Opinión

Las ciencias de la naturaleza y las del espíritu / El peso de las razones

Las viejas fronteras entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias del espíritu, entre las ciencias naturales y las ciencias sociales y las humanidades, entre metodologías cuantitativas y cualitativas, deben abolirse. A algunos, sin duda, este panorama puede parecerles desalentador, cuando no escandaloso. Sin embargo, con la caída de los viejos muros, los pasos que han empezado a dar las ciencias sociales y las humanidades son más sólidos que nunca.

Por ejemplo, Steven Pinker mostró con lujo de detalle, en sus conferencias Tanner de 1999, que la naturaleza humana -antes abandonada por las ciencias naturales- cada vez lograba incorporarse con mayor éxito a los estudios de cuatro nuevas ciencias: las ciencias cognitivas, las neurociencias, la genética del comportamiento y la psicología evolutiva.

Para los cognitivistas, señala Pinker, “la vida mental podía explicarse en términos físicos a partir de los conceptos de información, computación y retroalimentación. Dicho llanamente: las creencias y los recuerdos no son otra cosa que información, la cual reside en ciertas estructuras y patrones de la actividad del cerebro. Pensar y planificar son secuencias de transformaciones de esos patrones. Querer e intentar son estados-meta que gobiernan esas transformaciones a través de un sistema de retroalimentación basado en las discrepancias halladas en el mundo entre el estado-meta y la situación presente, y que las transformaciones tienen por objeto reducir. Esta idea general, que podríamos llamar teoría computacional de la mente, también explica cómo la inteligencia y la racionalidad pueden surgir de un mero proceso físico”.

En segundo lugar, la neurociencia trabaja con la que Francis Crick denominó “hipótesis asombrosa”, a saber, que todos los aspectos del pensamiento y el sentimiento humano son manifestaciones de la actividad fisiológica del cerebro. En otras palabras, que la mente es lo que hace el cerebro, y en particular el procesamiento de la información que este lleva a cabo.

Con respecto a la genética del comportamiento, su hipótesis también puede formularse de manera sencilla: todo el potencial para el aprendizaje y la experiencia compleja que distingue a los humanos de otros animales reside en el material genético que contiene el óvulo fertilizado.

Por último, la psicología evolutiva (o el estudio de la historia filogenética y de las funciones adaptativas de la mente), aspira a “comprender el diseño de la mente, no en ningún sentido místico o teleológico, sino como la omnipresencia del diseño o de la ilusión de diseño en el mundo natural (por ejemplo en el ojo o en el cerebro) y que Darwin explicó con la teoría de la selección natural”.

Para completar el panorama, otras ciencias, antes separadas de las ciencias naturales, ahora conviven también de cerca con la metodología naturalista. La antropología, por ejemplo, ha comenzado a estudiar la cultura de manera completamente natural; el trabajo de Dan Sperber es un ejemplo.

¿Qué queda de nuestra vieja idea acerca de las ciencias sociales y las humanidades? Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, señala que “es propio del hombre instruido buscar la exactitud en cada género de conocimientos en la medida en la que la admite la naturaleza del asunto; evidentemente, tan absurdo sería aprobar a un matemático que empleara la persuasión como reclamar demostraciones a un retórico”. El punto aristotélico consistía en señalar que la exactitud de nuestros razonamientos y nuestras explicaciones depende del objeto de estudio. Sin embargo, también depende de nuestros intereses epistémicos y prácticos. El objeto de estudio, en efecto, delimita algunas de nuestras pretensiones cognitivas: en algunos temas (la mayoría) debemos contentarnos con razonamientos plausibles. Pero, también, la fineza de nuestras explicaciones depende de lo que buscamos con ellas, de lo que nos interesa saber.

 

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Mario Gensollen

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