Opinión

Trump rompe con Europa / Taktika

 

Colegio de Estudios Estratégicos y Geopolíticos de Aguascalientes, A.C.

 

La Casa Blanca, Washington, D.C., EUA. 8 de mayo de 2018. Con su clásica oratoria incendiaria, el presidente Donald Trump justifica su decisión de retirarse del Plan de Acción Conjunto y Completo: “En el corazón del acuerdo de Irán hubo una gran ficción: que un régimen asesino sólo deseaba una programa de energía nuclear pacífico”. A continuación, el hombre del peluquín rubio gesticula y escupe: “El hecho es, esto fue horrible, un acuerdo que favorecía a un solo lado que nunca, nunca debió haber sido hecho. No trajo la calma, no trajo la paz, y nunca lo hará”.

Horas después, mientras presentaba sus cartas credenciales como el nuevo embajador de la Unión Americana ante Alemania, Richard Grenell, a imagen y semejanza de su jefe, tuiteó lo siguiente: “Como @realDonaldTrump dijo, las sanciones de los Estados Unidos golpearán sectores críticos de la economía de Irán. Las compañías alemanas haciendo negocios en Irán deberían disminuir las operaciones inmediatamente”.

Las escenas arriba mencionadas sirven como introducción al presente artículo, el cual busca explicar por qué la decisión de Donald Trump de retirarse del acuerdo nuclear con Irán significa un punto de quiebre en la relación con la Unión Europea.

En 1945, Europa era una pila humeante de escombros: Alemania yacía postrada y dividida; Francia había sufrido la doble humillación de ser derrotada y de colaborar con la Alemania nazi; y el Reino Unido, liderado por Winston Churchill, había resistido, pero se encontraba endeudado y extenuado por tratar de contener a las hordas negras de Adolf Hitler. Por el contrario, los Estados Unidos habían emergido como el principal acreedor del planeta, el arsenal de la democracia -aportaba el 50 por ciento del Producto Interno Mundial- y, muy importante, poseían el monopolio del arma atómica.

Ante el temor de que la Rusia soviética se apoderara en su totalidad del Viejo Mundo, los Estados Unido se trazaron dos objetivos: reconstruir a Europa y defenderla del Ejército Rojo. Gracias al paraguas nuclear estadounidense, las instituciones que cimentaron la regeneración de Europa -la Unión Europea- y su protección -la Organización del Tratado del Atlántico Norte- florecieron.

Lo anterior generó durante cuatro décadas una relación poca saludable: Europa se convertía “en un protectorado estadounidense” cuyas naciones-estado eran una reminiscencia de “los antiguos vasallos y tributarios”1. Es decir: Europa cayó “en un estado de dependencia estratégica de los Estados Unidos”2.

En 1989 cayó el Muro de Berlín y, por primera vez, en medio siglo la posibilidad de que Europa deviniera unida no fue más una utopía. A partir de ahí los intereses estratégicos empezaron a divergir: los estadounidenses se enfocaron cada vez más en el Medio Oriente; los europeos trataban de construir una casa común.

Sin embargo, Europa necesitaba del músculo militar estadounidense, tal y como quedó ejemplificado en la guerra en Bosnia: atrocidades que parecían pertenecer a los libros de historia eran perpetradas. Sólo la combinación del poderío aéreo y la pericia diplomática estadounidense –ejemplificada por Richard Holbrooke- logró detener, en 1995, el baño de sangre en que se había convertido la antigua Yugoslavia.

Parecía que Europa había aprendido la lección. Sin embargo, en 1999, la crisis en Kosovo mostró la dependencia europea, en temas geoestratégicos, de los Estados Unidos: Bill Clinton, aupado por el primer ministro británico Tony Blair, lanzó una campaña aérea contra Serbia. Los serbios tiraron la toalla, pero las semillas de la desconfianza habían sido sembradas.

En 2003, George W. Bush, el texano tóxico, y su acólito, Tony Blair, decidieron, a pesar de no contar con una resolución de las Naciones Unidas, invadir Irak con el pretexto de “destruir las armas de destrucción masiva” que supuestamente poseía el régimen de Saddam Hussein. Francia y Alemania, junto con el apoyo de Rusia, decidieron oponerse a la ofensiva anglo-americana.

El entonces secretario de Defensa estadounidense Donald Rumsfeld creó una nueva taxonomía para clasificar a los europeos: “la vieja Europa” compuesta por Alemania y Francia, la cual se oponía a la invasión; y la “nueva Europa” integrada por el Reino Unido y los países bálticos y centroeuropeos que habían vivido bajo la bota soviética, la cual apoyaba la incursión.

El relevo de Bush por Barack Obama fue saludado en las capitales europeas: los lazos trasatlánticos se recuperaron en parte. Pero una cosa era clara: Europa ya no ocupaba un lugar primordial en los intereses geoestratégicos de la Unión Americana. Ese lugar pertenecía a Asia, pues Obama decidió implementar su famoso “pivote” a esa parte del mundo.

En 2016, dos hechos golpearon el sueño de una Europa unida y de la unidad trasatlántica: el Brexit, la salida del Reino Unido de la Unión Europea, y el triunfo electoral de Donald Trump, cuyo lema “América Primero” capturó la imaginación del electorado.

Una vez en el poder, Trump implementó una política aislacionista: los Estados Unidos se retiraron del Acuerdo Transpacífico y del Acuerdo de París sobre Cambio Climático. Pero la gota que derramó el vaso fue el repliegue unilateral del acuerdo nuclear con Irán, un logro de la diplomacia europea.

¿Por qué? Para el presidente de Francia, Emmanuel Macron, significa que “Europa debe tomar su destino en sus propias manos” porque “si dejamos que otros decidan nuestra políticas, entonces no seremos creíbles”. Por su parte, el director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, Mark Leonard comentó: “Vamos a tener que tratar a los Estados Unidos como una potencia hostil”.

Europa, a pesar de que su corazón diga “yo tampoco tengo nada que sentir y eso es peor, pero te extraño, también te extraño”, debe pensar seriamente en ser la dueña de su destino, a pesar de la presencia militar estadounidense. No puede estar secuestrada, en los planos comercial y diplomático, por el mafioso y lujurioso ocupante de la Casa Blanca.

Aide-Mémoire. México en el mundo es el tema del segundo debate presidencial. Veremos cuáles son las propuestas de los aspirantes a ser el próximo inquilino(a) de Palacio Nacional.

 

 


  1. Brzeziński, Zbigniew. The Grand Chessboard: American primacy and its geostrategic imperatives. Basic Books, New York, 1997, p. 59
  2. Kagan, Robert. Of Paradise and Power: America and Europe in the New World Order. Alfred A. Knopf, New York, 2003, p. 18

 


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Soren de Velasco Galván

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