Opinión

La caballería inmemorial / Opciones y decisiones

La hora de la decisión. Hechas, pues, estas prevenciones no quiso aguardar más tiempo a poner en efecto su pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que enmendar y abusos que mejorar y deudas que satisfacer. Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención y sin que nadie lo viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre su Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza y por la puerta falsa de un corral salió al campo, con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo. Más apenas se vio en el campo, cuando le asaltó un pensamiento terrible, y tal que por poco le hiciera dejar la comenzada empresa, y fue que le vino a la memoria que no era armado caballero y que, conforme a ley de caballería, ni podía ni debía tomar armas con ningún caballero, y puesto que lo fuera, había de llevar armas blancas, como novel caballero, sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase. (Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes. Capítulo II. Edición del IV Centenario. Real Academia Española. Asociación de Academias de la Lengua. 2004. 34).

Más lo que más le fatigaba era el no verse armado caballero, por parecerle que no se podría poner legítimamente en aventura alguna sin recibir la orden de caballería. (Opus cit. Final de cap. II, p. 41).

(…) Llamó al ventero y, encerrándose con él en la caballeriza, se hincó de rodillas ante él, diciéndole: -No me levantaré jamás de donde estoy, valeroso caballero, fasta que la vuestra cortesía me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundará en alabanza vuestra y en pro del género humano. (O. cit. Cap. III, p.41).  

(…) Y así os digo que el don que os he pedido y de vuestra liberalidad me ha otorgado es que mañana en aquel día me habéis de armar caballero, y esta noche en la capilla de este vuestro castillo velaré las armas, y mañana, como tengo dicho, se cumplirá lo que tanto deseo, para poder como se debe ir por todas las cuatro partes del mundo buscando las aventuras en pro de los menesterosos, como está a cargo de la caballería y de los caballeros andantes, como yo soy, cuyo deseo a semejantes fazañas es inclinado. (Ibidem, p. 42).

(…) Díjole también que en aquel su castillo no había capilla alguna donde poder velar las armas, porque estaba derribada para hacerla de nuevo, pero que en caso de necesidad él sabía que se podían velar dondequiera y que aquella noche las podría velar en un patio del castillo, que a la mañana, siendo Dios servido, se harían las debidas ceremonias de manera que él quedase armado caballero, y tan caballero, que no puediese ser más en el mundo. (Ut supra, ibid.).

(…) Y, así, se dio luego orden como velase las armas en un corral grande que a un lado de la venta estaba, y recogiéndolas don Quijote todas, las puso sobre una pila que junto a un pozo estaba y, embrazando su adarga, asió de su lanza y con gentil continente se comenzó a pasear delante de la pila; y cuando comenzó el paseo comenzaba a cerrar la noche. (Ibid. P. 44).

(…) –Antojósele en esto a uno de los arrieros que estaban en la venta ir a dar agua a su recua, y fue menester quitar las armas de don Quijote, que estaban sobre la pila; el cual viéndole llegar, en voz alta le dijo: – ¡Oh tú, quienquiera que seas, atrevido caballero, que llegas a tocar las armas del más valeroso andante que jamás se ciñó espada! Mira lo que haces, y no las toques, si no quieres dejar la vida en pago de tu atrevimiento. (Ibid.). – No se curó el arriero de estas razones (y fuera mejor que se curara, porque fuera curarse en salud), antes, trabando de las correas, las arrojó gran trecho de sí. Lo cual visto por don Quijote, alzó los ojos al cielo y, puesto el pensamiento –a lo que pareció- en su señora Dulcinea, dijo: – “Acorredme, señora mía, en esta primera afrenta que a este vuestro avasallado pecho se le ofrece; no me desfallezca en este primero trance vuestro favor y amparo”.

Y diciendo estas y otras semejantes razones, soltando la adarga, alzó la lanza a dos manos y dio con ella tan gran golpe al arriero en la cabeza, que le derribó en el suelo tan maltrecho, que, si segundara con otro, no tuviera necesidad de maestro que le curara. (Ut supra). (…) – Llegó otro con la misma intención de dar agua a sus mulos y, llegando a quitar las armas para desembarazar la pila, sin hablar don Quijote palabra y sin pedir favor a nadie soltó otra vez la adarga y alzó otra vez la lanza y, sin hacerla pedazos, hizo más de tres la cabeza del segundo arriero, porque se la abrió en cuatro. (Ibídem, p. 45). (…) – Pero de vosotros, soez y baja canalla, no hago caso alguno; tirad, llegad, venid y ofendedme en cuanto pudiéredes, que vosotros veréis el pago que lleváis de vuestra sandez y demasía. (…) No le parecieron bien al ventero las burlas de su huésped, y determinó abreviar y darle la negra orden de caballería luego, antes que otra desgracia sucediese.

