Opinión

Destinatario / La escuela de los opiliones

Tierra santa: las almas de los cuerpos enterrados en este tipo de tierra atraviesan el río de la Estigia en condiciones más o menos favorables. Un sátiro gordo, tatuado y bonachón, empleado de Caronte (quien hace tiempo ya no rema por ver el futbol de todas las ligas, todos los países), otorga al navegante un kit de supervivencia y le presta una almadía construida de madera sagrada. Cobra las dos monedas de plata o de cobre, en caso de haberlas, porque ya pocos creen en aquel puente forjado entre la mitología griega y la cristiana. Pocos se detienen a pensar en lo poético de llamarlo “almadía” en vez de “balsa”, pero quien lo hace, gana una pequeña alegría antes de aventurarse al turbulento río de las ánimas en pena, dominado por los cancerberitos entusiastas, hijos del perrazo en jefe, quien todavía guarda la puerta con buena salud y un pelaje abundante. No con esto quiero decir que todas las almas vayan a dar a ese lugar, pero sí un puñado de ellas. El sistema espiritual del mundo, me duele decirles esto porque no debería ser yo quien otorgue esta noticia, es igual de arbitrario que muchas cosas en esta vida.

Océano pacífico: las almas de las cenizas vertidas en el océano pacífico encuentran su lugar en el flujo vital o, como eventualmente lo conoceríamos en Final Fantasy VII gracias a Cloud, Aeris y un grupo de aventureros desiguales, el Lifestream. Esto último no es otra cosa que una nueva vestidura para el tao o algunas variantes de budismo. La totalidad de la vida es un proceso perpetuo de resurrección y transformación en miles de cosas, desde la mierda de una mosca hasta la energía mako. El alma de un rinoceronte está postrada sobre los ojos de plástico de un muñeco Funko de algún rinoceronte. Nuestros ojos transmutarán en popotes y juguetes, microplásticos que afectarán la biología de los hijos futuros. El alma abandonada en el océano es asimilada de inmediato al planeta y eventualmente, junto con otras almas, separada y reciclada, reconvertida en átomos precisos y útiles, ocupará su lugar en otros cuerpos y tendrá nuevas oportunidades para decidirse el cielo. Ojo: qué bien, qué padre, pero nadie puede escoger los orígenes de su estancia en la tierra.

Nirvana animado: las almas de los cuerpos abandonados en botes de tinta trasladan sus humores y sus ideas a cientos de caricaturistas. Ellos, sin saberlo, son traductores de almas que plasman el pasado orgánico de algún muerto embadurnado y eventualmente disuelto en líquidos de colores. Ojo: no necesariamente se trasladan las historias, pero quedan las expresiones faciales y los ángulos del cuerpo. Es decir, aunque Homero Simpson cuente un chiste, el coreano que lo ha dibujado canalizó el espíritu de una joven orgullosa y sensual que alguna vez tuvo el placer de seducir a otras muchachas. Y en las líneas sesgadas de aquella pelona persiste la redondez que caracterizaba unos alegres contoneos. Algunos venden su oficio como lectores de caricaturas y aunque dicen leer el futuro, en realidad la mayoría de ellos son aptos para traducir las almas que compusieron algunos retratos. Debido a la paulatina muerte del papel y de las tintas, algunas almas encuentran su siguiente resolución en los pixeles y dicen, quizás miento, que en los pixeles puedes ser cualquier cosa.

Diamante artificial: un alma comprimida en un diamante artificial jamás puede aburrirse; no lo tiene permitido porque, digamos, el aburrimiento es una imperfección del universo, un agente del caos de lo más mediocre (cuántas veces no se ha roto algún plan de vida por culpa de un aburrido). A través de prismas y refracción de la luz, aquellas almas desentrañan los secretos matemáticos del cosmos y entienden las fórmulas para llegar a tal o cual resultado. O eso creen. La ilusión es muy efectiva, y si no es verdadera, está muy cerca de serlo. Quizás el mayor problema es para los espíritus más ambiciosos: aunque aprenden cómo fabricar los accidentes necesarios para sacarse la lotería o tener una vida feliz, a su vez se saben condenados a la eternidad de una prisión perfecta, el estatismo involuntario de unos familiares ocurrentes, y jamás podrán penetrar a uno de los muchos flujos espirituales que permitan regresar al juego para intentarlo de nuevo. Pero son los menos. Tantos otros aprenden a vivir, e incluso a disfrutar, del caos multicromático de un ambiente perfectamente fractálico.


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Agustin Fest

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