Opinión

Los grandes ausentes / Opciones y decisiones

En la recta final de las campañas, con motivo del tercer y último debate, seguido de los debates de la comentocracia sobre el debate, los más importantes medios de difusión digital y electrónica del país replicaron mesas de discusión para situar críticamente tanto los contenidos como las formas que exhibieron los candidatos contendientes en sus respectivos argumentos de unos contra otros. Cabe los cuales no cupo acusación o denuncia más notoria que las bolas de lodo lanzadas de uno al otro lado; guerra de pastelazos como vulgares argumentos “ad hominem/ o ad personam”, como desee llamarles; pero, ciertamente no dirigidos contra la sustancia de los contenidos reales y científicos de propuestas de políticas públicas conexas y coherentes, que hubiéremos esperado.

Desde mi punto de vista, esta campaña presidencial 2018 estuvo concentrada y monitoreada por la divulgación de las encuestas sobre las preferencias electorales, cuyo vector principal ha sido la confesa, simulada u oculta intención de voto, en donde la indefinición o indecisión al voto ocupa un voluminoso rango que va del 20 al 30 por ciento de los potenciales electores encuestados, y respondientes. Puja inmisericorde que en realidad evitó o miró de soslayo el núcleo principal de la cuestión: ¿qué plan estratégico de gobierno existe por cada uno de los candidatos?

Se lanzaron, sí, como invectivas oratorias: ideas generales, sueltas, inconexas y, en no raras veces, disparatadas. Desechar la reforma Educativa -porque lesiona al magisterio e induce el desequilibrio del poder sindical-/haciendo caso omiso del pésimo resultado educativo obtenido en las aulas y medido por la OCDE de la que somos miembros postergados al último lugar; atrás con la Reforma Energética –explotando y magnificando de manera singular y exclusiva el “gasolinazo”-; la puesta en la picota del nuevo aeropuerto de la CDMX; de la corrupción e impunidad ni se diga, fue la tónica dominante del discurso de campaña, el referente casi único del índice de fuego que señala a todo una generación de “corruptos” que dieron al traste con todo el país. Y sin necesidad de negar que así sea, no vale como para derramar la bilis y sublimar al parnaso la ciega indignación de toda una nación, para que se aboque a votar este 1 de julio, sin motivaciones al asentimiento emocional ni razones críticas y cognoscitivas de fondo que avalen un voto razonado, ponderado y plenamente querido y consentido. Al final, muy al final, esta semana, se deslizó la idea de “rescatar el campo”, y devolver a México aquel timbre de orgullo que fue la “revolución verde” de los años 40-50 -autosubsistencia alimentaria- y el milagro económico de México, mediante la transformación industrial de “sustitución de las importaciones”.

Este supuesto de que las cosas puedan expresarse y manifestarse de manera suelta, inconexa, incluso incoherente y divergente, y no importa qué. Es tan falso y tan inaceptable (unacceptable, remember?) que no merece considerarse como un “proyecto de Nación”. Cosa muy diversa es referirse al Folklore como legítima expresión cultural de un pueblo, y que en su definición encierra precisamente esos elementos: una concepción abigarrada o naïve de la realidad, la expresión simbólica inconexa o inverosímil de las cosas, como consta en el caso de los alebrijes de Oaxaca, cuya belleza plástica incluye representaciones de objetos oníricos, de ranas, caballos, venados, lagartos, etc., con alas y colores vibrantes, en contraste. Lo que en el folklore sí se vale, sea la síncopa, el falsete, el estribillo en la expresión musical; o la falta de perspectiva y proporción en la expresión plástica/ arte naïve; o en la redundancia y repetición cansona en los bailes, etc.; en la arena política es inadmisible, ya olvídese de ser tomado en consideración.

Esta última idea del candidato Andrés Manuel López Obrador, aventada a la mesa de discusión más como un cohete buscapiés que como una idea consolidada, de rescatar el campo mexicano, invocando esa idílica fase mexicana de “el milagro verde”, y como un mea culpa por haberlo dejado olvidado tantas décadas. De inmediato y en contrarréplica, la comentocracia ilustrada de México arqueó ostensiblemente las cejas y se mostró insultada por tan peregrina idea. ¿Cómo, en el México del siglo XXI, en plena integración o desintegración de la globalidad -según Trump-, se podía proponer revertir la política de industrialización y tecnologización del campo, que está siendo tan exitosa para el país en el concierto mundial? ¿Cómo poder pensar en una estrategia de autosubsistencia alimentaria, de los más pobres? Desde luego que, puestas así las cosas, representan en el fondo una concepción desdoblada e inconexa de las cosas, es decir, el folklore de las ideas políticas.

Bajo dichos supuestos y en este contexto, México no puede ni debe abocarse a reinventar el hilo negro. Sí es de lamentarse, por ejemplo, que a todo lo largo de las precampañas, el tiempo intercampañas y luego la campaña formal se hayan repetido tantas veces las siglas de INE (Instituto Nacional Electoral) y ni una -que yo recuerde- del INI (Instituto Nacional Indigenista), cuyos fundadores fueron: Alfonso Caso Andrade, Gonzalo Aguirre Beltrán y Julio de la Fuente, por mencionar un caso. Lo que sí es de reconocer y acaso sea encomiable de parte de nuestra comentocracia ilustrada sea oxfordiana, hardvariana, yalesiana, itamsiana, cemaitiana, panamericana, etc., es la defensa irrestricta del Mercado y sus tan inexorables como inevitables (unavoidable –para el apunte del candidato Anaya-) de las leyes económicas, en el momento además de globalización trastabillante; pero cuyas citas citables dan la vuelta graciosamente al abordaje del auténtico análisis sociológico, como tal. Me explico.

