Opinión

El voto de Schrödinger / Memoria de espejos rotos

I’m your dream, make you real

I’m your eyes when you must steal

I’m your pain when you can’t feel

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Sad but true…

Sad but true

Metallica

 

En el imaginario experimento que da cabida a la Paradoja de Schrödinger tenemos una caja opaca; dentro de ésta, un gato vivo y una cápsula de gas venenoso condicionada por un disparador radioactivo que puede o no matar al gato. Dado que el disparador radioactivo puede presentar cuánticamente -al mismo momento- el estado de sujetar absolutamente al gas, como el estado de liberarlo absolutamente; en tanto el observador no haya concluido el tiempo del experimento y abra la caja, el gato -en un estado de latencia- estará al mismo tiempo vivo y muerto. Una vez que el observador agota el tiempo del experimento, y abre la caja, se elimina la latencia de la superposición de estados, y el gato estará o absolutamente muerto, o absolutamente vivo.

Más o menos de esta manera se explica la paradoja de Erwin Schrödinger sobre la mecánica cuántica y la superposición de estados para la previsión de la ubicación de electrones en partículas radioactivas. Con una licencia literaria, esta paradoja guarda analogías respecto al momento actual de la elección presidencial 2018 en nuestro país. Si bien, las estimaciones de preferencia electoral efectiva ponen a AMLO en un primer lugar con ventaja considerable ante el segundo lugar, consolidado por Anaya, estas estimaciones efectivas descartan el factor que -en la mecánica cuántica- dota de indeterminación a las intenciones de predicción absoluta del fenómeno electoral: la preferencia bruta.

La diferencia estadística entre medir preferencia efectiva y preferencia bruta es que, en la primera, las encuestas consideran sólo como válidas las intenciones de voto declaradas para tal o cual fuerza política; mientras que en la medición bruta se consideran incluso las respuestas de indecisión y de rechazo a contestar. Es decir que, en la preferencia efectiva no consideran ni voto nulo (el que, por voluntad o estolidez en el marcado, se nulifica al tachar la boleta), ni voto indeciso (el que el elector al momento del estudio aún no dirige a alguna fuerza), ni voto oculto (el que el elector, a pesar de saber por quién va a votar, se niega a responder en los estudios de preferencia electoral), y con ese total discriminado se reparten los votantes que sí declararon.

El tema no sería de importancia, si no fuese por una peccata minuta: de acuerdo al conglomerado de encuestas que ofrece Oraculus, el abonado de indecisos y ocultos en la intención bruta, de mayo a junio, promedia hasta 22% de las preferencias electorales; es decir, casi la cuarta parte del electorado entrevistado por las distintas empresas encuestadoras no ha revelado su intención de voto. Igualmente, de acuerdo al mismo conglomerado de encuestas, la diferencia entre el primero y el segundo lugar estará alrededor de un porcentaje ligeramente menor a la suma de indecisos y ocultos. Esto quiere decir que -efectivamente- hasta que se abra la urna opaca y se cuenten los votos nulos, se mida la participación real (con cálculos de abstencionismo de entre 35 y 45 por ciento), y se le dé nombre a las preferencias ocultas e indecisas, se sabrá el estado absoluto de la elección. Con ese porcentaje de preferencias no cuantificables, todavía es posible afirmar que la elección -pese a los resultados de las encuestas y su uso propagandístico- no está definida y el gato -en este momento- está vivo y muerto a la vez.

¿Qué falta para definir tendencias más reales en las preferencias de voto? Estudios demoscópicos más específicos en dos segmentos definidos de la población: el grupo etario de los llamados Millenial, y el grupo no identificado identitariamente con ningún partido. La generación Millenial agrupa casi el 40% de la lista nominal; su composición es compleja: tuvieron una niñez bombardeada por los medios electrónicos, la guerra contra el narco y la depauperización económica, los emblemáticos casos de la corrupción priista, y la transexenal campaña de AMLO; a los Millenial personajes como Bartlett, Maquío, Salinas, Muñoz Rocha, Blake Mora, Camilo Mouriño, Martín Huerta, Heberto Castillo o Gilberto Rincón Gallardo, no les dicen absolutamente nada. Por otro lado, de acuerdo al último estudio de Campaings & Elections México, del 4 de junio, el 51% de electores manifiestan abiertamente no tener una identidad o pertenencia partidista; es decir, no pertenecen al Voto Duro, y su preferencia constituye una posibilidad real para la volatilidad electoral. Estos dos factores sumados: los jóvenes –sobre todo los primovotantes- y los apartidistas, contienen dentro de sí la llave para dar por determinada la elección, o cerrarla hasta el “empate técnico” como en 2006.

También falta, para definir la consolidación de las preferencias, el tercer debate. A pesar de que no hay muchas expectativas una vez que se llevaron a cabo los dos primeros encuentros, sí puede haber un momento explosivo que detone o entusiasmo o desencanto por alguna de las fuerzas. También falta ver cómo los partidos lleven a cabo las próximas dos semanas y media de campaña; aquí, entre más guerra sucia, más fake news, y más falta de decoro en la competencia, mayor desencanto, abstención e indecisión en el elector. Como fuese, la gran urna contiene -al mismo momento actual- una elección ganada y una elección perdida para, al menos, las dos fuerzas políticas que están arriba de las encuestas. Son, pues, dos Gatos de Schrödinger que dependen aún del factor no determinístico para cantar una victoria, con todo y lo pírrica que esta vaya a ser para cualquiera, especialmente para la ciudadanía.

 

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Alan Santacruz Farfán

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