y tantos años. Y era joven. Pero hay una presión cada vez mayor en las universidades por decidirse por alguien que tenga las cualidades requeridas, pero que también sea más joven”.

Sobre el primer empleo que consiguió al terminar el doctorado, explica: “Siempre digo que soy una mujer con mucha suerte. Durante mi posdoctorado en geofísica me encontré con una amiga que también es geógrafa. Platicando con ella, me pasó una tarjeta, de su monedero, donde estaba el contacto del coordinador de la licenciatura en geografía recién abierta en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí”.

La profesora recordó que, irónicamente, esa charla sucedió mientras ambas colegas se encontraban en el banco, y que posterior a ella guardó la tarjeta para ese mismo día escribir a la universidad y enviar su currículum sin saber si solicitaban a alguien o no. Como quien dice, ella decidió tomar el riesgo, y lo que sucedió fue que le dijeron que sí buscaban a alguien y que la querían inmediatamente.

Le dieron la oportunidad de incorporarse a mediados de 2006 durante el término definitivo de su doctorado, y fue así que llegó a San Luis Potosí para incorporarse a las filas de la licenciatura en geografía de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades.

Sobre cómo fue cambiarse de la ciudad probablemente más caótica del mundo a este paraje semidesértico, responde que no fue algo fácil. “Amo la UNAM, pero reconozco que hay demasiada centralidad. Cuando estaba en el doctorado me preguntaba por qué no había muchas UNAM. Y mi razonamiento consideraba que en las universidades estatales no ha habido el impulso que se le ha dado a la UNAM. Y que si tuviéramos 32 universidades estatales con mucho apoyo, tendríamos 32 UNAM, y no una universidad nacional y 31 universidades satélite. Y no por las capacidades, sino por el apoyo económico”.

 

Docencia y género: una experiencia femenina

Al llegar no solo apreció la poca densidad del tráfico y los precios accesibles de renta. En lo general, le encantó la ciudad, sobre todo el centro histórico y el paisaje del semidesierto. “Cuando llegué hace diez años aquí incluso había más seguridad. Me acuerdo que andaba en el Centro de noche y decía: ‘¡Yeah!, puedo andar en el Centro de noche’. Las cosas han cambiado en tan poco tiempo”.

De cómo fue que terminó en la carrera de arqueología como profesora investigadora de tiempo completo, comenta: “Solicité mi cambio después de una serie de circunstancias que no me gustaron. Vi que muchas materias que se daban en geografía se daban en arqueología. Hablé con el coordinador en turno de 2008 y me dijeron que buscaban a alguien como yo”.

La arqueología era algo que siempre le había llamado la atención desde niña, pero fue al entrar a la carrera como investigadora, que descubrió que se trataba de una ciencia súper vasta y compleja, lo que le permitió proponerse un nuevo reto: adaptar su método de enseñanza a partir de su experiencia como mujer estudiante: “Me decía a mí misma que cuando yo enseñara, mis estudiantes tendrían que entender o sentir que lo que les enseñé tiene una relación con su carrera. Porque muchas veces cuando eres estudiante, te pasa al ver un tema que cuestionas ¿y qué tiene que ver esto con la carrera? Entonces, cuando llego a arqueología, mi reto era que tenía que hacer que mis alumnos sintieran que estas materias sí les iban a servir y que los conocimientos son importantes. La búsqueda de esa relación me llevó a aplicar mis conocimientos al ámbito arqueológico para poder aportar algo”.

Sin embargo, le queda claro que esa parte es una especie de servicio social institucional. Una de las cosas que más le agradó de la planta académica fue que todos coincidían en que la gestión educativa era algo que, aunque no les gustara, sabían que era su responsabilidad conjunta llevar a cabo.

“Entonces, en esta idea, se me pidió que fuera la coordinadora. Y dije que si mis compañeros arqueólogos me apoyaban y me echaban la mano, yo le entraba”.

