Opinión

¿Por qué sí a la despenalización del aborto? / Disenso

La reciente decisión en Argentina ha puesto una vez más el tema sobre la mesa. Volvemos a discutir, a veces con memes fáciles, a veces con agresiones, otras con razones poco atendidas el controversial tema del aborto. No quiero luchar las batallas de las mujeres, suficiente capacidad de organización civil y política tienen para poder celebrar hoy este triunfo sobre sus derechos. De cualquier manera, no puedo dejar de sentir la obligación moral de apoyarlas y dar mi punto de vista -aunque la contundencia de sus argumentos no está a discusión-, algunas razones que tal vez puedan, incluso a fuerza de repetición, abonar algo en la discusión.

El símil que no funciona. No hay nada que podamos usar como un símil funcional para comparar el aborto con ninguna otra cosa, cuando quienes están en contra arguyen que “despenalizarlo porque, legal o no seguirá sucediendo, sería equivalente a despenalizar el robo”, por ejemplo, pasan por alto que ese símil es franco despropósito. Que sólo uno de los sexos pueda engendrar un futuro ser humano en su interior es tan anómalo en el sentido estricto que no ofrece posibilidades de comparación. El robo no ofrece posibilidad comparativa porque implica a dos partes independientes la una de la otra. He pensado que aún más cercano sería decir que prohibir el aborto es tan sensato como lo sería prohibir (por razones confesionales) que las mujeres se extrajeran las muelas del juicio a pesar de tener un buen número de mujeres que terminan muriendo desangradas por hacerlo solas o en alguna clínica clandestina, por supuesto que este símil falla igual por la peculiar característica del embarazo.

La hipótesis de la independencia. Imaginemos (porque stricto sensu es probable) que algún día lleguemos al punto en que una mujer pueda entregar al feto a un laboratorio en donde éste, in vitro, se desarrolle. Llegado ese punto entraremos en una discusión diferente (y se dará igual de fieramente): el desarrollo del embrión no dependerá de una mujer, pero seguirá siendo un punto de controversia ante los hechos: ¿qué es mejor, que el embrión se desarrolle in vitro, dado el trato que recibe de la sociedad y cómo se configura psicológicamente al saber que hubo un rechazo categórico de parte de su madre? También discutiríamos si el costo de ese desarrollo (y de su vida posterior si buscamos estricta consistencia) debe ser público o no, si todas y todos debemos contribuir por igual a éste. Como es fácil imaginar que la discusión seguirá debemos entender que no se trata de derechos del embrión lo que realmente discutimos, sino de la apuesta por el mal menor.

La apuesta del mal menor. Nadie en una zona de salud mental, defendería el aborto per se. Es un trance negativo, que frena la posibilidad de desarrollo de un innegable futuro ser humano y que tiene complicaciones evidentes de logística (económicas, morales, físicas y demás) que no pueden volverlo deseable. Sin embargo, la apuesta sigue la lógica del mal menor: en los países en que se ha prohibido las mujeres siguen abortando. Poniéndose a sí mismas en un riesgo mayúsculo y deviniendo a veces, no sólo en la interrupción del desarrollo del embrión sino en su propia muerte. Dado que no podemos impedirlo, por la anomalía mencionada ya, se revela de manera evidente que, por mera economía, no tiene sentido propiciar una doble pérdida, la de un futuro ser humano y la de un ser humano constituido con planes, expectativas, emociones complejas, historia, relaciones formadas en el ámbito sentimental, laboral, político, educativo y un largo etcétera, puestos en lo terrible que es perder una vida, parece evidente que debemos apostar por el mal menor, debido a que, por un lado, el desarrollo del embrión se verá de cualquier forma interrumpida, pero podemos, así, evitar la tragedia de perder una vida ya desarrollada que además podrá engendrar más vida en el futuro. Por cierto, la apuesta del mal menor la llevaría más lejos, acerca de que también es, posiblemente mejor, evitar el desarrollo de una niño o niño no deseado que engrosar las filas de las y los abandonados o tener una vida infeliz.