(…) Advertido y medroso de esto el castellano, trujo luego un libro donde asentaba la paja y cebada que daba a los arrieros, y con un cabo de vela que le traía un muchacho, y con las dos dichas ya doncellas, se vino adonde don Quijote estaba, al cual mandó hincar de rodillas; y, leyendo, en su manual, como que decía alguna devota oración, en mitad de la leyenda alzó la mano y diole sobre el cuello un buen golpe, y tras él, con su misma espada, un gentil espaldarazo, siempre murmurando entre dientes que rezaba. Hecho esto, mandó a una de  aquellas damas que le ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción, porque no fue menester poca para no reventar de risa a cada punto de las ceremonias; pero las proezas que ya habían visto del novel caballero les tenía la risa a raya. Al ceñirle la espada dijo la buena señora: – Dios haga vuestra merced muy venturoso caballero y le dé ventura en lides. (O. cit., ibid., p. 46).     

 

Estamos, cara a cara, frente al poder de los símbolos. Ya hemos hablado en anterior ocasión de los símbolos de poder –que son cosa inherente a la Política-. Estamos hoy, en la víspera de la Jornada Electoral 2018 del 1 de Julio, y es una víspera cargada del simbolismo emergente de las culturas populares. Hablamos de usos, costumbres, prácticas, reglas, normas, disposiciones y dispositivos electorales. De manera que estamos inmersos en el mundo donde priva el poder de los símbolos.

Aquí hablan y se expresan los colores, los emblemas, las banderas, los logotipos, los nombres propios, los apodos, los slogans de campaña: Por México al Frente, Todos por México que sustituyó a Mead Ciudadano por México; Juntos Haremos Historia / Morena, esperanza de México, “Prohibido rendirse” del Bronco, Jaime Rodríguez Calderón. Hoy, noche de la velación de armas, aguardan las boletas impresas con estos símbolos/significantes, ser tachadas o escritas significativamente con el nombre elegido por cada uno de los electores actuantes y efectivos. Así se vota.

Pero, hoy, es día y noche de velar las armas, el símbolo beligerante de la contienda política. Es la noche misteriosa y mistérica, cabe la cual los contendientes se arman caballeros andantes de sus huestes expectantes del triunfo o la derrota. Mañana es la confrontación final, definitoria.

Cada candidato ya espetó los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que enmendar y abusos que mejorar y deudas que satisfacer. Ya impartieron los coscorrones que debieron enderezar a los osados adversarios que se atrevieron a tocar y arrojar sus armas. Y están ahora arrodillados ante el sino, el destino, las hades y las suertes que les habrán de traer el triunfo o el infortunio. Pero cuya suerte no les arredra porque han combatido el buen combate, han trabado la pelea, ahora aguardan el juicio del pueblo mandante. La voz última de la democracia. Esa Dulcinea que les otorgará o negará sus favores.

Invoco de usted, respetable y querido-a lector, me conceda el favor de su anuencia, al no haberle endilgado una parrafada de cómo y por qué tomar su decisión electora –única e insustituible, por otra parte-, bajo una consigna ética y de imperativos a priori, que pude haberlo hecho.

Preferí y me plugo en vez, adelantarle un testimonio universal e intemporal de nuestra hispana lengua, así sea per longum et latum, para que sea usted el que se atreva a sondear este mundo simbólico de un genio de nuestras letras, por el mar profundo del poder simbólico de la imaginación, de la farsa, de la comicidad, de la ironía fina, del sarcasmo; que juntos saben hablar más y mejor de lo que se encuentra en juego, en esta precisa contienda electoral de México. En el tiempo y espacio real de nuestro país, de los ciudadanos candidatos contendientes hay mucho que asemeja las locuras, los desvaríos, los entuertos, agravios, sinrazones, abusos y deudas a satisfacer, por obra y gracia del simbólico caballero andante.

Prefiero este libre juego imaginativo de los símbolos, para decidir, es decir, para determinar a qué persona, partido, colores, emblemas y banderas damos el pescozón y el espaldarazo, para armarlo caballero andante  de nuestra República. A sabiendas que la realidad de hoy, corrupción, inseguridad, violencia e impunidad, ya nos rebasó; y anhelamos un sino diferente.

 

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Francisco Javier Chávez Santillán

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