Opinión

Curvas insurrectas / Piel Curtida

A la chica que me embelesó en El Marra.

Si se llega por primera vez durante la noche a la calle República de Cuba en la Ciudad de México, se puede pensar que se llegó a una zona de deplorables bares y antros, al menos por lo vetusto de sus edificios y grafitis, pero su gente es la que demuestra la incongruencia entre la percepción y las múltiples realidades. En la zona se aglomeran desde los llamados de Barrio -con letra capital por el significados que engloba–, hasta grupos de chicos y chicas trendy, quienes buscan los ahora revalorados espacios donde lo latino, lo mexicano y lo popular han adquirido un nuevo sentido en la dicha cultura de masas: lo pop. Aunque algunos pasan, como de costumbre, sin hacer fila, son los menos en comparación de Aguascalientes, donde también el código de vestimenta sigue siendo pauta de acceso al consumo.

Al entrar a El Marra (kech) la vi bailar reggaetón y ska en el segundo piso, de frente a la que sentía su audiencia, tomando el barandal como apoyo, agitando el cabello, moviendo sus curvas y visiblemente libre. Durante alrededor de una hora no la vi tomar una gota de alcohol. Tenía sobrepeso; eufemismo menos elaborado que curvy y que hemos aprendido, irónicamente, al reconocer que ser gordos nos coloca en desventaja erótica y social en un mundo con un culto cada vez más propagado hacia el cuerpo esculpido por la economía, pues otros forjados por el trabajo físico de ciertos oficios, se diferencia de aquellos producidos mediante cirugías, gimnasios elaboradamente equipados, bioquímica y química cosmética, estética, hormonas, proteínas y una gran inversión en el recubrimiento a través de telas.

Sin embargo, ella estaba ahí, regia y feliz, agitando su cabello, brincando y llevando únicamente un brasier. La imagen embelesaba aún más al contrastarse con algunos ávidos de carne que exponían pectorales y six pack moldeados por la talacha o el gimnasio callejero, y otros que remangaban sus playeras para exponer la masa muscular alcanzada después de, seguramente, una dura rutina de gimnasio y régimen alimenticio. La primera idea al verla fue: autoestima, y aunque la hemos aprendido como si se tratase de un tónico que se obtiene con determinarlo, para llegar a ella se requieren de procesos personales, los cuales son imposibles de desvincular de lo social.

Al verla bailar con desenfado no era posible dejar de reflexionar sobre el contexto, sobre las luchas por derechos que se ha emprendido en la Ciudad de México desde hace muchos años, por miles de personas quienes, al hacer consciencia de una múltiple serie de desigualdades, decidieron ejercer su facultad política para impulsar transformaciones. El que una chica con sobrepeso estuviera bailando con el torso semidesnudo, llevando únicamente un brasier, implicaba un cierto nivel de libertad sexual, de seguridad y de respeto; tanto, como para que no se pensara que ella era la que estaba traspasando límites de decoro, sino que la exposición de su corporalidad fuese simplemente un acto al cual tenía derecho y que no representaba amenaza alguna.

Por otro lado, los asistentes a la ahora bodega reducida de El Marra confluían sin recelo. Al pensar si la escena se reprodujera en Aguascalientes, visualicé que al menos algunas otras chicas le criticarían por obscena, pero también por aparentemente ávida de compañía sexual al exponer sus curvas con tal soltura. Hemos aprendido con devoto miedo sobre nuestro cuerpo, al grado de negar las posibilidades de disfrutar de la brisa y la humedad del viento contra nuestra piel, de sus pliegues y líneas al ritualizar el lacónico llamado primitivo de los sonidos en armonía.

La sexualidad y el erotismo van más allá de la cama, y su atención racional, crítica, responsable y autónoma nos podría llevar, por ejemplo, a bailar sin vergüenza y sin pena, con seguridad, con libertad; a dejar de ver en el espejo a nuestro mayor verdugo y peor enemigo.

 

@m_acevez | [email protected]

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Juan Luis Montoya Acevez

Juan Luis Montoya Acevez

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