Opinión

Este es el siglo / Tres guineas

En esos tiempos en que los teléfonos no se movían de lugar, sonó antes de las 6:00 de la mañana el mío y corrí a la sala a contestarlo. Era Emma. Dijo con voz muy bajita y al borde del desmayo que llegaría tarde a donde trabajábamos juntas y colgó. En el día no tuve noticias de ella y al siguiente fui a su casa. Los médicos no supieron por qué pero Emma tenía perforado el útero y un ovario, y estaba en terapia intensiva. Eran otros tiempos. Si querías localizar a alguien tenías que llamar a casa o salir a buscar. Tenías que pasar el día esperando información. Que alguien te dijera algo. Emma se hizo un aborto y los médicos nunca supieron. Imposible. Por La Estación hay una señora que con un gancho me arregla, ya he ido dos veces, sí duele mucho, pero no hay de otra. El primer día sangras como si te hubiera bajado muchísimo pero ya después como si nada. Con dos de ibuprofeno para el dolor, tal vez tres, y ya.

Mireya llegó pálida una tarde y dijo creo que estoy embarazada y corrimos a comprar una prueba. Positiva. No quiero. No quiero. Osvaldo me mata si se entera. Tres inyecciones. Tuvimos que ir por ellas hasta el otro lado de la ciudad. ¿Estás segura? Desde la primera Mireya se sentiría muy mal. No, pero no puedo hacer otra cosa. A medianoche se metió a bañar y vio cómo un inmenso mar rojo inundó todo. Mejor dinos qué hiciste para no estar adivinando, dijeron los médicos. Mireya, en medio del dolor y el miedo, dijo. Si te mueres aquí no va a ser nuestra culpa sino la tuya. La tuya. Su padre hizo dos llamadas para que no apareciera la policía. De regreso a casa, tumbada en su cama recibió cien, quinientos, mil cinturonazos de su madre que con cada uno le gritaba asesina. Nadie contestaba el teléfono de casa, nadie abría la puerta, nadie que dijera cómo estaba. Eran otros tiempos.

2018: Miro las fotos e imagino la escena completa. Mujeres jóvenes montando guardia afuera del Congreso en la Argentina. Pasando frío y quedándose sin voz después de tanto gritar Aborto legal ya, Aborto legal en el hospital. Están haciendo una fiesta. Están poniendo los pies en la calle y el tema en todos los noticieros. Este es el siglo de los derechos de las mujeres, gritan sus pancartas. Sus pañuelos y ropas pintan las calles. Es la marea verde que quiere recuperar su cuerpo. El que les ha sido negado. Nuestro cuerpo y nuestras decisiones sobre él. Es una fiesta donde miles se reparten mate y cigarros, mate y comida, mate y abrazos para aguantar todo el día y toda la noche y lo que haga falta para bancar la vigilia.

Todas tenemos historias que contar sobre el aborto, historias propias o ajenas. Todas conocemos a una que lo hizo. En el baño de mi secu Fulana abortó. Mangana se fue al DF a abortar. Zutana dice que no quería pero se me hace que sí. A la mayoría le alcanza para la clandestinidad. No todas sobreviven. No todas tienen información correcta a la mano. Información para no morir. Información para decidir. Emma, Mireya y yo nunca escuchamos del uso del misoprostol. En esos tiempos leíamos Eres, veíamos Canal 5 y en nuestras casas no se hablaba de sexo. No había redes sociales y el teléfono sonaba en la sala de la casa vigilado por nuestros padres que a veces nos escuchaban en la línea de su cuarto. Si acaso se comentaba entre murmullos de la prima embarazada, “lo que hizo”, pero la palabra vergüenza se pronunciaba bien fuerte y clara.

Una marea verde se levantó en Argentina para exigir la ley de aborto legal, seguro y gratuito, una que gritó fuerte que basta de criminalizar a las mujeres que deciden, que basta de orillarnos a la clandestinidad. Más de 20 años peleando para llevar la ley al Congreso. Con celular en mano, miles de jóvenes argentinas se tomaron selfies con su pañuelo verde y compartieron la acampada y la lucha, sonrisas e información para abortar. Información segura y redes de apoyo.

Porque no se vale decir que ninguna mujer realmente quiere abortar. Si algo es cierto es que todas queremos decidir libremente, sin prejuicios, ni estigmas ni culpas. Afuera, en la ciudad, en el campo, en el barrio, en el residencial, todavía hay una mayoría que no quiere escuchar del tema pero el tema ya está aquí, ya circula. Una mayoría que seguirá replicando una moral caduca y peligrosa, que seguirá fomentando el miedo y la ignorancia, pero que no evitará que la información se propague.

Un día en los Congresos se discutirán nuestros asuntos. Un día, en estos tiempos, habrá debate en las curules y en las mesas de las casas a la hora de la comida sobre la vida, la muerte, la moral y la ética, sobre las costumbres y los miedos, pero, sobre todo, porque las mujeres deciden sobre su cuerpo, no los maridos ni los padres, no las madres ni las tías, no los congresos ni los hospitales: nosotras sobre nuestro cuerpo. Se hablará del aborto no como un acontecimiento médico si nuestra vida peligra o si nuestro cuerpo fue violado, no como un pecado de amor ni como un paliativo para lo que llaman libertinaje, no con pena ni pudor. Será porque al fin nosotras decidiremos cuándo abortar. Llevar o no una maternidad. Porque con permiso o sin él las mujeres siempre han abortado y lo seguirán haciendo.

Sin embargo, hemos sido las herederas de la culpa. Culpa por desobedecer, culpa por coger, culpa por abortar, por abandonar lo que no nos hace bien. En este siglo, Emma se casó y tuvo dos hijos. Un día llamó al celular. Me lo mataron. Atropellaron a mi niño y esto es por mi culpa por todo lo que hice con mis otros bebés. En este siglo, Mireya vive obediente con su familia repitiéndose todos los días que es una asesina. Ambas abortaron un embrión, pero no la culpa. Acompañarnos entre nosotras debería extenderse hasta después del sangrado. Hablarlo y debatirlo desde todas las aristas debería ser desde mucho antes. Desde la violencia obstétrica, hasta las regulaciones. Desde el acompañamiento de los hombres o su abandono. Porque aquí estamos todas. Las que no quieren abortar y las que sí. Las que viven con miedo y las que no. Las libres y las cautivas. Pronto llegará un día en el que hablemos en las mesas a la hora de la comida sobre el aborto y la toma de decisiones.

Si la ley en Argentina no pasa de todas formas las mujeres avanzamos: ya el aborto es tema en los medios y se debate, ya las abuelas salieron a marchar por los derechos de sus nietas. Discutirlo llegó para quedarse. La virulencia con que nos esparcimos en redes sociales es ideal para difundir la información. Sea legal o no. Menos mujeres morirían todos los días. Un día todas nos colocaremos frente a nuestros congresos y haremos pancartas que digan Este es el siglo de los derechos de las mujeres, Aborto legal ya, Aborto legal en el hospital, Aborto libre de culpas y de miedos.

Esos eran otros tiempos. Antes, los teléfonos no se movían de lugar. Fue otro siglo. En esta era la información es poder y la tenemos en la palma de la mano para difundirla. Para debatirla. Este es el siglo de los derechos de las mujeres y apenas comienza. Van 18 años.

 

@negramagallanes

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Tania Magallanes

Tania Magallanes

Jefa de Redacción de LJA. Arma su columna Tres guineas. Fervorosa de lo mundano. Feminista.

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