Opinión

Platillo predilecto / Tres guineas

¿Qué harías si te ganaras todo el viaje pagado a la boda real, excepto tu outfit?, preguntaron en la oficina. Atiborro la tarjeta de crédito, me compro un Gucci, los accesorios, el maquillaje, el peinado y me lanzo. Nos reímos. Tarjeta de crédito. Gucci. Después, seguiría usando ese mismo vestido todos los días hasta que me lo acabe.

Ya no podemos hacernos los ingenuos. Pensar en términos de clasismo, racismo y sexismo está en cualquier tema y una boda de la realeza es perfecta para explotarlos al máximo.

Según Vox, tan solo en EU y en tv abierta, 30 millones de personas vieron la boda real entre Meghan y Harry. No tanto como el Super Bowl con 103.4 millones, pero más que los Oscar con 26.5 millones, o el doble que vio el final de la última temporada de Games of Thrones con 12.1 millones de personas. Todo un espectáculo con una trama ferozmente repetitiva de la que esos millones estaban dispuestos a encontrar similitudes y diferencias en las tramas anteriores, en los vestidos, en la organización, quisquillosos al señalar las nuevas formas de romper los moldes, de desafiar al sistema, de mantenerse fiel a la corona, otra alfombra roja en la cual, la nueva duquesa de Sussex, Meghan Markle, es la protagonista y una digna heredera de la línea sucesoria de la moderna Diana Spencer al autonombrarse feminista, ser una plebeya y, además, afrodescendiente, esto sin considerar las otras menciones que la hacen doblemente señalada, como que es una actriz hollywoodense divorciada.

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Colocar a las mujeres como protagonistas del cotilleo no es nuevo. Somos el platillo predilecto de la comidilla. Entre más tropiezos o sinsentidos nos achaquen, más hablarán de nosotras.  Meghan es la que se casa con el príncipe azul. Meghan es la que podría traer un hijo con sangre negra a la Casa de Windsor. Meghan es la que reprodujo al decir sí todos los mitos del amor romántico, la de los clichés, los estereotipos, la perpetuadora del cuento de hadas, la…

Fresca como una lechuga, a las 4:00 de la mañana prendí la computadora para sintonizar la boda en el mediodía de Windsor. Mientras el atrio de la capilla se llenaba de invitados -oh, mira, sir Elton-, pensaba en las mil y un formas que hay de revictimizar a las mujeres –no, no me gusta ese vestido de Oprah-, una y otra vez, al ponernos en el vórtice de cualquier cosa que tenga la etiqueta de escandaloso en los parámetros sociales –obvio, Victoria tenía que usar un Victoria Beckham-. Porque, a fin de cuentas, por muy princesa y muy de la alcurnia que ya sea, todo lo que le cuestionan a Meghan es lo que no han podido dejar de cuestionárnoslo a nosotras, viles plebeyas: si tomamos una decisión, esta no fue del todo libre porque estamos sometidas a nuestras circunstancias, o en cambio, si no podemos tomar una es que somos débiles e incapaces de agarrar al toro por los cuernos. Peor aún si decidimos no decidir. La nueva duquesa tomó una decisión y eso es lo único que debería importar. Decidió sobre su vida, su cuerpo, su mente y estabilidad, tanto como cualquier otra mujer podría decidir, si así lo desea, por ejemplo, ejercer el trabajo sexual.

Pero somos un estuche de contradicciones. En nuestro orgullo nacional republicano, y hasta en una especie de chovinismo, nos encanta despreciar todas las costumbres –llámele opresiones o sometimientos, si quiere- de otros pueblos, nosotros, los que matamos nuestro amor por la realeza dos veces con Iturbide y Maximiliano. Nosotros, los que le rezamos a la virgencita no sabemos lo que es que una viejecilla sea la líder suprema de la iglesia, nosotros, que en este bello país mexicano mayormente somos malinchistas –aquí vamos otra vez con los protagonismos femeninos-. Cuánto gusto por lo todo lo que venga de cruzar ríos y charcos. Los suvenires. La ropa del gabacho. Los ponchos peruanos. La música inglesa. Y aun así nos da por hablar de colonización y apropiaciones culturales. Sabes mucho y entiendes tan poco, dice mi abuela.

Y quién lo iba a decir, a esta mestiza que se casa con un inglés también la emplazan a juicio por heterosexual. Ay, la “princesa feminista” no quiso mencionar que “obedecerá” a su marido, como si de veras, con todos los beneficios, leí. La noción de que el feminismo solo se encontrará libre en una especie de isla de Lesbos me resulta ineficaz cuando todos los días miles de mujeres siguen conviviendo con varones y por lo mismo, enamorándose de ellos, porque, sí, los procesos emancipatorios tendrían que venir de otros lados antes que de la sexualidad para extenderse entre niñas y mujeres, por ejemplo, entre unas niñitas que, por fin, escuchen que siguen existiendo las princesas, con coronas y todo, pero que ahora llevan por bandera el feminismo, que lo promueven, que empiecen de cero en el tema por ahí. Sé que es difícil pensar en un feminismo light cuando miles de mujeres mueren todos los días a manos de esos mismos varones de los que se enamoran. Sé que estamos frente a la idealización de los sueños de millones de mujeres todavía, pero que no representa ni a un 1% de ellas. Espectáculo al fin, estrategia infalible para promover el sexismo y la discriminación. Eso seguirá pasando si seguimos siendo el platillo predilecto de la comidilla. Nos mastican, nos engullen, nos revictimizan con esa misma atención a las banalidades de siempre antes que mencionar nuestros logros y propuestas. ¿Cambiará Harry los protocolos en su familia?, ¿qué hará para integrar e integrarse en la vida de Meghan antes que la suya?, ¿alguien lo ha cuestionado a él por algo? Ahí está Camila Parker. Camila era la amante. Camila destruyó el matrimonio de Diana. Camila, la rottweiler. La fea. La divorciada. La maldita. Contra Carlos, nada. Hacia él no se dirigieron las críticas aguerridas, los juicios ni los señalamientos.

Nuestro orgullo local, ese que promueve con tanto ahínco el gobierno a petición del gusto de la gente, nuestra reina de la Feria, Pamela I, mencionó inocentemente en una entrevista que “la gente sí aprecia mucho el título de nobleza”. Y al parecer, tiene razón. “De actriz a duquesa de Sussex”, fue el titular de la boda.  ¿Pero que ella no era un partidazo por el que hubiera matado cualquier hombre?

Pero el insomnio a veces es traicionero. Aún no había entrado la novia a la capilla cuando comencé a quedarme dormida. En ese sopor pensé en mi tarjeta de crédito con sus pagos infinitos. Esa tarjeta que nos salva a los plebeyos en el Oxxo los fines de quincena. Cuánto gusto por el espectáculo, por el look de Amal Clooney. Sí usaría mi vestido Gucci todos los días hasta acabármelo.

@negramagallanes

 

The Author

Tania Magallanes

Tania Magallanes

Tania Magallanes Díaz. Jefa de Redacción de LJA. Arma su columna Tres guineas. Fervorosa de lo mundano. Feminista.

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