Un asunto curioso que no pasa desapercibido para la comunidad estudiantil, es que la planta docente de la licenciatura en arqueología está compuesta casi en su totalidad de hombres. Ella es la única mujer.

—¿Cómo ha sido ser una mujer de ciencia en una planta académica dominada por hombres? ¿En algún momento sintió que fuera tratada de manera distinta o desigual por ser mujer?

—Cuando entré a arqueología me di cuenta, y esto hay que considerarlo, que de los profesores tres son alemanes, hay un polaco, había un norteamericano-mexicano, y ahora dos mexicanos. Para mí, entonces la cuestión ha sido más de factores culturales. Realmente nunca sentí que hubiera una actitud diferente hacia mí. Siempre me sentí escuchada en las reuniones de la academia y siempre pude decir lo que yo quisiera.

 

Ciencia para el mundo real

Sobre su desarrollo profesional, comenta que al recién llegar a San Luis se integró a un posgrado interinstitucional en ciencias ambientales, en el cual estructuró un programa de investigación en desastres, una línea de investigación actual en la cual se inscribe y que no existía en la entidad.

“En el posgrado lo recibieron bien y comencé a dar esa materia, a la cual se integró una antropóloga, y ahora he participado en ocho tesis que van por ese tema. Y creo que mi cambio de línea por los desastres tiene que ver un poco con que me empezara a juntar con los científicos sociales. Y entonces por eso ahora cuando me preguntan ¿qué eres?, yo pienso: ‘Ya no sé lo que soy’”, dice mientras reímos.

Sobre esta característica en particular, planteo si cree que el conocimiento que esta clase de ciencias genera sigue siendo útil para la sociedad, considerando los debates que aún persisten sobre la utilidad pragmática de las ciencias sociales y las humanidades comparadas con las ciencias exactas.

“Siento la necesidad de que el conocimiento que genere pueda ser empleado en beneficio de la sociedad, entonces yo no tengo ningún problema con la gente que se dedica a la ciencia ‘pura’ ni con aquellas que se dedican a la cuestión de las ciencias aplicadas. Y quizá tenga algo que ver con las formaciones académicas de cada uno, el sentido de responsabilidad social adquirido, etcétera, pero para mí son tan respetables unos como otros”.

Sobre cómo ve el futuro de la ciencia en nuestro país, sostiene que las nuevas tecnologías son una pieza principal. “Lo digital ha aterrizado en todas las áreas del conocimiento y está rompiendo paradigmas y creando nuevos. Nuevos retos y nuevas oportunidades. Entonces el futuro es difícil, porque hay cosas muy cambiantes. Hay fenómenos cada vez más complejos y habrá que esperar que la ciencia siga cambiando, evolucionando para hacer frente a esos retos con nuevos conocimientos”.

Considerándola una mujer de ejemplo, una luchadora de la ciencia y defensora del diálogo interdisciplinario, le pregunto qué consejo daría a los jóvenes que entran en las humanidades y las ciencias con el objetivo de aplicar el conocimiento en una realidad cada vez más desafiante: “Los profesores juegan un papel importante en nuestras vidas. Yo tenía una profesora que decía lo siguiente: ‘A veces la realidad es tan cruda que hay que poner una barrera para no ponerse a llorar’. Y cuando eres profesor, te preguntas cómo decir a tus alumnos que la realidad es bien gacha. Yo les digo que quisiera decirles que no se preocuparan, que hay un chorro de trabajo bien pagado y que después de todo el esfuerzo que hicieron van a conseguir una chamba. Eso como profesora es duro. Yo quisiera que como sociedad hubiésemos hecho algo para ofrecer algo mejor a ustedes los jóvenes. Pero no lo hemos estado haciendo. Y me pregunto ¿qué les digo? ¿Échenle ganas? Porque no nada más es echarle ganas. Pero creo que si estudias aquello que quieres, aquello que te apasiona y te enamora, la realidad va a ser menos dura”.

Con información del Conacyt

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