La falacia de la responsabilidad. Uno de los argumentos (es un decir) que más me causan repulsión es aquel que indica que “si las mujeres no fueron responsables con su sexualidad, se hagan responsables de su maternidad”. No voy a reproducir las múltiples y soeces, machistas, sexistas variantes en que lo he visto, pero busca enfatizar que la mujer debe llevar a conclusión el embarazo debido a que es su responsabilidad. Una falacia como una catedral. ¿No deberíamos, buscando ser honestos y sensatos, reconocer que la condición necesaria para un embarazo es la aportación de semen? Este señalamiento nos dibuja de cuerpo completo: una sociedad machista que incluso en la discusión teórica (porque en la práctica es más que evidente lo hace) traslada la responsabilidad moral a la mujer. En nuestra sociedad debería ser una prohibición moral fortísima que un hombre tenga relaciones sin protección. Por cada “ahí andaba” para la mujer deberíamos pensar en el hombre que decidió tener relaciones sin protección. Por supuesto no digamos ya los casos de embarazos que provienen de la violencia sexual, y no me refiero sólo a una violación abyecta sino a todos aquellos que provienen de un uso de la presión (igual que el tener relaciones sin protección “porque así se siente mejor”, “no pasa nada”, “termino afuera”): desde el novio que insistió hasta el hastío pasando por el que perfiló la posibilidad de acompañamiento y luego, ante la noticia, se desentendió o desapareció. Haríamos bien en conocer cuántos hombres insistieron en hacerse cargo del bebé ante la noticia del embarazo (por supuesto que, aunque lo hicieran debemos atender al punto uno de este texto).

Filosofía y salud pública. Un asunto que suele empantanar la discusión es el asunto de si el embrión es o no es, con todas sus letras, una vida humana. Que es una vida, nadie lo discute (igual que una célula en sí misma o lo que comemos), pero el acento en la humanidad es un tema que, confesionalmente, se resuelve casi siempre con un contundente sí: que desde que el óvulo queda fecundado hay ahí una vida humana. Esto trae como consecuencia una serie de discusiones que pueden ir de lo teológico a lo filosófico ¿toda vida humana vale exactamente igual? Si es así, ¿cómo es que, ante un embarazo de alto riesgo tenemos elementos para decidir si salvar o no a la madre? Teológicamente también abre una discusión sobre la cantidad de abortos espontáneos que hay (que no son pocos). La discusión sobre una atribución filosófica es interesante pero poco se sacará en limpio ante un problema de salud pública, esta discusión también se puede tener sobre un paciente que vive artificialmente en la cama de un sanatorio. En México la muerte por abortos clandestinos llegó a ocupar el tercer sitio entre mujeres de 20 a 36 años. Sobre todo, de mujeres pobres.

El gran círculo vicioso. Finalmente me gustaría hacer notar la profunda hipocresía de rechazar el aborto cuando no se generan condiciones culturales para combatirlo: quienes más fieramente señalan a la mujer que aborta, también aprueban la violencia sexual (que nadie se sorprenda ni se declare ignorante de la visión confesional de que la mujer “debe cumplirle” a su pareja), repelen la abierta educación sexual (ver la agenda de El Frente), impiden el uso de preservativos (ibidem) y luchan contra la adopción homoparental. Vivimos en una sociedad altamente contradictoria que defiende la vida en abstracto, pero la ignora en concreto. Es casi un fetiche la defensa de un ser humano en desarrollo en comparación con la defensa de un ser humano conformado que recibe violencia inimaginable para el resto día tras día. “Sí a la vida” repiten como mantra. Respetan al embrión que es un ser humano. Pero en sus más abyectas fantasías condenan a una eternidad de sufrimiento a quienes tienen preferencias sexuales distintas. Condenan a las mujeres que deciden alzar su voz, no pelear por contravenir la decisión de nadie más sino defender sólo la suya propia. Defienden una vida a imagen y semejanza de sus creencias: casi siempre clasistas, casi siempre sexistas, casi siempre machistas.

 

/aguascalientesplural | @alexvzuniga


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Alejandro Vázquez Zuñiga

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