Opinión

La semana después de la elección / Disenso

Mi columna anterior la escribí sin conocer el resultado electoral. No fue, finalmente, la participación lo que la marcó como histórica (el porcentaje no sale de los parámetros de lo normal); sí la gran diferencia -arrolladora- del candidato Andrés Manuel López Obrador, quien llegará con unos números inauditos a la presidencia de la República. Lo que pasó la semana después es un fenómeno harto interesante que pondero da para algunos apuntes.

Por un lado, está la idea que muchas y muchos suscribimos o escribimos sobre que esperábamos por el bien del país que AMLO sea el presidente que la gran mayoría de las y los mexicanos votantes esperan que sea, pero que el deber será también vigilar y exigir. Respuestas comunes a ese deseo fuero “mmm… ahora sí…”, “mejor váyanse del país”, “los que no creyeron antes no estén de lamebotas ahora” y un largo etcétera. No me parece menor subrayar que el encono y la furia que se manifestaba en algunos simpatizantes del morenita continuó después de la contundente victoria. Por otro lado, están los reclamos hacia la exigencia: “ahora sí van a exigir, ¿y dónde estuvieron los seis años de Peña Nieto?” es la constante. Tal pregunta me descoloca: el actual presidente tuvo uno de los sexenios más tortuosos (en muchos sentidos proporcionales a su actuar) que yo recuerde en un ejecutivo. La labor de presión, crítica, confrontación directa de los medios y la sociedad civil fue tan grande que en algún momento su aceptación bajó del 10%. Se destaparon escándalos, se hicieron arduas investigaciones, se crearon mecanismos ciudadanos importantísimos para la vigilancia; ¿de verdad podemos decir que no fue un presidente exigido? Inclusive algunas cosas que no dependieron directamente de él como el precio del dólar o el internacional del crudo, fueron achacados a su persona y duramente criticados.

Otra cosa que llama la atención es que se han hecho, muy rápido algunas reconsideraciones o atenuaciones a posturas que AMLO sostuvo en campaña. Apenas en una semana, sabemos por algunos próximos miembros de su gabinete que, por ejemplo, el precio de la gasolina seguirá el mecanismo que hoy mismo guarda, esto en voz del propio próximo secretario de Hacienda, Carlos Urzúa. Yo lo celebro. Hace unas semanas escribí en este mismo medio que regresar al subsidio sería un desatino puesto que es una medida regresiva que termina beneficiando de manera directa a los que más tienen. Espero que el plan del próximo presidente y su gabinete contemple, eso sí, subsidios indirectos que permitan que, por ejemplo, los transportistas de canasta básica puedan mantener precios asequibles, dada la difícil situación económica de la mayoría de las y los mexicanos. Dicho lo cual, a pesar de que me parece adecuado y lo aplaudo, es sin duda digno de observancia que haya cambiado tan pronto de discurso. El mismo Urzúa insinuó que lo más probable es que el Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México se quede donde está construyéndose, incluso que es probable que sea el gobierno de López quien lo termine para después concesionarlo. Otro giro de tuerca.

Después apareció quien será el encargado de la seguridad en el próximo sexenio: Alfonso Durazo. Contrastando radicalmente con la famosa entrevista de Gómez-Leyva cuando AMLO decía que el país cambiaría el primer día de gobierno por el ejemplo moral del presidente, Durazo ha sido más realista: el plan de seguridad se consolidará al menos en tres años y en esos tres años veremos un regreso paulatino y sustancial (nunca se atrevió a decir total) del ejército a los cuarteles. Por otro lado, que la estrategia no se centraría en “la amnistía” y que tampoco dependerá del presidente. Nada qué reprochar. Una visión responsable del cambio arduo que representará combatir un desastre que se produjo en años.

No sorprendería tampoco que no se venda el avión presidencial, aunque es deseable que se use más selectivamente en concordancia con la política de austeridad: por supuesto que es sensato que el presidente tenga un medio en qué transportarse de manera inmediata y segura, aunque valdría la pena resaltar la bizantina discusión suscitada en su campaña, cuando López Obrador candidato sostenía que él sólo viajaría en vuelos comerciales y que incluso dio luz al inmortal chance de que surgió cuando le preguntaron qué pasaría si no llegara a una reunión de la ONU porque el avión se retrasó: “pues no llegué” fue la surrealista respuesta. En este mismo tenor seguramente tampoco desaparecerá la seguridad del presidente, el Estado Mayor; Sí: es probable que se adelgace y se reestructure, pero parece impensable que el presidente se mantenga sin protección especial y por supuesto que mantenga sin protección a las visitas de Estado.

Ninguno de estos cambios me escandaliza. Al contrario: celebro que la política de gobierno sea más robusta y sensata que las estrambóticas propuestas de campaña. Lo único que lamento, es que asistamos al fortalecimiento de esa añeja forma de hacer política en México: que en campaña se diga y se prometa lo que sea, con tal que se capture (esta vez como nunca) el voto popular, que después, como gobierno terminarán tomándose otras decisiones. Por supuesto que lo hizo Calderón, quien llegó como presidente del empleo y terminó dando un giro de prioridades hacia el combate al narcotráfico; pero que el máximo representante de un triunfo popular y democrático en la historia de México haya seguido y perfeccionado una estrategia del tipo, es mal augurio para nuestra vida política.

Al margen, vale la pena comentar el asunto de “El mijis” que tanto resonó en redes estos días. Pedro Carrizales, un expandillero que fue electo como diputado en San Luis Potosí, fue foco de atención por su aspecto de “cholo” y señalado como asesino múltiple. Más allá de que ahora se haya mostrado su carta de no antecedentes penales (que es inmoral se siga exigiendo), llama la atención la velocidad con que se le criticó apenas por su apariencia; después que se replicara información sin corroborar, ignorando por completo el sagrado principio de la presunción de inocencia; tercero, que aunque sus crímenes hubieran sido ciertos, no entendamos que impedir que alguien que cumplió su sentencia puede continuar siendo ciudadano mexicano en pleno uso de sus derechos políticos, o de lo contrario estaríamos tirando al caño nuestra idea de reinserción social. Terrible la discusión clasista y los prejuicios que vimos esta semana. Carrizales, importante activista, quien lucha por la pacificación de las pandillas, vuelve a recordarnos que muy frecuentemente, estamos equivocados en nuestra manera de discutir y generar juicios.

 

/Aguascalientesplural | @alexvzuniga

 

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Alejandro Vázquez Zuñiga

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