Opinión

Júbilo y desconfianza / Análisis de lo cotidiano

El pasado domingo 17 se reunió nuestra familia con dos buenas razones, celebrar el Día del Padre y ver en la televisión el partido de futbol de la Selección Mexicana contra el campeón del mundo Alemania. De todo el grupo, los únicos que estaban seguros del triunfo del equipo nacional eran los niños. Era tal su entusiasmo, que por unos momentos, los adultos consideramos conveniente hablar con ellos y prepararlos para la derrota, con la intención de que no sufrieran y aprendieran a aceptar la realidad. Después de las exclamaciones de alegría y felicidad por el logro alcanzado nos dimos cuenta de que éramos los adultos los más felices. Los niños que habían saltado de júbilo, pronto se olvidaron del tema y se dedicaron a jugar y no volvieron a charlar del tema. Entonces reflexionamos que a ellos les ha tocado ver el desempeño de una selección triunfadora más frecuentemente que a los padres y abuelos. Nuestros niños ya saben que los mexicanos fueron campeones olímpicos en Londres en 2012, que han ganado la Copa Confederaciones, la Copa Oro, también la han visto ganar los Juegos Panamericanos y los Juegos Centroamericanos. Como muchachos ya les tocó observar el triunfo de las Selecciones Sub 20 y Sub 17. Así como el Torneo de Esperanzas de Toulon. O sea que olvidamos la perspectiva. Los mayores tenemos la historia de una Selección de Futbol perdedora y al ubicarnos en el presente, nos pesa la memoria de las derrotas de muchos años atrás y ello nos impide ver la actualidad. Y esto nos llevó a reflexionar. ¿En cuántos aspectos de la vida actual somos pesimistas y desconfiados, mientras que los jóvenes son asertivos y animosos? Muchos adultos recordamos con añoranza los años triunfales de Hugo Sánchez en el Real Madrid en la década de los 80 y el tránsito fugaz de otros futbolistas por equipos europeos en los que no hicieron gran cosa, mientras que a nuestros hijos y nietos ya les resulta familiar que 21 connacionales estén jugando en el viejo continente y sean muy apreciados por los públicos europeos. Tal vez vaya siendo tiempo de que aprendamos a pensar, sentir y vivir de acuerdo a la realidad de los jóvenes que es más cierta que la de sus padres y abuelos. Ellos viven el hoy y los otros vivimos con la energía puesta en los apesadumbrados recuerdos. Ante los evidentes cambios políticos que vivirá nuestro país en fechas próximas podemos comenzar a creer que somos una nación con mayoría de edad mental, con suficiencia para trascender los movimientos sociales y creer en la capacidad que tenemos para crecer, avanzar y superar a muchos otros países y sobre todo a nosotros mismos. El optimismo basado en evidencias es el lenguaje de nuestros jóvenes, suficiente para que los mayores dejemos atrás el pesimismo y las bromas sustentadas a nuestra incompetencia y nuestra proverbial torpeza, que llegamos a definir como nuestro sello nacional. Pero ¿serán suficientes unos cuantos partidos de futbol para que creamos que estamos bien y cambiemos nuestra manera de pensar? Esa es otra de nuestras limitantes, creer que los campeonatos internacionales de deportes no reflejan nuestra verdad nacional. Los logros obtenidos en las competencias atléticas son el resultado de una mejor organización en las dependencias deportivas, de una mejor alimentación de los muchachos, de una excelente actitud competitiva y de una mejor capacidad para que los jóvenes se dediquen y vivan del deporte. Actualmente, cuando un muchacho dice que en vez de estudiar una carrera universitaria piensa dedicarse profesionalmente al futbol, los padres seguramente lo alentarán y ayudarán a que lo consiga, pues tiene la mente de triunfador.

 

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Héctor Grijalva

Héctor Grijalva

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