Opinión

Stanley Cavell (1926-2018) / El peso de las razones

Los seres humanos no desean de modo natural el aislamiento y la incomprensión, sino la unión o reunión, llámese comunidad (…) El deseo de ser extraordinario, excepcional, único, revela así el deseo de ser ordinario, cotidiano. (Después de todo, nadie desea convertirse en un monstruo, aun cuando la realización del deseo de ser único haría de uno un monstruo). Por eso tanto el deseo de lo excepcional como de lo cotidiano son focos de romanticismo. Podría concebirse el romanticismo como el descubrimiento de que lo cotidiano es un logro excepcional. Llámese el logro de lo humano.

Stanley Cavell, The Claim of Reason

 

Stanley Cavell nació en Atlanta en 1926, donde vivió hasta que la Depresión hizo que su padre buscara trabajo con su hermano en Sacramento. Las cosas no fueron como su padre lo esperaba y volvió a Atlanta, para regresar de nuevo a Sacramento al poco tiempo. El sedentarismo de su familia no se detuvo en esa época de crisis. Cuando llegó el momento de que Cavell fuera al College, vivía en Sacramento, por ello la opción más cómoda y acertada fue ingresar a Berkeley.

Sus padres influyeron por completo en su educación y en la formación de su carácter. Su padre era un inmigrante judío que trataba de encontrar su lugar dentro de la cultura americana. Éste había aprendido el oficio de relojero, y la joyería donde presentaba sus servicios quedaría en bancarrota en tiempos de la Depresión. Era un hombre iletrado pero enamorado del conocimiento. Apreciaba la elocuencia, de la que carecía, aunque era un extraordinario relator de historias y chistes judíos. Cavell solía relacionar esta habilidad que su padre poseía para contar historias con las habilidades de su maestro John Langshaw Austin. Para Austin, según Cavell, la filosofía consistía esencialmente en la habilidad para imaginar historias que pudiesen describir y ejemplificar diversos conceptos de interés filosófico. Su madre era la artista de la familia. Era una extraordinaria pianista con un futuro promisorio como concertista, el cual tuvo que abandonar a causa del nacimiento de su hijo. Su madre fue la más prominente pianista en Atlanta, donde tocaba todos los días en las proyecciones de películas mudas y en la radio.

Cavell encontró en el seno familiar un acercamiento cotidiano con el cine, el cual marcaría sus intereses a lo largo de toda su vida. Solía ir religiosamente dos veces a la semana a las salas cinematográficas con sus padres. En cambio, los libros no entraron prematuramente en su formación. Pocos libros circulaban por los estantes de su hogar. Había leído poco antes de su ingreso en Berkeley, cuando apenas tenía dieciséis años.

Sus dos primeros años como estudiante en Berkeley giraron en torno a la música. Componía piezas incidentales para las presentaciones, la mayoría de ellas muy reducidas, de la compañía de teatro. Cavell recordaba haber compuesto música para la presentación de El Rey Lear, entre otras. Para 1943 tenía suficientes créditos para graduarse. Sin embargo, no fue hasta 1947 cuando fue obligado a hacerlo por las autoridades universitarias. Berkeley fue un lugar determinante en su formación y en su vida. Ahí fue alumno de E. Bloch.

Después de dejar Berkeley, Cavell fue a Nueva York a seguir sus estudios musicales. Entró a Juilliard a estudiar una especialización en composición. Para esa época ya había abandonado la idea de pasar su vida siendo un compositor. A pesar de esto, los estudios musicales y literarios que tomó en Berkeley marcarían sustancialmente sus intereses y rutas filosóficas futuras. De la misma manera, la cultura cinematográfica que había permeado su vida familiar, así como su vida estudiantil, tanto en Berkeley como en Nueva York (Cavell mencionaba haber visto toda la temporada de 1947 que se proyectaba en la Calle 42), habría de ser una se sus principales motivaciones como filósofo. Al menos una cuarta parte de sus escritos versan sobre cine y películas.