Hoy más que nunca, y ante planteamientos así, hay que regresar respetuosamente a las ideas de nuestros padres fundadores del México científico contemporáneo. Ideas sobre la industrialización de México hay muchas, pero es impensable no referirnos a la sabia visión del historiador Daniel Cosío Villegas, (Cfr. Historia Moderna de México. El Porfiriato. Vida económica, Volumen vil, México, Editorial Kermes, 1965). Obra que recupera el origen y estructuración social que detonó la primigenia industria papelera y de textiles mexicana, momento histórico equiparable a la naciente industrialización inglesa, con la explotación del carbón, los textiles y los embarcaderos de Inglaterra. En dónde modo de producción y tipo de industria tienen una incidencia específica sobre la construcción de las relaciones sociales generadoras de valor y su impacto en las formas de comercialización, distribución y consumo; sin omitir su conversión última -vía el Estado Nacional- en capital.

Ojalá, podamos vacunarnos y erradicar las ideas erróneas que adquirimos debido a poderosas ideologías fallidas, me refiero al Marxismo. En Ángel Palerm, podemos ver a uno de nuestros padres fundadores de la Antropología científica del país, quien abordó sin titubeos el tema satanizado de las ideas marxistas sobre la evolución social, los modos de producción y su articulación, y el campesinado bajo las condiciones del capitalismo. Y de lo cual expresa: “Saludo el futuro en que para los científicos sociales será posible hablar de Marx como los biólogos lo hacen de Darwin y los físicos de Einstein. En este sentido que quiero parafrasear a Marx y que no soy marxista sino antropólogo”. Y luego, su genial visión: “Pero la naturaleza revolucionaria del marxismo no consiste en su mesianismo político, sino en el proyecto de hacer una ciencia tan racionalmente transformadora de la sociedad como las demás ciencias lo son ya de la naturaleza” (Antropología y Marxismo. Prólogo. Centro de Investigaciones superiores del INAH. Ed. Nueva Imagen, 1980),

No podemos aventar al aire el trigo y esperar que se siembre y produzca solo. Otra línea de padres fundadores del México contemporáneo la vemos encarnada en investigadores como Arturo Warman y el Dr. Rodolfo Stavenhagen (1932–2016), incansable defensor de los derechos humanos de los pueblos indígenas. Que son seguidos por Francisco López Cámara, por ejemplo, con su obra la Estructura económica y social de México, en la época de la reforma. Y publicó la editorial Siglo XXI Editores. 1967. En que expresa convencido: “Por mucho tiempo, los mexicanos nos hemos preocupado primordialmente por la historia política de nuestro país, dejando en segundo plano, o ignorándolos del todo, aspectos estructurales de nuestro pasado en los que en definitiva está la verdadera explicación de los hechos externos.” (Opus cit., Prefacio, p.1). En paralelo, y sin demérito alguno por ser extranjero, ha sentado fundamentos del análisis para el campo latinoamericano, Eric R. Wolf, precisamente estableciendo vinculaciones de las comunidades campesinas con el mercado mundial.

Bien decía Marx que las mercancías no van solas al mercado, tienen sus portadores (träger) y estas personas vivas, con su trabajo vivo producen el valor económico que se metamorfosea -como una crisálida- primerio en valor mercantil, luego en dinerario, luego tesoro de las naciones y luego en valor financiero del Capital, que no puede ser sino trasnacional y monopólico. De este complejo y endiablado proceso de mitificaciones dinerarias surgen los conflictos sociales, la ruptura de la sociedad, la desigualdad de clases y definitivamente su excresencia societaria que es la pobreza, llámesele lumpen proletariado a tal conjunto, o los 53 millones de pobres mexicanos, con los que hoy se estructura la base de la sociedad mexicana.

Este fenómeno inocultable de la conflictividad en el campo y de los depauperados en la formación hiper-urbana, también tiene una vertiente de padres fundadores de análisis, incardinados a nuestras más destacadas instituciones educativas de nivel superior, cuyas aportaciones ilustran casos señeros, como los de Heather Fowler Salamini en su estudio de la Movilización campesina en Veracruz, 1920-1938, Siglo XXI. 1971. O más reciente, como La rebelión de las Cañadas, de Carlos Tello Díaz, Editorial Cal y Arena, 1995. O de mayor actualidad como el ensayo de Bartra A., y Otero, G. (2008) Movimientos indígenas campesinos en México: la lucha por la tierra, la autonomía y la democracia. En: Recuperando la tierra. El resurgimiento de movimientos rurales en África, Asia y América Latina. Sam Moyo y Paris Yeros [coord.]. Buenos Aires: CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales. 2008.

Tópicos, autores fundacionales y analistas contemporáneos cuyo poder vinculante de las realidades político sociales, económicas y culturales no deben ser pasadas por alto. Y, sí, hoy por hoy, pasan por ser los grandes ausentes del proceso electoral.

 

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Francisco Javier Chávez Santillán

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