Opinión

Prisionero de la trama / El peso de las razones

 

Un hombre ya mayor, con el cuerpo cansado y el alma ansiosa, reposaba en un sanatorio cubano. Como siempre, no puede dejar de escribir, leer y pensar. Carga, como todos los de su cepa, con esa condena. A lo largo de los años nos colmó, a los que le seguimos con entusiasmo, con su humor e imaginación, con los sucesos y lecturas, con los amigos y viajes que han dieron forma a su vida.

Miércoles 12 de mayo de 2004: “Ayer al medio día me interné en el Centro Internacional de Salud ‘La Pradera’, a media hora de La Habana; por la tarde exámenes y visita a los doctores… Tendré pues todo el día para descansar, leer, hacer ejercicio en un inmenso jardín, y recapacitar sobre mis males y sus posibles remedios. Estoy atrasado en todos mis trabajos; procuraré escribir y leer con entera tranquilidad”.

Lunes 17 de mayo de 2004: “…yo, aquí en las orillas de La Habana, sólo saludo a uno que otro paciente, eso sí con corrección, y eludo las charlas con los que tratan de matar un tiempo que para ellos les resulta vacío y que yo disfruto intensamente en mi habitación. Esta amplitud de tiempo me permite hacer ejercicios, descansar voluptuosamente en mi cuarto donde leo horas y horas como hacía tiempo que no había podido hacerlo”.

Cada que imaginaba a Sergio Pitol, no podía olvidarme de estas palabras suyas. Imaginaba a un viejecillo sumamente educado, incluso fingiendo enfermedades con tal de tener tiempo libre para leer y escribir con absoluta calma y libertad. La enfermedad, me lo enseñó Pitol, siempre es un buen pretexto.

Pitol no sólo encontraba en la enfermedad un pretexto liberador, ella misma fue el detonante de sus derivas literarias: “Aprendí a leer a una edad extraordinariamente precoz, lo que de algún modo mitigó las lagunas de una escolaridad discontinua y por mucho tiempo casi inexistente. Vivía en el campo, en una región donde el anófeles era una presencia inevitable. No había familia que no contara con uno o varios miembros enfermos de malaria. En casa, esa suerte me estuvo destinada. Si bien se mira, fue un regalo de los dioses. Mientras mi hermano distraía sus días en la escuela, los caballos, los deportes, yo, acurrucado en la cama, no hacía sino leer. Me era imposible concebir una actividad que superara tal esplendor”.

La obra de Sergio Pitol -originario de Puebla, diplomático y vagabundo en Europa, abogado redimido, traductor de Gombrowicz y residente final de Xalapa- roza lo desmesurado. Excelente narrador, cronista y ensayista, publicó lo suficiente para dejar un inmenso legado, y con suficiente calidad para que nunca le olvidemos. Dicen algunos que El arte de la fuga es su obra máxima.

Como todos, tengo mis preferencias. Pasión por la trama, aunque menos erudita e intensa, conjuga el ensayo y la narrativa de una forma mucho más dramática. En esta obra, Pitol me parece más consciente del juego de la escritura, sólo un juego. A su vez, constituye un entramado irreconocible: amigos, viajes, lecturas. Todo gira alrededor de eso. Sus obras -analogía nada forzada- se asemejan a la vida misma.

Imagino a Pitol, sólo lo imagino. No puedo hacer otra cosa, puesto que no le conocí en persona. Pero lo he leído. Basta con eso. Sus obras están a medio pelo entre la ficción y la realidad: su prosa es tan elegante que me resulta imposible distinguir cuándo exagera, imagina, compone o simplemente recuerda. Pasión por la trama es un digno ejemplo de esa danza maniaca. Pues imagino a Pitol, sólo eso. Por ello, tengo la libertad de imaginármelo como me venga en gana. No le debo una descripción fiel a nadie. Quisiera imaginarlo, como Enrique Vila-Matas imagina a ciertos escritores: “Pensé en lo mucho que los escritores aparecían en mi vida, en mis sueños, en mis textos. Aunque la gran mayoría de ellos suelen ser gente engreída y cicatera, hay una extraña sección minoritaria de escritores que tienen ángel y que son mucho más fascinantes que el resto de los mortales, pues son capaces de llevarte con asombrosa facilidad a otra realidad, a un mundo con un lenguaje distinto. ¿Quién dijo que la palabra escritor olía a pipa apagada, dedos manchados de tinta y pantuflas rancias? No, señor. Casi todas las escritoras y escritores de la sección con ángel son adorables seres que fuman y piensan frente a Olympias portátiles muy antiguas, seres atormentados que parecen estar viviendo en un lugar aparte. Suelen estar angustiados y ser muy inteligentes y, de no estarlo o de no serlo, se las apañan para parecerlo”.

Los que conocieron a Pitol, que yo no le conocí, suelen hablar de él en este sentido. Si no es cierto, al menos lo aparentaba. Eso me basta.

 

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Mario Gensollen

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