Opinión

El cortejo en tiempos de defensa / Piel curtida

Que si no me deja salir con mis amigos, que si es celoso, revisa mi celular, que si la falda corta, que si enseño mucho músculo, que si me quiere delgada, que si me quiere hacer engordar, me había agradado pero estaba de encimoso, me cae bien pero bailó toda la noche y no parece que busque algo serio, pues unos amigos ya me contaron cosas de ella, me dicen que no me conviene, a una de sus ex la trató súper mal, ya me gritó, ya se enfadó, se molesta cuando río a carcajadas, se molesta cuando lloro, cuando leo, cuando quiero estar solo, cuando quiero estar con mis amigas, tiene hijos, tuvo muchos novios, ni ha tenido novias… Qué difícil el amor en los tiempos líquidos, en los tiempos de defensa, en los tiempos en que buscamos el menor daño.

Durante las últimas décadas se han llegado a reconocer diferentes tipos de violencia que anteriormente se minimizaban al considerarse de poca gravedad, parte de nuestra cultura e incluso expresiones de cuidado y cariño, como el acoso callejero, los celos y los llamados micromachismos, es decir, prácticas que se amparan en el trato a una “dama”, como el procurar que no se vista o actúe de manera escandalosa, con faldas cortas o palabras altisonantes. Frente a ello, el cortejo parece estar en extinción. Para quienes han hecho mayor consciencia sobre el escenario de vulnerabilidad y agresiones que nos rodea, un romance libre y sano parece cada vez más distante; para algunas personas, los señalamientos sobre las prácticas dañinas del flirteo son percibidos como una persecución a cargo de las mal llamadas “feminazis”, y para otras hasta representan un peligro que evitaría la conformación de nuevas familias y, por lo tanto, un riesgo para la preservación de la humanidad. Si bien, las transformaciones nos pueden abrumar, las alternativas son posibles.

Cuando se tipificó el acoso callejero como falta administrativa, aún con las necesidades para su instrumentación, diferentes personas, en particular, algunos hombres, señalaban que ya no sería posible admirar la belleza femenina, que ya no podrían arriesgarse a invitarle un café, a mirarla, a hacerle un cumplido, pero incluso algunas mujeres decían a manera de broma que ahora sería más difícil encontrar pareja. Ya sea desde una u otra perspectiva, el mensaje subyacente es el cuestionamiento sobre los límites del cortejo y la violencia. ¿Qué es lo correcto y lo incorrecto?

Los piropos y el albur se han arraigado fuertemente en nuestra cultura mexicana, tanto que en algunos espacios, el pensar en ellos como una agresión es algo demasiado bobo e irónicamente transgresor. La diferencia radica en el resultado que se espera de dicha expresión. Cuando se ejerce acoso callejero por hombres o algunas mujeres -muy pocas-, por ejemplo, en grupo, se espera divertir a los compañeros, tomar al otro como burla, además de que también está la plena intención de infundir miedo, constatando el efecto logrado al percibir la incomodidad de la víctima, llegando incluso a otro tipo de actos gracias a que se marcó una diferencia de poder, como la violencia sexual que lamentablemente afecta en gran medida a las mujeres, aunque también a algunos hombres por otros hombres.

El cortejo, en contraparte, buscaría manifestarle a la otra persona que existimos, que se espera una conversación para después salir y convivir, o en caso de sólo buscar sexo ocasional, corroborar si existe atracción mutua. Por supuesto que intervienen diferentes códigos no verbales que, aparentemente, se establecen y aprenden por la cultura que nos rodea, pero ese tipo de códigos también son aprendidos de manera diferenciada, por ejemplo, algunos hombres introyectan que es normal mirar de forma lasciva y expresamente intimidante o hasta tocar a placer a una mujer que, consideren, vestida de manera “provocativa”, lo cual es un atentado a la seguridad de la otra persona. La opción es iniciar un nuevo proceso de enseñanza, donde reconozcamos que, más allá del deseo, está el respeto hacia el otro, a su espacio, cuerpo e integridad. La alternativa es el diálogo y a la vez reconocer que nos encontramos en un proceso de transformación. La invitación a salir por parte de un hombre a una chica, el que le manifieste que le parece linda, guapa, atractiva o pedirle su número de celular, no deben considerarse a priori como acoso, aunque, también el hombre en cuestión debe reconocer los límites entre la insistencia y el hostigamiento. Una cosa es intentarlo, otra ser obstinado.

Por otra parte, se ha reconocido que los celos, el romance por el romance, la búsqueda de pareja por sólo obtener un estatus de mayor madurez frente a la familia precedente y la sociedad, son fenómenos que han afectado al desarrollo pleno de las personas. ¿Existe entonces una forma de equilibrio? El punto focal está en la reciprocidad y el acuerdo, en el reconocimiento de sí mismo y de la contraparte, de las cualidades y proyectos de cada uno, así como los puntos de confluencia. El resultado puede no ser el esperado en lo inmediato pero seguro permitirá relaciones más armónicas.

Suele ser cotidiano escuchar que, en lo que respecta a la búsqueda de pareja, las personas deben de querernos como somos, con nuestros defectos y virtudes, pero ¿acaso logramos tener un perfecto equilibrio para exigirlo? Por otra parte, se llega a pensar que la otra persona es la que debe arribar, presentarse, buscarnos, cortejarnos, ser flexible y cambiar de manera rotunda, sin embargo, ¿cuántas historias no lograr iniciar porque ninguna parte acepta colocar la primera letra del discurso?

Durante la entrevista que me hizo Tania Magallanes para La Jornada Aguascalientes, trataba de explicar que el amor, el romance y la sexualidad traspasan la cama y la pareja, configurando las formas en que nos relacionamos y comunicamos, nuestros proyectos, metas y acciones, incluso las económicas. Actualmente hemos logrado reconocer algunos de los elementos del romance y de los roles impuestos a hombres y mujeres que han llegado a generar diferentes tipos de violencia, y ante ello se presenta un nuevo reto: descubrir nuevas formas de convivencia. No es que hayamos configurado un mundo punitivo de persecución y castigo, no debemos ofuscarnos ante el cambio que era necesario impulsar desde hace años. La historia de Frankenstein se creó aprovechando el miedo a la tecnología que parecía apabullante, demasiado avanzada para comprenderse. En los tiempos de defensa, el cortejo es un tipo de nuevo Frankenstein, pero sólo se necesita tiempo para convertirle en un clásico.

 

@m_acevez | [email protected]


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Juan Luis Montoya Acevez

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