Opinión

¿Qué buscamos cuando argumentamos? / El peso de las razones

 

Nuestras prácticas argumentativas son ubicuas. No obstante, no todos los contextos favorecen o son propicios para la argumentación. Ante un necio o ante alguien que todo lo toma a broma los argumentos son impotentes. Aristóteles hace una afirmación similar en sus Tópicos: “no hay que discutir con todo el mundo, ni hay que ejercitarse frente a un individuo cualquiera. Pues, frente a algunos, los argumentos se tornan necesariamente viciados: en efecto, contra el que intenta por todos los medios parecer que evita el encuentro, es justo intentar por todos los medios probar algo por razonamiento, pero no es elegante”.

También, los argumentos resultan habitualmente innecesarios cuando todas y todos opinamos lo mismo. Ante el consenso generalizado, la argumentación en ocasiones resulta redundante. Aunque no se requiere de manera necesaria el disenso para la argumentación, lo cierto es que la pluralidad de nuestras sociedades democráticas puede favorecer o hacer un flaco favor a la ubicuidad de la argumentación. Ralph Johnson considera cuatro factores que determinan la mayor o menor incidencia de la argumentación: los intereses comunes, los puntos de vista diferentes, la confianza en la racionalidad y la apertura al cambio. Si es cierto que la argumentación es un modo especialmente legítimo, en tanto reflejo de nuestra racionalidad, de favorecer la convivencia de las personas en sociedades plurales, deberíamos favorecer a su vez los factores que determinan una mayor incidencia de las prácticas argumentativas. A pesar de esto, la ubicuidad de nuestras prácticas argumentativas puede volver mucho más compleja la tarea de comprender la argumentación. Pues, ¿en qué consiste que una argumentación sea buena o mala? Según el propio Johnson, la bondad argumentativa es relativa a las funciones o propósitos que consideremos que la argumentación debe cumplir. Pero es en este punto donde el debate se vuelve aún más intenso.

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Podríamos enumerar una amplia gama de propósitos que mediante nuestras prácticas argumentativas -y debido a su ubicuidad- buscamos realizar. Veamos algunos ejemplos. Para Luis Vega: “Argumentamos cuando damos razones a favor o en contra de una propuesta, para sentar una opinión o rebatir la contraria, para defender una solución o suscitar un problema. Argumentamos cuando aducimos normas, valores o motivos para orientar en cierta dirección el sentir de un auditorio o el ánimo de un jurado, para fundar un veredicto, para justificar una decisión o para descartar una opción. Argumentamos cuando procuramos, en cualquier suerte de escrito, convencer al lector de ciertas ideas, posturas actitudes, o prevenirle frente a otras. Las mentadas sólo son, desde luego, unas pocas muestras de lo que cabe hacer o pretender por medio de la argumentación”. Para Huberto Marraud: “Usamos razones para justificar nuestra conducta, para condenar y elogiar a los demás, para sopesar los pros y contras de una elección o de una decisión… Argumentar es tratar de mostrar que una tesis está justificada. Como a menudo el fin es persuadir a alguien, se dice también que argumentar es intentar persuadir a alguien por medio de razones, es decir, racionalmente. Cualquier intento de persuasión presupone que el destinatario no cree, o no cree en la misma medida que el locutor, aquello de lo que se le quiere persuadir. La discrepancia puede referirse a qué creer, qué hacer o qué preferir, o a la intensidad con la que se crea, se prefiera o se tenga la intención de hacer algo. Argumentar es un medio para reducir esas diferencias de opinión”. Para Carlos Pereda: “Argumentar consiste en ofrecer una serie de enunciados para apoyar a otro enunciado que plantea ciertas perplejidades, conflictos, o en general, problemas en torno a nuestras creencias teóricas y prácticas: argumentado procuramos resolver muchas dificultades que tienen que ver con nuestras creencias teóricas o prácticas: argumentando procuramos resolver muchas dificultades que tienen que ver con nuestras creencias, incluyendo varias decisivas (aunque no todas las dificultades ni todas las decisivas). Para llevar a cabo esta labor, una persona que argumenta no expresa simplemente lo que piensa, expresa lo que piensa y lo respalda: quien argumenta busca producir convencimiento acerca de la verdad de un enunciado, o de su falsedad, o tal vez, de ciertas dudas sobre él… La otra opción básica -al menos, la otra opción directa- para responder a estos problemas que tratamos con argumentos es la imposición, la violencia”.

Estos ejemplos me parecen suficientemente representativos para el propósito de mostrar la enorme diversidad de funciones que buscamos realizar por medio de nuestras prácticas argumentativas. El problema es que si, como piensa Johnson, la bondad argumentativa es relativa a las funciones o propósitos que buscamos realizar mediante la argumentación, la bondad argumentativa se resiste a la sistematización deseable que buscamos al tratar de responder a la pregunta de qué hace buena a una argumentación. Quizá sea ésta la razón por la que buscamos una función básica de nuestras variopintas prácticas argumentativas: la relación de apoyo entre enunciados, la justificación, responder o anticipar una diferencia de opinión, u otros más esotéricos como la adhesión de los espíritus.

Un problema adicional es que la ubicuidad de nuestras prácticas argumentativas también oscurece la caracterización descriptiva de la argumentación. ¿Cómo saber a qué práctica denominar argumentativa? ¿Cómo sancionamos el uso del término ‘argumentación’? Al considerar a la argumentación ante todo como una práctica comunicativa, lidiamos con problemas adicionales. Por ejemplo, ¿es posible denominar argumentativa a una práctica comunicativa en la que no se ofrecen argumentos? Por ejemplo, Michael Gilbert considera argumentativa a toda interacción comunicativa centrada en un desacuerdo. Con esta definición amplia busca desacralizar el término argumentación de la reducción a la que -piensa- lo sometemos al sólo aplicarlo a disputas comunicativas lineales y clínicas. Para Gilbert, adicionalmente, existen argumentaciones emocionales en las que no se intercambian argumentos. Gilbert, a mi parecer, aprovecha la equivocidad del término anglosajón argument, en el que caben no sólo intercambios argumentativos en los que se ofrecen argumentos, sino intercambios comunicativos (discusiones) de todo tipo. Desde un enfoque lógico, esta posición resulta por lo menos extraña. Para sus defensores, la argumentación se define a partir de sus productos: los argumentos. Y me parece adecuado: no hay argumentación, y por tanto existe algún tipo y grado de violencia, cuando no ofrecemos argumentos. Si una argumentación es buena o mala, entonces, depende principal, aunque no exclusivamente, de los buenos o malos que sean nuestros argumentos.

 

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Mario Gensollen

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