Opinión

Los títulos… de nobleza / Cátedra

Al iniciar sus estudios profesionales y ya sea por convencimiento propio o por presión familiar o social, muchos estudiantes sueñan con el día en que puedan llegar con sus padres, su novia o sus amigos, a mostrarles el título obtenido con tantos esfuerzos. Pero raro, rarísimo es aquél que se ha puesto a meditar sobre su significado histórico y social.

Al respecto, yo he incursionado en la relación que pudieran tener con el sistema de títulos de nobleza integrado en las cortes reales, cuyos argumentos y conclusiones me voy a permitir exponer, empezando por referir solo los títulos más representativos que son, de mayor a menor, los de duque, marqués, conde y señor. El primero, según Maquiavelo, surge hacia el año 500 d.C., en plena decadencia del Imperio Romano. El sistema se fue integrando y en el año 800 Carlomagno se apoyó en él para reconstruir el poder de Roma mediante el Sacro Imperio Romano Germánico, que le permitió mantener su control hegemónico en Europa.

Pero he aquí que la revolución científica que se inicia hacia el siglo XV, para liquidar la Edad Media y la visión escolástica del mundo y establecer las bases de la Revolución Industrial que daría paso al capitalismo, tiene que destruir aquella estructura caduca para sustituirla, de acuerdo con su esquema teórico, por el novedoso sistema republicano representativo y un gobierno integrado por tres poderes en equilibrio: el ejecutivo, el legislativo y el judicial, cuyos funcionarios serían democráticamente electos por el pueblo que sería el depositario, de allí en adelante, de la soberanía que antes radicaba en un autócrata impuesto por el Papa.

Aquí es donde está la clave de nuestro tema, para lo cual recordaremos el lema que utilizó la Revolución Francesa con los atractivos principios de libertad, igualdad y fraternidad.

Libertad. Este primer principio fue el más eficaz en el propósito de unificar la voluntad de los trabajadores para derrocar la monarquía.

Igualdad. Para demostrarle al pueblo que la revolución había alcanzado este segundo propósito, se decretó la abolición de los títulos de nobleza que se sustituyeron por el título único de ciudadano, cuya idea original estaba en la creatividad política experimentada en la ciudad-estado de la democracia griega. Así pues, se saludaba por igual al ciudadano presidente, al ciudadano diputado, al ciudadano profesor, al ciudadano artesano, al ciudadano campesino, etc.

Pero he aquí que cuando Napoleón aniquiló el poder temporal de la Iglesia Católica en 1806 al derrotar al Sacro Imperio Romano Germánico, se apoderó también del sistema educativo que hasta entonces había estado bajo el exclusivo y rígido control de la iglesia. Entonces, al establecer el estado laico, incluyó lógicamente la laicidad de la educación eliminando toda enseñanza religiosa e impulsando los programas científicos y tecnológicos enfocados al desarrollo económico.

Pero la Universidad pasó del férreo control de la iglesia al férreo control del Estado, ya no tanto por el contenido de las materias sino por la expedición de títulos que requieren de la correspondiente licencia del Estado para ejercer la profesión de que se trate.

Así fue como el igualitario título de ciudadano empezó a desaparecer, aplastado por los títulos de bachiller, de licenciado, de maestro o de doctor.

Fraternidad. De este principio mejor ni hablamos.

La verdad es que del afamado lema de libertad, igualdad, fraternidad no quedó nada, porque incluso el término libertad se deformó totalmente al quedar atrapado en el economicismo de la libre competencia, que significa todo el derecho para el más fuerte, despojándolo del contenido justiciero con el que nació.

Pero volviendo al tema de los títulos profesionales, bien sabemos que la mayor parte de los estudiantes anhelan adquirirlos para beneficiarse ascendiendo en la escala social y si es posible enriquecerse a costa de lo que sea y pocos son los que cultivan la principal de las finalidades de la Universidad, que es la vocación de servicio en provecho de quienes más lo necesitan.

Para muchos, incluso, lo que importa no es el conocimiento y mucho menos la vocación de servicio, sino el título por el título, porque lo consideran el mejor instrumento para conseguir dinero. Y sí, hay quienes los consiguen por un precio a su alcance en esas que se conocen con el nombre de universidades patito y que han proliferado en este medio mercantil, en connivencia con funcionarios corruptos,

Y para quienes han perdido la esperanza de contar con uno, luchan por lo menos porque les den el título de señor, o don, sin saber que su significado, que en ambos casos viene de “…la forma del acusativo… dominum>domnu que significa dueño…” es decir, que para merecerlo deberían contar, por lo menos, con algunos cientos de hectáreas de terreno propio. La vulgarización de su uso ha hecho perder a esta palabra su significado original.

En síntesis, tal parece que para que la Universidad cumpla los altos fines a que está destinada, será necesario luchar por suprimir la obligación que Napoleón le impuso de expedir los títulos profesionales que han venido a cumplir el papel que en su momento tuvieron los títulos de nobleza: servir al poderoso y asegurar la permanencia del sistema de castas.

“Por la unidad en la diversidad”

Aguascalientes, México, América Latina

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Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

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