Opinión

Robespierre / Memoria de espejos rotos

 

One day more to revolution,

we will nip it in the bud,

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we’ll be ready for these schoolboys,

they will wet themselves with blood…

One day more

Les Misérables

 

Hay una cita que se le atribuye a Voltaire, durante la época francesa de Las Luces, en el apogeo revolucionario que decantaría en la Declaración de los Derechos Humanos y en la caída del poder monárquico del Rey Sol. Esta cita, palabras más o menos, reza así: “Podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta con mi vida tu derecho a decirlo”. Sobre este pensamiento se fundó una de las libertades civiles fundamentales: la libertad de expresión. Ante esta libertad, se ponen límites precautorios, para que no devenga en libertinaje; estos límites son simples: la no apología del delito (no incitar al crimen o a la violencia), la no discriminación (al partir de la misma equidad de derechos y libertades para todas y todos), la no propagación de la mentira (porque la libre expresión -idealmente- debe fungir como un vehículo para la verdad y la justicia, y la base elemental de que ninguna opinión es sagrada sino que todas las expresiones están sujetas a la crítica (se respeta a las personas, no a las opiniones). Esta libertad es un derecho político fundamental que, bien usado, debería alimentar el diálogo de lo público y promover que las mejores ideas fuesen expresadas. Idealmente así habría de ser, pero en la práctica las cosas no son como uno querría.

Para nadie es un secreto que los columnistas, los editorialistas, quienes ocupan espacios de opinión en los medios, obedecen no sólo a la verdad, sino especialmente a esa fracción de la verdad que coincide con una agenda personal o de camarilla, con sus filias y sus fobias. Esta misma columna ha privilegiado tocar unos temas sobre otros, en función de lo que me ha parecido importante discutir, en el privilegio de poder propagar un punto de vista particularísimo, y gracias a la amplísima libertad editorial que La Jornada Aguascalientes siempre me ha obsequiado. Así, no debe llamar a escándalo que los opinadores tengan (tengamos) una agenda subjetiva. El lector no es tonto, y sabe qué línea editorial va a encontrar al leer a tal o cual columnista. Así también se forma comunidad, cuando el que expresa es claro con su agenda, y esta es respaldada o discutida por los receptores del mensaje, ya sea para colaborar con la formación de una opinión popular, ya sea para contrastar posturas, ya sea para el denuesto o el diálogo.

En ese tenor, la orientación de la agenda personalísima del columnista Ricardo Alemán no es un secreto para nadie: consumado crítico de AMLO, a veces defensor del PRI, a veces ácido con el gobierno, casi siempre cínico y carente de recato al decir lo que considera “la verdad”, Alemán había acumulado no pocos lectores y otros tantos críticos. Hasta ahí, bien; posturas, cotejos, contrastes, hasta que se le ocurrió incitar apología del delito con un tuit contra AMLO en el que sugería magnicidio. Lamentable. Ahí cifró el colapso de su carrera como opinólogo, se echó encima a las legiones de feligreses de Andrés Manuel, y perdió los espacios para difundir sus expresiones en medios. Evidentemente, la consecuencia por su falta de decoro le ha costado, y le costará. El evento suscitado a raíz de su desafortunado tuit, y las reacciones producidas a partir de éste, deben servir para elevar el nivel del debate público, del diálogo colectivo; deben ser un punto de inflexión para levantarnos lejos de lo que queremos que sea la discusión democrática.

Al mismo tiempo -por otro lado- pilares del movimiento de AMLO, como Paco Ignacio Taibo II, no son para nada menos escandalosas: llamar a la expropiación como medida censora contra los empresarios disidentes, imponer el gobierno por decreto, o sugerir el fusilamiento de los opositores, deberían -por lo menos- producir reacciones igualmente furibundas como las que se dieron contra Ricardo Alemán. Sin embargo, entre unas opiniones y otras, hay graves diferencias: Alemán expresaba su opinión en los medios, como parte de su trabajo. Cuestionables, como todas, sus opiniones mantenían el cariz de ser eso: opiniones, muy jodidas si se quiere, pero sólo opiniones. Mientras, las insensateces violentas de Taibo II no son sólo expresiones personales, sino probables pautas de acción de gobierno. Unas son dimes y diretes, las otras francas luces sobre el ejercicio del poder de una fuerza con amplias posibilidades de ganar la Presidencia de la República. Y ante eso, no se ve una oposición seria e inteligente que agrupe la resistencia ante lo probable de la autocracia violenta.

Al triunfo de la Revolución Francesa, la figura de Robespierre personificó la era conocida como El Terror en la que -para asegurar la persistencia del cambio de régimen- se instauró el Comité de Salvación Pública, que fungió como un aparato brutal para la represión de la disidencia política desde el Estado, y que llevó a la cárcel o a la muerte a los opositores del nuevo gobierno. Con el actual escenario, en un panorama de transición política, es claro que entre los feligreses de AMLO habrá varias figuras preparadas a encarnar al nuevo Robespierre; ahora falta ver qué tan dispuestos estamos a admitir una nueva etapa de El Terror.

 

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Alan Santacruz Farfán

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