Opinión

End of the night / Memoria de espejos rotos

Take the highway to the end of the night

Take a journey to the bright midnight …

End of the night

The Doors

 

Conocí sobre la existencia de Anthony Bourdain justo porque se suicidó. La muerte autoinflingida de alguien en la farándula norteamericana no me pareció especialmente relevante. En su momento, leí algunos encabezados sobre la noticia, y hasta ahí. Me enteré que había sido chef y estrella de televisión en programas culinarios, un rockstar gastronómico, que era pareja de Asia Argento (hija del cineasta de serie B, Darío), y que había afrontado su condición de privilegio (hombre, blanco, heterosexual, burgués, occidental, urbano, profesionista) con cierto cinismo y acidez reflexiva. No más, no menos.

Luego me topé con el espléndido texto de Tania Magallanes, Algo Menos Estúpido, en su columna Tres Guineas, publicado ayer en este diario (https://bit.ly/2HPPtkO ) y me motivó a saber un poco más sobre Bourdain, y su contexto, su decisión fatal. De ahí, agradezco la oportunidad de compartir algunas reflexiones.

De las primeras cosas que me saltaron fue, justamente, su relación con Asia Argento, y la forma en la que ésta y otras figuras del espectáculo -mujeres, por supuesto- empujaron al movimiento conocido como #MeToo, en denuncia a los abusos sexuales en la industria de la farándula norteamericana, con el caso de Harvey Weinstein como victimario detonante del movimiento, y también abusador de la propia Argento. A partir de la visibilización de esos abusos, Bourdain comenzó una revisión de sus propias conductas, se alió al feminismo, y promovió el #MeToo como una forma de reprochar a sus congéneres el privilegio del abuso impune.

No sólo eso. Bourdain, según se lee en la prensa que ha seguido el caso, había padecido depresión desde hacía años y -aunque pudiese parecer un hombre privilegiado y exitoso- la sombra oscurecía su ánimo sin que nadie se percatara o lo evitara. La actriz Rose McGowan escribió una carta justo sobre el tema: la necesidad de discutir sobre el bienestar mental y el acompañamiento a las personas con depresión. En alguna entrevista, Anthony afirmó que él “Era un alma infeliz, con un enorme problema de heroína y crack. Lastimé, decepcioné y ofendí a muchas, muchas, muchas personas y me arrepiento mucho. Es una pena con la que tengo que vivir”. Hasta que terminó.

De sí mismo, llegó a decir “He sido un hombre que ha sexuaIizado la comida en televisión. Que ha usado un mal lenguaje (…) Que ha hecho mierda ofensiva. Un hombre en un mundo de hombres que ha celebrado el sistema. Estaba muy orgulloso de haber sobrevivido a este sistema anticuado, francamente falocéntrico y muy opresivo”. Un sobreviviente que -de pronto- toma consciencia del machismo, de los condicionantes sistémicos que perpetúan la inequidad, del que él mismo había sido -por falta de consciencia- cómplice silente; hasta su despertar.

En algún lugar de la internet leí que a medida que las personas toman consciencia de la futilidad de la existencia, de la precarización de la vida, del mundo adverso que construimos sistémicamente, esa consciencia marca una tendencia a no querer reproducirse; y que, por el contrario, las personas más inconscientes son las que buscan la reproducción con más facilidad. Había, entonces, una reflexión: las personas conscientes deberían reproducirse más, de tal modo que se fomentaría una siguiente generación aventajada en la toma de consciencia; porque, si esas personas no tuviesen hijos, esa consciencia no duraría otra generación, y se perdería ante lo populoso de los inconscientes.

No intento hacer una apología del suicidio. Albert Camus ya ensayaba sobre la idea de que el suicidio es el único problema filosófico serio. En este sentido, me parece totalmente comprensible que alguien que ha despertado a la consciencia sobre lo depredadora que es la masculinidad tóxica, la depauperación causada por la industria capitalista, y el carácter netamente expoliador de nuestra especie, decida matarse. Sin embargo, en relación con el párrafo anterior, apagar una luz así inhibe la posibilidad de popularizar la consciencia, cuando nos urge justamente lo contrario: despertar y actuar contra la atrocidad del mundo que construimos y que validamos con acción u omisión. Pero la depresión es una sombra viscosa; y la náusea de existir, de saberse en una existencia baladí rodeada de mentira, complicidad e injusticia; son cosas que pesan mucho.

Mientras buscaba cosas sobre Anthony Bourdain, vi una foto de él, sonriente, en campo abierto. La imagen era reciente, y el pie de foto decía El rostro de la depresión. Ni el éxito laboral, ni el financiero ni el mediático ni el de sus relaciones le ataron a la vida. Quizá porque la vida no sea sólo eso. Quizá porque la vida -como el entramado sistémico de inequidad que hemos construido- tampoco sea algo tan atractivo.

 

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Alan Santacruz Farfán

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