Después de su experiencia musical, Cavell tuvo sus primeros acercamientos con la filosofía. Dejar la música le supuso una gran crisis juvenil. Y, como él mismo lo expresaba, los seres humanos suelen acercarse a la filosofía en momentos de crisis. Encontrar la filosofía no sólo le dio sentido a la crisis por la que pasaba, sino que le pareció una continuación de aquello que siempre había esperado de la música: un amplio sentido de profundidad y precisión.

Su primer acercamiento a la filosofía lo tuvo en Nueva York. Habiendo abandonado la idea de ser compositor, Cavell pasaba días enteros escribiendo y leyendo a Freud, así como una de las revistas intelectuales más afamadas de la época: Partisan Review. Poco tiempo después decidió estudiar filosofía con regularidad. Sus primeras incursiones en la filosofía académica se dieron en UCLA. Poco después recibió una beca de Harvard para continuar con sus estudios filosóficos.

Para 1955, Cavell trabajaba en su tesis doctoral sobre la acción humana, cuando el filósofo británico John Austin fue a Harvard a impartir una serie de conferencias y seminarios. Entre otros temas, Austin habló acerca de los realizativos, que serían su objeto de estudio en su obra Cómo hacer cosas con palabras, publicada de manera póstuma en 1962; y sobre las excusas, que sería el tema de uno de los escritos de sus Ensayos filosóficos. La visita de Austin a Harvard implicó un cambio radical en el camino filosófico de Cavell. Éste solía ejemplificar el shock que Austin causó en su vida con la conversión de Saulo de Tarso.

En ese tiempo Cavell comenzó la lectura de las Investigaciones filosóficas de Ludwig Wittgenstein, la obra que marcaría de manera más profunda su pensamiento posterior. Su primera lectura de las Investigaciones se dio en 1953, y le pareció una versión no sistemática del pensamiento del pragmatista norteamericano John Dewey. Después de conocer a Austin en 1955, y haber escrito su primer ensayo filosófico “Must we mean what we say?” en 1957, Cavell abordó de nuevo las Investigaciones. Esta segunda lectura le causó tal impacto que rechazó muchas ideas de su maestro Austin.

En 1961 Cavell presentó su tesis doctoral en Harvard, con el título The Claim to Rationality. Dieciocho años después, una revisión de esta tesis constituiría su obra filosófica más importante: The Claim of Reason, la cual fue publicada por primera vez en 1979. A pesar de la enorme influencia que en él causaron Austin y Wittgenstein, se puede hablar de otras grandes influencias filosóficas y culturales en su pensamiento: Thoreau, Emerson, Coleridge, Wordsworth, Schlegel, Kierkegaard, Beckett, Shakespeare, Poe, Capra, Hitchcock, Debussy y Maeterlinck. La extensión de temas en su obra es también abrumadora: estética, ética, política, metodología, crítica, teoría literaria y cinematográfica, y filosofía del lenguaje. Sin embargo, las polaridades de su obra pueden agruparse bajo una preocupación esencial, la cual, a mi parecer, sirve como fundamento para entender esta diversidad de temas, influencias y preocupaciones: el reconocimiento de la finitud humana, y lo que ésta tiene de característico: el escepticismo como condición del ser humano: nuestra inherente separación de los otros seres humanos y del mundo.

Stanley Cavell fue profesor emérito Walter M. Cabot de estética y teoría general del valor en la Universidad de Harvard. Murió el 19 de junio pasado. Los que lo conocimos, lo extrañaremos inconmensurablemente. Fue un ser humano extraordinario: humano, cotidiano, ordinario. Su pérdida también es un duro golpe para la filosofía norteamericana, que en él, y en sus lecturas de Emerson y Thoreau, comenzó a reconocer sus propias raíces. Requiescat in pace.

 

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Mario Gensollen

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