Opinión

Algo menos estúpido / Tres guineas

Anthony Bourdain se definía como entusiasta, un simple cocinero y en el último episodio de su vida, como un maldito feminista.

Hace unos días, exitoso y con 61 años, este hombre cometió suicidio y quise traerlo a colación no por sus viajes y su búsqueda insaciable del otro, no por su temperamento ni su cocina, no por su decisión final, sino por la que sería tal vez la última exploración que haría a una condición humana: a la masculinidad.

Debo decir que este tema no logro ni lograré, por lo visto, aterrizarlo con mis hombres cercanos. En nuestro contexto, parece que mi propia construcción de feminidad, madre, hija, amante, amiga, es la que me invalida a hablar de ellos, con ellos, porque a sus ojos no los conozco y es fácil que se sientan juzgados por mí, algo que sé que las mujeres también consideramos: ellos no saben, ellos nos juzgan, ellos no reconocen la violencia que ejercen en nuestra contra porque ellos no saben lo que es ser mujer. Así es como no nos escuchamos y menos nos ponemos de acuerdo. Ahora más que nunca, con la ola de violencia de género que se ha visibilizado en los últimos años, porque esa siempre ha estado ahí solo que ahora sí hablamos de ella, tenemos la tarea inmensa como comunidad de establecer nuevas relaciones entre mujeres y hombres [y atiendo este binarismo que aún rige el mundo porque repercute directo en la construcción de nuevos géneros y sexualidades], ya no únicamente amorosas, sino en el trajín de todos los días, al señalar el papel que ellos juegan en esta necesaria reestructuración, porque nosotras llevamos mucho tiempo hablando de nosotras, para nosotras, y así como todos los días hay acaso nuevas mujeres empoderadas, también hay nuevas, y más, mujeres violentadas y asesinadas.

Así pues, hasta este momento, Bourdain es considerado el rostro masculino del #MeToo, la voz de un aliado y compañero en este movimiento que surgió apenas el año pasado contra los abusos sexuales en Hollywood develados por un grupo de mujeres que denunció el acoso y los ataques sexuales de Harvey Weinstein. Una de estas mujeres es la actriz y directora Asia Argento, novia del chef y por la que se acercó al feminismo. Pero momento. Algo que siempre estaremos dispuestas cobrarles caro a los varones es esa idea de que para ellos solo son respetables sus mujeres cercanas, algo así como el todas son unas putas, menos mi mamá y mis hermanas, y junto con esto también que son los primeros que salen a “defendernos” de otros hombres, cuando ellos mismos, toda su vida, han sido agresores de otras mujeres, pero que no lo alcanzan a ver. Sus lágrimas de hombre, sus lamentaciones, son tan cortas, falsas y encubridoras de la violencia que siguen replicando. Ahí sí que están los famosos Nachos Progres. Ahí, si ustedes quieren, colocarán a Anthony.

Lo cierto es que por algo deben empezar a cuestionarse. Tal vez observar las injusticias contra las mujeres que aman los lleven a verlas cometidas en contra de todas las demás. No los excuso, hay cada patán. “Todos los hombres somos estúpidos”, me han dicho, medio para justificarse, medio para que los entienda. Sin embargo, pienso que toda la vida han repetido patrones de conducta, al igual que las mujeres, pero que repensar sus acciones viene con un salto triple de dificultad porque van solos, como los han enseñado a caminar por el mundo, ellos a los que no les está permitida la sensibilidad, a los que desconectarse de las emociones y de la empatía se les da de maravilla, por lo que encontrarse con su “interior” y pensar qué es ser hombre y qué ser mujer para resignificarlo es en muchas ocasiones un caso perdido, mientras que nosotras no podemos seguir hablando exclusivamente de machos agresores y mujercitas víctimas en un discurso muy cómodo que no propone nada pero sí estereotipa todo.

