Opinión

Apuntes sobre sexualidad / Memoria de espejos rotos

And crawling on the planet’s face

Some insects called the human race

Lost in time, and lost in space

And meaning...

Super Heroes – Rocky Horror Show

 

A colación del caso reciente, en el que un conductor de espectáculos de la televisión afirmó que -por haberse acercado “a dios”- ha dejado la homosexualidad y la adicción a las drogas, en redes sociales y medios impresos se ha revitalizado la discusión sobre las “terapias de conversión” que prometen “curar” la homosexualidad, o “reconvertir” a las personas con orientación sexual no binaria fuera de la heteronorma. En abono a esa discusión, que es más importante para el asunto público de lo que se pudiese creer, planteo algunas reflexiones.

  • Equiparar cualquier tipo de adicción con la orientación sexual es un sinsentido que evidencia la ignorancia de quien sostiene esa idea. Mientras que la adicción es un desorden en la estructura de los mecanismos de acción-retribución para el estímulo del placer en la psique, la orientación sexual es parte de la identidad de las personas, que puede ir en un amplísimo espectro desde la heterosexualidad u homosexualidad respectivamente exclusivas, hasta distintos gradientes inclusivos de una u otra, que se encuentran en la bisexualidad, pasando por variaciones del estándar como la asexualidad.
  • Asumir que cualquier orientación sexual fuera de la heteronorma binaria sea una enfermedad que puede curarse, una patología que refleja una desviación, una minusvalía en las construcciones de la hombría o de la feminidad, o cualquier tipo de característica negativa per se, es –igualmente- sólo evidencia del vacío de conocimientos en temas como la biología, la sexualidad, la ética, o la psicología.
  • Confundir la orientación sexual con la construcción de género, o con la práctica erótica, es algo común, pero cada una de estas categorías obedecen a campos distintos. Mientras que la orientación sexual responde al género con el que cada persona se siente estimulado en una relación erótico afectiva, la construcción del género implica cómo cada individuo edifica su rol ante la masculinidad o la feminidad (construcciones socio culturales dependientes del contexto espacio temporal); y la práctica erótica se refiere a con qué género nos relacionamos físicamente. De este modo, puede haber personas que -en la construcción de su identidad- pueden tener prácticas sexuales que correspondan o no a su íntima orientación sexual, o que correspondan o no a cómo han edificado su rol de género. En este punto, no redunda afirmar que la orientación sexual no es una elección, más o menos del mismo modo que ser zurdo o diestro tampoco lo es; mientras que la acción volitiva de practicar la escritura con una mano u otra sí es una elección, como el hecho de elegir la actividad sexual con un género u otro.
  • Derivado de lo anterior, en las sociedades diversas (y todas las sociedades lo son, a pesar de la religión, las leyes o las costumbres) hay personas transgénero (que no se sienten identificadas con su sexo biológico, y construyen su identidad en otro rol de género), o personas cisgénero (que sí se sienten identificadas con su sexo biológico, y sobre éste construyen su identidad), y –en medio de estas categorías- una gama de variaciones integrativas en todos los aspectos en los que se construye la identidad y la consecución de la plenitud personal. La existencia (y la validación) de esto es perfectamente normal; lo anormal, lo anómalo, es la pretensión de ceñir impositivamente las identidades, la construcción de roles genéricos, y el ejercicio práctico de la sexualidad a anacrónicos moldes basados en la religión, la tradición, o la legislación no positiva.
  • En este sentido, cualquier legislación que haga punible el ejercicio consensuado de la sexualidad entre adultos mentalmente maduros, aunque este ejercicio no sea ni binario ni heteronormado, es una legislación que no obedece al derecho positivo, y es necesario adecuarlo a marcos de derechos humanos. Del mismo modo, la legitimación de “terapias” para “tratar” la diversidad de orientaciones sexuales es un acto de violencia psicológica con el que se pretende constreñir uno de los actos más necesarios, liberadores, e íntimos, en la vida de las personas: el erotismo. Igualmente, cualquier credo de fe que catalogue en sus actos de pecado o aberración el ejercicio de la sexualidad consensuada entre personas adultas y mentalmente maduras, es un credo de fe que debería de erradicarse por atentar contra la propia comunidad en la que se suscribe.
  • ¿Por qué todo esto debería ser importante en el debate de lo público, si obedece al espacio íntimo? Simplemente porque necesitamos confrontar ante los derechos humanos y las libertades civiles todas aquellas construcciones culturales que hemos erigido en nuestra forma de relacionarnos, a partir de nuestra ley, nuestra fe, y nuestra tradición. Esta discusión pública es importante, porque su incomprensión ha sido causal de violencia contra grupos específicos, violencia que debemos erradicar para construir entornos éticos y seguros, y debe ser un inicio para depurar no sólo los anacronismos e insensateces sobre el ejercicio de la sexualidad, sino -a partir de ahí- la revisión de otras construcciones, como la masculinidad tóxica, la inequidad de género, o el estigma ante la otredad. Sólo para comenzar.

 

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Alan Santacruz Farfán

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