Opinión

En el jardín del Edén / El banquete de los pordioseros

Como sucede con las grandes producciones musicales, la canción In a gadda da vida de Iron Butterfly la conocí tarde, comprensible, la verdad si consideramos que el 14 de junio de 1968, fecha de la publicación de esta canción del grupo de San Diego, California, yo apenas tenía cinco años de edad, mi limitado universo musical todavía no abarcaba estas delicias, mi acervo musical se limitaba a los discos de música clásica que mis papás escuchaban y un puñado de bandas de rock de entre las cuales destacaba, por supuesto, The Beatles, no conocía nada más allá de esas fronteras.

Se trata de una canción muy importante por diferentes razones, recordemos que durante los años 50, década que surgir el rock&roll, todas las canciones estaban diseñadas para durar unos 3 minutos y medio, quizás cuatro, pero no más, la duración era muy importante para poder ser transmitida en la radio y los tiempos en este medio eran y siguen siendo, al menos en las frecuencias comerciales, algo digno de tomarse en cuenta; por fortuna, para los que amamos la música que no pretende condensar la belleza en tres o cuatro minutos, contamos con la opción de la radio concesionada o cultural que no tiene ese tipo de molesta limitante.

En efecto, aquellas canciones de Eddie Cochran, Gene Vincent, Elvis Presley, Little Richard, Chuck Berry, y todos esos grandes referentes del rock en sus orígenes, tenían esa encomienda de que cuidaran la duración de sus canciones y lo hacían, aun considerando el carácter rebelde y contracultural que siempre ha caracterizado al rock, sin embargo, esto no podría durar por mucho tiempo. Incluso en la primera mitad de los años 60 esta mismo tendencia siguió imperando hasta que aparecieron protagonistas más atrevidos que rompieron esta infranqueable barrera de los tres minutos y medio, recuerdo en este momento, por ejemplo, la canción de Desolation Road del disco Highway 61 revisited de Bob Dylan, la versión original de esta canción dura alrededor de los 11 minutos, toda una locura para la época, hablamos de agosto de 1965. ¿Cómo alguien se atrevía a tanto? Bob Dylan fue el primero al que no le importó seguir las reglas del juego, la naturaleza misma de la música de Dylan no pretende ser complaciente con la mercadotecnia. Después de él vinieron otros igualmente ambiciosos, en 1967, aquel año lleno de ambiciones y propuestas, The Doors en su producción homónima y primera de ellos nos presentan un par de canciones, Light my fire que rompe por mucho la barrera de los tres minutos y The End que rebasa los 11 minutos. En 1968 Los Beatles publican Hey Jude en donde el célebre estribillo final hace durar la canción poco más de los 7 minutos, pero esto apenas era el inicio, de hecho sería interesante preparar una columna con aquellas producciones musicales que dentro del rock han roto todas las fronteras de duración y se han acercado más al contexto de la música académica, discos como Thick as a brick de Jethro Tull, Tubular Bells de Mike Oldfield, Star’s end de David Bedford, Flying de U.F.O., Close to the Edge de Yes, Pictures al an Exhibition de Emerson, Lake & Palmer, Concerto Grosso No. 1 y 2 de New Trolls, Ys de Il Balletto de Bronzo, Zarathustra de Museo Rosenbach y así la lista podría ser interminable o por lo menos muy extensa.

El punto aquí, para no perdernos, es la canción de Iron Butterfly: In a gadda da vida que apareció hace exactamente 50 años, bueno, casi, ayer se cumplieron 50 años de su publicación y de ninguna manera podríamos pasar por alto este hecho. La canción dura poco más de 17 minutos, sin duda un tema pionero, tanto en la duración de un tema musical como en la propuesta misma, aquí ya encontramos un derroche de virtuosismo que es exigido en la interpretación de este portento del rock, con un inconmensurable sólo de órgano, un muy convincente solo de guitarra, una improvisación solista de la batería que ha quedado ahí como un verdadero clásico, y unos riffs de bajo verdaderamente demoledores. No conozco una sola agrupación de esas que tocan covers -los jazzistas dirían estándares- que no haya abordado, o por lo menos pretendido hacerlo, esta enigmática canción de Doug Ingle, tecladista y cantante del grupo.

Sobre el origen del nombre de la canción hay una buena cantidad de teorías, sabemos, eso sí, que la canción originalmente se llamó In the garden of Eden, En el jardín del Edén, una versión nos dice que el baterista del grupo, Ron Bushy, escuchaba una maqueta de la canción en unos audífonos y que no pudo entender bien lo que cantaba Doug Ingle y el tarareo lo interpretó como un balbuceo que degeneró en In a gadda da vida (no entiendo por qué la doble d en gadda, pero en fin). Otra historia urbana nos dice que el mismo Ron Bushy fue a visitar a Ingle a su casa y al preguntarle que en qué estaba trabajando le contestó: “una canción que se llama In the garden of Eden”, al parecer había bebido demasiado whisky lo que le impidió pronunciar bien la expresión y así quedó, no sé, de hecho me parece que esto es lo menos importante, lo que sí debe interesarnos es la propuesta en sí de esta agrupación de San Diego, California, entiendo que después de esto, el virtuosismo en el rock empezó a ser una exigencia mucho más frecuente con grandes posibilidades para el lucimiento de los instrumentistas.

Hace 50 años sucedió y con mucho gusto lo recordamos en el banquete el día de hoy, una de las grandes producciones en la siempre inconclusa historia del rock.

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Rodolfo Popoca Perches

Rodolfo Popoca Perches

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