Opinión

El Universo conspira / Memoria de espejos rotos

Se eu quero e voçê quer, tomar banho de chapeu,

ou esperar Papai Noel, ou discutir Carlos Gardel,

então vá, faça o que tu queres pois é tudo da lei

Viva! Viva! Viva a sociedade alternativa!

Faz o que tu queres, ha de ser tudo da lei…

Sociedade Alternativa – Paulo Coelho y Raúl Seixas

 

En el furor por lo superfluo; en el auge del coaching emocional, de los cursos y la bibliografía de autoayuda y de superación personal; en el fango de la posmodernidad en el que nos anegamos, se ha popularizado un aforismo que reza: “Cuando quieres algo, todo el Universo conspira para que realices tu deseo”. Esta frase es de Paulo Coelho, escritor brasileño que sobreviste sus letras fútiles con atavíos de profundidad, y la escribió para su novela El Alquimista. Utilizó la misma fórmula en una novela posterior (A orillas del río Piedra me senté y lloré), con una leve variante: “El Universo siempre conspira a favor de los soñadores”. Este aforismo se ha vuelto tan popular, que ha nutrido hasta la náusea los credos de las “filosofías” New Age propiciando un tratamiento banal de la comprensión del cosmos, un uso cursi de la metáfora, y una forma facilona de entender la realidad a través de esa torcedura teórica que los motivadores de coaching llaman Programación Neurolingüística.

En un páramo ubicado casi en la antípoda, a Jorge Luis Borges le han atribuido falazmente algunos poemas dotados de una fruslería y una cursilería espantosas. Recuerdo dos: uno conocido como Instantes, en el que se alega algo como “Si pudiera vivir nuevamente mi vida / En la próxima trataría de cometer más errores…”; y otro que se le conoce como Uno aprende, en el que dice “Después de un tiempo uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar el alma…”. Sobre estos Borges apócrifos, María Kodama dijo en alguna carta que “Si Borges hubiera escrito eso yo habría dejado de estar enamorada de él en ese momento”. Este yerro de atribuir esperpentos a Borges ha sido tan popular que, incluso, la edición del libro Borges y México tuvo que ser retirado de las librerías (y posteriormente reeditado) luego de que Elena Poniatowska mintiera sobre una entrevista con Jorge Luis y le adjudicara la autoría del poema Instantes.

Puesto este escenario, hay una especie de persona que dota de poder revelador al aforismo de Paulo Coelho y -al mismo tiempo- valida la autoría de Borges en el caso de los patéticos poemas apócrifos. En la sima (sí, con S) de nuestro fracaso educativo, de pensamiento crítico, y de la trivialidad comunicativa de la posmodernidad, nos permitimos ser impunes con la ignorancia, y en esa permisividad se nos cuelan otros tantos males. En el lado opuesto, una nata social que presume su condición intelectual se aleja y aísla estrepitosamente en su propio narcisismo, al tiempo que miran sobre el hombro a quienes no consideran intelectualmente sus pares. Al fracaso mencionado arriba, sumémosle el fracaso de la empatía y del diálogo. Ojo aquí. Todos tenemos derecho a no saber, que nadie nace ilustrado; lo que sí es cuestionable es la actitud de saber que no se sabe, y permanecer incólume ante las propias carencias; también es cuestionable regodearse con sus pobres saberes ante los demás, como si la vida fuese un large dick contest del maratón de conocimientos.

A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos, afirmó Borges en su cuento El Sur. Para la construcción de su bobo aforismo, Paulo Coelho tuvo que mamar de Borges. Sí. En el cuento El Muerto, de Jorge Luis, se narra la tragedia épica de Benjamín Otálora, “un triste compadrito sin más virtud que la infatuación del coraje”, que se mete de contrabandista en la peligrosa banda de Azevedo Bandeira; pero su ambición malsana lo hace escalar posiciones hasta conspirar junto al testaferro Ulpiano Suárez contra su jefe, para arrebatarle al caudillo la montura, la mujer y la pistola. En El Muerto, Borges cuenta que “Otálora no obedece a Bandeira; da en olvidar, en corregir, en invertir sus órdenes. El universo parece conspirar con él y apresura los hechos”. Borges es, entonces, el padre de la “conspiración universal”. El cuento termina con belleza atroz: “Ulpiano Suárez ha empuñado el revólver. Otálora comprende, antes de morir, que desde el principio lo han traicionado, que ha sido condenado a muerte, que le han permitido el amor, el mando y el triunfo, porque ya lo daban por muerto, porque para Bandeira ya estaba muerto. Suárez, casi con desdén, hace fuego”.

Mientras que, para Coelho, la figura retórica de un universo que conspira, se utiliza como una programación mental para la obtención de lo positivo, de lo deseable; en el reverso Borgiano esta conspiración invoca al Hades, al caos y a la pérdida. Mientras unos repiten como mantra festivo la sentencia de Coelho, otros se tornan oscuros y dubitativos por la sentencia de Borges, que describe lo implacable de la fatalidad. La distancia entre unos y otros es más amplia que la implícita entre ver el vaso medio lleno o medio vacío. La distancia entre unos y otros se asemeja más a la separación básica de los géneros teatrales de la Comedia y la Tragedia: uno es alegre y ligero, otro hierático y solemne. En ese sentido, nos haría bien fomentar el diálogo entre quienes se asumen de uno u otro lado de la existencia, y encontrar los sanos balances aristotélicos, en un indispensable ejercicio de empatía, no sólo para los gustos literarios, sino para la vida. Pero para llegar a Aristóteles, primero debemos pasar por Sócrates: conócete a ti mismo, y conocerás la verdad. Por eso, nos haría bien, de entrada, saber de qué lado de la vida se está. Por cierto, Paulo Coelho fue en su juventud letrista de rock brasileño, con canciones que han sido interpretadas, incluso, por Bruce Springsteen. Insisto con Borges que a la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos.

 

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Alan Santacruz Farfán

Alan Santacruz Farfán

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