Opinión

Corazón inhumano / Análisis de lo cotidiano

El día 2 de julio de 2001, hace solo 17 años se instaló el primer corazón artificial creado por AbioCor en la ciudad de Nashville en Estados Unidos. Era una pieza mecánica elaborada con diversos plásticos y titanio, equipado con una batería que podía cargarse desde afuera, aplicando un estimulador sobre la piel, sin cables, ni agujas, lo cual evitaba las infecciones. El primer paciente vivió tres meses y terminó falleciendo por otras causas, lo cual demostró que el adminículo electrónico funcionaba bien. El segundo aparato instalado le permitió al paciente vivir casi dos años. Y desde entonces a la fecha la eficiencia de los equipos ha mejorado notablemente y ahora miles de personas caminan por la vida con un corazón de vinilo y metal. Y sobre todo con una expectativa de vida mucho mayor. Esta experiencia ha abierto el camino para que los bioingenieros estimulen su creatividad y a la fecha se encuentran dedicados diseñar riñones, pulmones, estómagos y muchos otros órganos que podrían ser sustituidos cuando el original se encuentre en tan malas condiciones que no garantice su función y ponga en peligro la vida de la persona. ¿Estaremos viendo el inicio de una Medicina con la facultad de entrar al quirófano y llamar a la refaccionaria para que le envíen el repuesto del órgano deficitario? Aunque suene a ciencia ficción, es muy posible que pronto lo veamos. Porque recordemos que hace medio siglo (en 1967) un desconocido médico sudafricano el Dr. Christian Barnard realizó lo que parecía insólito que fue trasplantar un corazón. Fue insólitamente audaz ya que en la primer cirugía colocó a un hombre el corazón de una mujer y en la segunda le puso el órgano de un negro a un blanco. Fue duramente atacado por diversos gremios sociales, no por su atrevimiento de colocar el corazón de un ser humano en el tórax de otro, sino por las barreras ideológicas, racistas y hasta religiosas. Sin embargo, la ciencia es imparable y sobre todo la necesidad de vivir, por ello es que en este momento cientos de miles de personas trasplantadas nos acompañan en el camino de la existencia cotidiana. Lamentablemente todo logro científico tiene un costo. La sorprendente bio-ingeniería ha hecho la labor médica mucho más segura, osada y confiable, pero también ha alejado al galeno del paciente. Una profesional de la Medicina, puede diagnosticar con gran certeza un padecimiento sin haber visto a su enfermo, solo con ver las radiografía, tomografías y resonancias, o revisando sus análisis de laboratorio, biopsias y ultrasonidos. Incluso existen ya hospitales en Estados Unidos y Europa en los cuales un cirujano puede intervenir a un paciente que está en cualquier sitio del mundo, mediante la conexión de internet y endoscopía que puede ser manipulada desde su confortable consultorio. Y todo eso está bien si se piensa en la efectividad de un manejo sanitario, el problema es que cada día se pierda más el contacto humano. El médico que conoce a su paciente corporal y emocionalmente, que sabe su nombre completo, conoce a su familia y tiene una idea clara del estado de salud de todos los integrantes, parece asunto de los abuelos. El médico ya no tiene tiempo de sentarse a conversar con sus enfermitos, de aclararle las dudas, de aceptar un cafecito en la casa del paciente. ¿Ganamos o perdimos? Seguramente ganamos en salud, eficiencia, mejoría de los años útiles de vida. Ahora solo hace falta recuperar el humanismo que ha sido durante siglos la característica fundamental de un médico.

 

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Héctor Grijalva

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