Opinión

El renunciadero y otras formas de miopía partidista / El Foro

En los últimos días, posteriores ya a la resaca electoral que fue el tsunami llamado Andrés Manuel López Obrador, se ha presentado un fenómeno que entre los militantes de los partidos políticos y sus dirigentes al que para ser muy gráfico es pertinente nombrar “el renunciadero”.

Empecemos por el Partido Revolucionario Institucional, quien numéricamente hablando fue el gran perdedor de la elección de hace tres semanas. En el caso del PRI se trató de la crónica de una muerte anunciada, pues fue a mitad de campaña cuando Enrique Ochoa abandonó la dirigencia del partido para que la asumiera René Juárez Cisneros y tratara de dar un repunte a la campaña del Dr. José Antonio Meade. Los resultados fueron distintos y Pepe Meade fue enviado al tercer lugar, por lo que Juárez Cisneros decidió presentar su renuncia como dirigente del PRI para dejarla a cargo de Claudia Ruiz Massieu de forma interina a efecto de que convoquen a sus órganos internos y se designe una nueva dirigencia.

Sin duda la renuncia fue presentada a modo de asumir responsabilidad que le correspondía por la derrota. Ese fenómeno se presentó en distintos estados de la República, incluido Aguascalientes, donde el dirigente municipal de la capital, José de Jesús Ríos Alba, también presentó su renuncia dados los adversos resultados en la elección en la que el PRI no ganó uno solo de los distritos electorales locales.

Lo mismo sucedió en el Partido Acción Nacional, donde el grupo de los gobernadores (que niegan estar conformando un bloque, pero que naturalmente lo están haciendo) busca desaparecer de la dirigencia nacional del partido a todo lo que huela a Ricardo Anaya, por lo que en días pasados el dirigente nacional, el anayista Damián Zepeda, también renunció a su cargo alegando que es una decisión personal que nada tiene que ver con la derrota del candidato presidencial que lo nombrara. Sin embargo, para todos los actores es sin duda una consecuencia natural derivada de los resultados.

En el ámbito local, muchos son los dirigentes locales a los que los militantes de sus partidos han pedido la renuncia. A Jesús Morquecho por ejemplo, el dueño de la franquicia local del Partido Encuentro Social y dos veces diputado local plurinominal por dicho partido, le fue solicitada su renuncia ante los malos resultados y la pérdida del registro nacional de dicho partido político.

Mismo caso sucede con los dirigentes locales del Revolucionario Institucional, del Verde Ecologista y de Movimiento Ciudadano, quienes a pesar de estar (los últimos dos) en la primera posición de las listas de diputados plurinominales de sus respectivos institutos políticos, reportaron resultados bastante adversos para sus partidos.

Dos reflexiones vienen a la cabeza al respecto, que con sinceridad la clase política debería comenzar a tener en mente.

La primera es en realidad una pregunta ¿basta la presentación de la renuncia de un dirigente para expiar las culpas de una institución? ¿la derrota de sus partidos es realmente culpa de sus dirigentes a los que ahora sus militantes reclaman? La respuesta le toca a la clase política.

Responder si la derrota del PRI se colma con la renuncia de su dirigente nacional o si en realidad la culpa la tuvieron todos sus militantes, desde los gobernadores que saquearon a sus estados, los diputados que nunca asistían a las sesiones en comisiones o en pleno, hasta los pequeños priistas (chalequito rojo incluido) que cuando estaba su partido en el gobierno trataban con desdén y desprecio a todos sus familiares y conocidos, no advirtiendo que el poder es temporal.

Responder si la derrota del PAN es culpa de Ricardo Anaya o si más bien es resultado de la prepotencia de sus funcionarios, o de las promesas no cumplidas, o de los diputados electos que no volvieron una sola vez a sus distritos por estar vigilando sus concesiones de taxi, o de los casos de lavado de dinero una y otra vez exhibidos.

Responder, sobre todo, si la falta de democracia que hoy los hace desgarrarse las vestiduras en todos los partidos, no es algo que ellos mismos propiciaron y permitieron.

La clase política dice, la derrota tiene nombre y apellido: Ricardo Anaya, Enrique Peña Nieto, Jaime Durán, Enrique Juárez Rangel, Jesús Morquecho, Lorena Martínez, y tienen razón. Pero también quizá tenga otro nombre: corrupción, despilfarro, soberbia, desfachatez, ignorancia, irresponsabilidad, intolerancia, fanatismo, desdén, cinismo, falta de humildad, insensatez.

Está bien que novedosamente pidan democracia al interior de sus partidos, pero lo importante (quizá más importante) es que la clase política entienda que las cosas no volverán a ser como antes y que recuperar la confianza de la gente va a exigir mucho más que las cabezas de dos o tres improvisados.

 

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José Luis Álvarez Sánchez

José Luis Álvarez Sánchez

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