Opinión

Democracia / Memoria de espejos rotos

I wish I knew how it would feel to be free,

I wish I could break all the chains holding me,

I wish I could say all the things that I should say…

I wish I knew how it would feel to be free

Nina Simone

 

Luego de la elección federal 2018, pongo a consideración los análisis que se ofrecieron en este mismo espacio, para su cotejo con la realidad política que se presentó en las urnas el primero de julio. No sobra decir que en la prospectiva política no hay augurios, sino interpretación de tendencias, igualmente no redunda afirmar que quienes nos dedicamos a observar e intentar entender el fenómeno político, nos corresponde hacer un ejercicio de revisión sobre los cambios en las dinámicas y componentes que afectan estas tendencias, para lograr escenarios más precisos, a fin de poder entender e interpretar el estado de las cosas relativas al poder en nuestra democracia.

Así, entre las viñetas que se destacaron en los escenarios propuestos previamente, y su confrontación con la realidad política post electoral, van las siguientes consideraciones:

  • Se mostró una tendencia al bombardeo mediático contra Anaya por los casos de presunción de lavado de dinero. Paralelamente, se difuminó la crítica mediática contra AMLO. Que esta tendencia haya tenido un impacto mesurable en las intenciones de voto es tema de un análisis más profundo, pero de que la línea de sucesos ocurrió, es un hecho.
  • El desplome del PRI a un rezagado tercer lugar. Esto ocurrió, tanto en los escaños legislativos como en el ejecutivo.
  • El cúmulo de votantes indecisos, y ocultos finalmente se decantaron mayoritariamente hacia AMLO. De igual manera, los ensayos para conocer las motivaciones de esta intención de voto no revelada, pueden analizarse por aparte.
  • Judicialización de la elección en los distritos más cerrados. Aquí, la sobrada ventaja que tuvo la coalición de AMLO le da una legitimidad necesaria para evitar la judicialización del proceso.
  • Operación diferenciada de jefes políticos locales de los distintos partidos, por cada entidad, en función de los “amarres” hechos con los candidatos punteros. En este punto, baste revisar las cifras por partido, por entidad, por tipo de elección; y podríamos darnos cuenta de una tendencia interesante: los partidos de las coaliciones de Anaya y Meade sacaron más votos para sus escaños legislativos, que para el cargo de ejecutivo. Esto habla de un voto diferenciado, que -aunque marginal y no definitorio para el resultado final- sí operó a favor de AMLO.
  • Las encuestas, finalmente, sí se acercaron a la fotografía final del resultado. Insisto, falta analizar las motivaciones de los grupos de votantes ocultos e indecisos, y en el entendimiento de esa dinámica, tanto empresas encuestadoras, como analistas políticos, podremos hacer bocetos más precisos de la realidad política.
  • Para el caso 2018, aquí se propusieron dos escenarios: uno, con una distancia de igual o menos 5 puntos porcentuales entre primer y segundo lugar; y otro con una distancia entre los 6-10 puntos porcentuales. Penoso yerro de interpretación de tendencias. Efectivamente, o Morena sí tuvo operación en tierra, o la carencia de ésta no le afectó; de ser lo segundo, revela -por fortuna- un nuevo modo de participación electoral más espontánea y menos dependiente del “acarreo” y demás prácticas anacrónicas en una democracia moderna. Sin embargo, el marginal de votos diferenciados puede revelar aún este tipo de operación electoral en los partidos perdedores.
  • Por último, el pronóstico aquí presentado en el que se ponía a Meade a una distancia de 7% de los votos nulos también resultó equívoco. La participación electoral sí estuvo en los márgenes presupuestados, y no cundió ningún movimiento anulista, sino de voto útil.

Hasta aquí el cotejo de escenarios versus realidad. Luego de esto, algunas reflexiones que tampoco son ninguna novedad, pero sí resultan necesarias:

  • ¿Qué va a hacer el PRI ante una derrota tan drástica? No pocas voces hablan sobre la necesidad de refundar el partido; cosa necesaria en esta nueva etapa de nuestra democracia. Sólo falta ver qué PRI es el que sobrevive: el del Estado Benefactor, apegado a sus principios fundacionales de corte social; o el neoliberal que dominó desde Miguel de la Madrid hasta Enrique Peña Nieto.
  • ¿Qué va a hacer el PAN luego de esta dura lección electoral? ¿Continuar con el camino de apertura y alianzas con otras fuerzas ideológicas distintas a sus principios fundacionales, o volver a su origen democristiano de partido de cuadros, proclive a la libertad económica, pero al conservadurismo en lo civil?
  • ¿Qué vamos a hacer con los partidos minoritarios? Si bien representan ciertos intereses a los que es sano dar cabida en una democracia (salvo el PES, por su carácter abiertamente confesional), han demostrado ser costosos, y funcionar más como comparsas en el juego de las coaliciones, para seguir viviendo de las prerrogativas de la legislación política.
  • ¿Qué vamos a hacer con el modelo de candidaturas independientes? ¿Depurarlo? ¿Restringirlo? ¿Abrirlo de mayor manera? ¿Utilizar el tema para replantear todo el sistema de partidos?
  • Pero, sobre todo ¿Qué vamos a hacer con ese enorme poder sin contrapesos legislativos que le hemos otorgado a la fuerza ganadora?

La democracia no es sólo votar, sino hacer que todas las voces sean tomadas en cuenta, sin mayor restricción que el respeto a los derechos humanos y las libertades civiles. Una democracia sin contrapesos es, como decía Aristóteles al catalogar las formas de gobierno, simplemente la tiranía de las mayorías sobre las minorías. Y eso se contrapone a cualquier valor democrático. Y esa responsabilidad está sobre nosotros. Recordemos que esa democracia que mató a Sócrates es la misma que unió al pueblo ante el arrastre político de Filipo II. Esa democracia ha cambiado mucho con los siglos, pero todavía nos pertenece.

 

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Alan Santacruz Farfán

Alan Santacruz Farfán

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