Entonces, al saber de la violación que padeció Asia y con la explosión del movimiento, Anthony buscó el camino para cuestionarse las formas en que se había estado relacionando con mujeres y con hombres, siendo estos el público al que quiso dirigirse específicamente: “Claramente estamos en un momento de la historia en el que todos, independientemente de nuestras intenciones, tendremos que mirarnos a nosotros mismos y ver qué rol cumplimos en el pasado, qué cosas vimos, ignoramos, decidimos aceptar como normales o simplemente omitimos”. E hizo bien. Recurrió a lo que las feministas por mucho tiempo hemos estado solicitando de los caballeros: hablen entre ustedes, sean capaces de señalar y reprender las violencias en las que incurren, como un parteaguas que los impulse a replantearse las construcciones masculinas. Es poco lo que nosotras podemos hacer por ustedes si todavía tantos nos siguen viendo como el objeto perfecto de dominación, y es por eso que a veces lo único que nos dejan antes que dialogar es defendernos. Estuvo tan participativo en el tema, que el cocinero hizo lo que hasta entre niños está mal visto, y sin empacho señaló a dos de sus colegas por conductas inapropiadas, de los que muchas veces antes se había expresado con admiración: “Estoy enojado y lo he visto de cerca y he escuchado de primera mano de muchas mujeres [las agresiones]. […] Además, creo que estoy mirando hacia atrás en mi propia vida”. Quién sabe si en algún momento salga alguien a acusarlo también de agresor. Si no meto las manos al fuego por mi comportamiento, menos por el de otros. Bourdain de repente se descubrió parado en donde siempre había estado, envuelto de privilegios en una cultura de úsese y tírese que consume carne, toda, desde la cocina hasta los cuerpos, y se preguntó si él había sido un agresor, por qué había sido incapaz de escuchar a las mujeres que denunciaban violencias y por qué nunca inspiró confianza para que otras le hablaran de ello. Este hombre que pensó en la pobreza, en la devastación de las guerras, en las comunidades de la diversidad sexual, en la migración, en la lucha por la dignidad, aceptó que de tanto escuchar el discurso feminista a su alrededor ni siquiera lo atendía, no estaba en su radar.

En fin, muchos no llegarán a cuestionarse nada porque no tienen la mínima intención de participar de esto. Algunos, ojalá, lo harán como en un inicio empezaron las nuevas estructuras del pensamiento, a tientas, de a poquito. Quiero suponer que así comenzaron otros a plantearse las diferencias y similitudes entre razas y clases, por ejemplo, y con esto, las ideas libertarias iniciales. De mí, de una mujer, cualquiera que sea, con toda su feminidad a cuestas, un breve puñado lo atenderá, el que quiera escuchar, quizá. Si no, ya llegará un nuevo hombre que hable de sexualidad, de emociones, de los afectos y cariños que nada tienen que ver con el amor como lo concebimos, que hable de equidad y género desde lo masculino y de su papel en un mundo sin resistencias, con ideas nuevas y modelos sociales para compartir. Ahora entiendo la urgencia de Marta Lamas por mostrar en un coloquio feminista que hay hombres que piensan en feminismos. Peor hubiera sido el ataque de todos para ese “club de Toby” si un hombre “sin credenciales” hubiera organizado esas conferencias. Ya nos vi.

En menos de un año, antes de su muerte, Anthony Bourdain pensó lo que otros no en toda su vida, y la realidad es que no importa quién haya sido este hombre, sino su alianza. “¿Recuerdas cuando me preguntaste si era feminista y tenía miedo de decir que sí?”, le dijo a una amiga en entrevista para una revista, “Escribe esto: soy un maldito feminista”.

A Asia Argento el machismo le está cobrando el suicidio de su amado, su aliado, su roca, al señalarla como culpable de la determinación, pero le pasó de noche lo último que Bourdain dijo sobre ella: “Les estoy agradecido por su coraje e inspiración. Eso no me ilumina más que a cualquier otro hombre que haya comenzado a escuchar y poner atención. Me hace, espero, algo menos estúpido”.

 

@negramagallanes

 

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Tania Magallanes

Tania Magallanes

Jefa de Redacción de LJA. Arma su columna Tres guineas. Fervorosa de lo mundano. Feminista.

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