Opinión

El próximo gobierno / Cátedra

Acababa de ingresar a la UNAM cuando arribé a los l8 años; desde entonces cumplí puntualmente el derecho/obligación de ejercer mi voto “libre, secreto y directo” en las contiendas electorales, sin que me interesara participar en la política de partido que nunca me atrajo porque veía que los políticos exitosos amaban más el ejercicio del poder que el de la justicia.

Una vez alejado de la carrera diplomática y de regreso en Aguascalientes, fui invitado a participar como profesor en el Instituto de Ciencias, cargo que continué desempeñando cuando cambió su nombre por el de Universidad. Entonces propuse y se aprobó crear la materia de política en el programa de estudios de la escuela de bachillerato. El profesor que se asignó para impartirla por favoritismo no tenía ninguna formación teórica al respecto, aunque sí me aventajaba en práctica, aunque fuera en lo que llamábamos grilla a la caricatura de política en la entonces Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales, que fue donde nacieron ese y otros terminajos similares. Entonces me puse a reflexionar que si se me hubiera asignado a mí, tampoco hubiera sido un buen profesor.

Aquél hecho me fue útil, sin embargo, porque me hizo interesarme por observar y analizar el comportamiento de los políticos locales y no desaprovechaba las invitaciones que me llegaban a hacer los candidatos del PRI para acompañarlos a alguna gira de sus campañas, en las que incluso me incorporaron al equipo de jilgueros para hacer uso de la palabra, ocasiones que yo aceptaba para difundir algún mensaje cívico sin hacer referencia a los candidatos, lo que me llevó a estudiar y practicar el arte de la oratoria. (Terminé impartiendo las materias de disertación y dirección de juntas que le sugerí al director de la escuela de comercio y administración cuando me invitó como profesor de oratoria -en la que él había sido campeón estatal en su época estudiantil- porque me pareció que eran más adecuadas para las carreras de contador y administrador de empresas, respectivamente).

Todas aquellas vivencias me ayudaron a confrontar la teoría con la práctica, en particular la sensación de poder que tanto me intrigaba, no solo desde el punto de vista político sino también del sociológico, el psicológico y desde luego el ético.

Por otra parte, mi participación en aquél ambiente en el que tuve la oportunidad de conocer al gran amigo Gonzalo Padilla López, llegó a ser incluso divertido cuando empezamos a asignarles papeles cómicos a los personajes del elenco electoral, juego al que se incorporó Gil Laisequilla con gran entusiasmo de aprendiz y cómplice; pero también llegué a presenciar y hasta participar en tomas de decisiones. Sin embargo, aunque me sobraron oportunidades para optar por algún cargo de elección popular, nunca las aproveché. La verdad es que no me interesaba la política por la forma en que se ejercía.

Pero ya con aquellas experiencias, cuando llegó el año 2000 decidí aportar mi colaboración ciudadana como observador electoral; lo hice con total entrega porque me permitió ver, desde dentro y desde fuera, la conjugación del mecanismo político-administrativo con la conducta de los electores, a la mayoría de los cuales me resistía a calificar como ciudadanos.

Todo un aprendizaje en el que confirmé avances positivos en comparación con la normativa original de la reforma política realizada por el maestro Reyes Heroles en 1977, pero también detecté fallas e incluso trampas desde las más descaradas hasta las más sutiles, para evitar que los ciudadanos conocieran a fondo sus obligaciones y derechos, impidiéndoles avanzar en la construcción del camino que conduce al perfeccionamiento de la democracia.

El caso es que durante todo el sexenio 2000-2006, que para mí constituyó la puntilla final a la Revolución Mexicana después de la estocada neoliberal de 1982, me dediqué a complementar mis conocimientos de la historia cívica de México y observar el desempeño del presidente panista Vicente Fox -quien llegara fraudulentamente al poder gracias al “dinero negro”, de acuerdo con las declaraciones de su propio responsable financiero de campaña- al que dediqué numerosos artículos críticos en el suplemento dominical La Cultura en Aguascalientes del diario El Sol del Centro cuya información íntegra estaba a mi cargo, reservándole del 2004 al 2005 la última página a combatir su pifia máxima denominada por el pueblo el águila mocha, que ningún titular de las dependencias señaladas por la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales como responsables para vigilar su debido uso -especialmente los secretarios de Gobernación Santiago Creel y Carlos Abascal, también panistas- ninguno, repito, cumplió su obligación de sancionar al presidente de la República por transgredir la Ley al ordenar la deformación del escudo nacional. Aquí quiero manifestar mi reconocimiento a Francisco Gamboa, entonces director del periódico, quien resistió a pie firme las presiones que debió tener por parte de sus superiores en la Organización Editorial Mexicana, antes Cadena García Valseca. (Continuará).

 

“Por la unidad en la diversidad”

Aguascalientes, México, América Latina

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Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

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