Opinión

La condena de la democracia / Disenso

Más nos valdría repetirlo: la democracia entraña peligros. Eso no quiere decir que debamos aspirar a otra forma de gobierno, en todo caso, por supuesto, perfeccionarla. Conocemos la famosa cita de Churchill que reza que éste es el peor sistema de gobierno que ha tenido el hombre, con la excepción de todos los demás. La democracia tiene peligros intrínsecos porque permite elegir libremente un sistema que se le oponga. Si alguna vez falla, en las condiciones actuales del mundo, es más probable que sea derrumbada desde sus mismas entrañas que por un sistema opositor.

Ahí está el caso de los Estados Unidos de Norteamérica y el triunfo de Trump. No es ningún despropósito decir que su victoria es un triunfo de la democracia, independientemente del abigarrado sistema de elecciones que tienen los vecinos del norte. Esto no quiere decir sin embargo que sea una victoria para el bienestar de nuestro sistema político. El filósofo francés Jean-Paul Sartre concluyó que los humanos estábamos obligados a ser libres, por lo que la libertad era una condena. Una losa que hemos de cargar y de la cual es imposible escapar. Si hemos de ser libres forzosamente, hemos de decidir forzosamente y por tanto hemos de ser responsables de nuestras decisiones también forzosamente. No podemos escapar de la decisión y no podemos escapar de la responsabilidad: ésta es ineludible y más nos valdría repetirlo. Decidir incluso dejar de decidir, decidir que alguien más decida por nosotras o nosotros, sigue siendo una decisión: un acto de libertad.

Las consecuencias de nuestras decisiones terminarán alcanzándonos. Hoy el mundo repudia a Trump por sus impresentables decisiones. Trump es un fascista que llegó al poder legitimado socialmente, democráticamente. Trump es un dictador que el pueblo norteamericano eligió por voluntad. Es cierto que están ahí los contrapesos, también democráticos, la fortaleza del Congreso y la soberanía de los Estados, pero eso no cambia los peligros de que alguien como él tenga las claves de las armas nucleares a su resguardo. No parecen ya tan descabelladas las comparaciones que se hacen entre él y los grandes tiranos que la humanidad ha elegido, algunos de ellos, cómo no, elegidos completamente a voluntad.

Valdría también la pena replantearnos qué significa ser realmente democráticos y a qué aspiramos con ello. La visión simplista es imponer la decisión de las mayorías. Esto, por donde se vea, es una idea equivocada. Por un lado, porque la mayoría no tiene herramientas suficientes (ni tendría por qué) para resolver sobre todos los temas. La abrumadora vida diaria nos impediría prestar atención a todas las decisiones que deben tomarse en el ámbito de la política. Elegimos entonces quién se dedicará a ello por nosotras y nosotros, por ello nuestra democracia se llama representativa. En este aspecto, es importante elegir representantes que, más que sean como nosotros sean, no digamos mejores (por el tufo moral), pero sí más preparadas y preparados y sobre todo más cosmopolitas.

Esta premisa descansa sobre la economía y la racionalidad de las decisiones. Si pensamos que la virtud toral de la democracia es que se decide lo que quieren las mayorías, tendremos que aceptar que la violencia abyecta y la imposición del pensamiento, también es un medio legítimo para que suceda. Dicho de otra forma: nos agarramos a palazos y el bando que gane decide sobre el resto. Por supuesto que esto parece irracional y poco económico: los dos bandos tendrían pérdidas fuertes, además de que resultaría costoso en muchos otros aspectos: monetarios, de salud, pérdida de cohesión social y un largo etcétera. Para contrarrestar este peligro, caminamos hacia un espacio más responsable y económico, decidimos por medio de una “batalla” simbólica: las campañas y los candidatos, la culminación de esta decisión en las urnas. De la misma manera que parecen evidentes las ventajas de elegir a través del voto y no a través de los palazos, podemos concluir que hay un escenario de mayor racionalidad y economía: aquel en donde no gane la mayoría sino ganemos todas y todos. ¿Cómo ha de darse este escenario? A través de la elección de representantes con una visión integral, cohesionadora y humanista.

Es verdad que Trump representa fielmente a su electorado, pero se separa radicalmente de quienes no votaron por él. La democracia debe aspirar a representantes que vigilen los intereses no de la mayoría, sino de todas y todos. Para que esto suceda un primer paso es apostar por propuestas integradoras. Un rasgo es la lucha de separación de ciudadanía a través de derechos. Mientras no caminemos a una universalidad en derechos económicos, sociales, políticos, educativos, de salud y seguridad, siempre habrá una parte de nuestra sociedad vulnerable y por ello, en la mayoría de las circunstancias, de facto, vulnerada. El triunfo de Trump estuvo depositado en esa idea de dividir a la sociedad. Los malos de siempre contra los buenos. Esta postura genera una sensación comunitarista de la cual ya he escrito antes. La verdadera democracia, para que pueda brillar en toda su virtud y alejarse del peligro de sus vicios debe ser cosmopolita. Debe ser integradora y debe buscar los derechos universales. No hay cabida para una lucha contra los ricos, sino una búsqueda de la igualdad. No hay cabida para la xenofobia sino una búsqueda de la integración. No hay cabida para el cuestionamiento de los derechos humanos universales.

A este derecho de construir un mejor país, una mejor realidad estaremos todas y todos obligados en seis días. El próximo domingo primero de julio habremos de pensar que necesitamos un país integrador. Un país en que todas y todos tengan voz. Un país en que hayamos elegido al mejor preparado para afrontar esa dura empresa. No a quien más se parezca a nosotras y nosotros, sino quien más herramientas haya dado para creer que la integración y el respeto son objetivos importantes. Una pista está en la capacidad de dialogar. Un ejercicio importante es ver qué candidato usó más el discurso separatista entre nosotros y los otros y quién buscó más una interacción universal. Qué narrativa fue más integradora, qué plataforma generó más interacción y menos sensación de condena a lo otro. Puestos en el pesimismo habrá quién arguya que ningún candidato cumple a cabalidad esta idea. Pero habremos de elegir entre las opciones, y más nos vale elegir la mejor de ellas. La democracia es una condena y los vecinos del norte hoy lo saben bien. Algunos siguen aplaudiendo y defendiendo a Trump, pero es porque ven reflejados sus profundos deseos de ser ellos y los otros quienes dirijan los destinos del país, a imagen y semejanza de sus intereses.

No deseo que nadie pierda en estas elecciones. No deseo que nadie sufra un gobierno antagónico a sus intereses ni su bienestar. Deseo que busquemos fortalecer nuestra democracia. Que seamos juiciosas y juiciosos en todos los niveles de elección. Que recordemos que es peligroso que la presidencia sea un espacio plenipotenciario. Que recordemos la importancia de los contrapesos, de la representación que nos generan nuestras y nuestros diputados, nuestras y nuestros senadores. Que recordemos que pase lo que pase, la responsabilidad será nuestra.

 

/aguascalientesplural | @alexvzuniga

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Alejandro Vázquez Zuñiga

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