Opinión

Las elecciones: reflexión sobre fuegos y cenizas / Matices

Michael Ignatieff escribió un libro del cual he leído varias reseñas, la reflexión fundamental me parece tan cercana y certera en nuestro contexto nacional. El autor es un intelectual que incursionó en la política en Canadá, fue diputado, líder de la oposición y también el autor de la mayor derrota electoral en la historia del Partido Liberal, lo que lo llevó a renunciar a la política en 2011 y escribir un libro titulado Fuego y Cenizas.

El libro parafrasea al fuego, como esa pasión que se siente que se incursiona en la política, la pasión que lleva servir a los demás, transformar el país, presentar iniciativas valiosas, pero también las cenizas de la soledad, de la derrota y de la cara más indigna de la política.

En la noche del primero de julio, se quedan en la memoria la fotografía de Miguel Ángel Yunes con las manos al rostro, en el Palacio de Veracruz, al perder la gubernatura del estado, los rostros de José Antonio Meade, de Aurelio Nuño, de Ricardo Anaya o de Alejandra Barrales. Esos son los más públicos, también había muchos rostros y cuarteles de guerra en la depresión absoluta, en las candidaturas de las diputaciones locales, federales, alcaldías, gubernaturas, en los equipos de campaña, en todos aquellos que sintieron el fuego pero donde hubo cenizas.

Este libro, resulta apto para todos ellos, incluso para López Obrador, cuando fue 2006 cuando el fuego con el que le apasionaba un cambio cultural, de régimen, un combate a la corrupción y una campaña sin dejar pedazos dignidad se quedó en cenizas, aunque parecía fuego, eran cenizas, la derrota, a eso nos lleva. 2012 fue igual, del fuego a las cenizas. Aunque en 2018, pareciera que las cenizas se quedaron con él, se quedó el pragmatismo, la cara indigna de la política, no hubo fuego, sino campaña de cenizas, una campaña donde las malas prácticas fueron aprendidas, donde en lugar de luchar contra el régimen, el régimen fue la campaña y así parece el tono del nuevo gobierno, un aire de frescura, cercano al gatopardismo disfrazado de simbolismo. Ojalá me equivoque, lo anhelo.

Ya no hubo fuego, Ignatieff reflexiona: “Intenta no olvidar el asombro que sentiste el primer día, cuando tomaste posesión de tu escaño y entendiste que fueron los votos de la gente corriente los que te llevaron hasta allí. Y, sobre todo, olvídate de las cenizas, quémate en el fuego de la pasión: atiende la llamada. Eso importa mucho más que el éxito o el fracaso.”. La política debe ser fuego, más allá del éxito o del fracaso electoral. Hoy desde esa visión deberíamos exigir a un nuevo presidente esa pasión y ese fuego, más allá de haber ganado o perdido. Lo difícil es el fracaso, no el éxito, aunque ambas cosas son dolorosas, en cierto punto.

La derrota en la política, parece insuperable y es autocastigada, se reflexiona sobre los errores cometidos en campaña, en la selección del candidato, en el discurso, en la capacidad de operar y en las relaciones personales. Se olvida que todo debió ser perfecto, que la soberbia invade, que los ladrillos marean y que aunque lo creamos, no hay fórmula mágica para ganar una elección. Se cae del ladrillo, o se cae del edificio, ese edificio construido por nuestro propio ego de creernos sabios, perfectos, indomables: la derrota electoral es un golpe fuerte para los políticos de sepa, para los novatos e incluso para los expertos e intelectuales. En esa soledad de la derrota, llegas a niveles bajos de reflexión, niveles que te enfrentan a ti mismo, a tu capacidad, a tu calidad como persona, Ignatieff afirma: “Cuando entras en política dejas atrás el mundo amable en el que la gente te concede un cierto margen de error”. En la victoria esto es soportable, en la derrota no.

La soledad de un político en la derrota es tragedia, es literatura, es humana. Eduardo Sacheri lo definió muy bien con Messi: “Una de las razones principales por las que quiero que Argentina se quede con la Copa del Mundo se remite a Lionel, porque Messi se volverá un personaje literario si no gana un Mundial. Ojalá que no pase”. La derrota es eso: literatura.

El éxito también es doloroso, porque muchas veces nos hace perder el fuego y la pasión, para convertirnos en las cenizas que ofrece la política, las cenizas del enriquecimiento, del poder, de la superioridad moral. Dejar de sentir calor y fuego, en algún momento puede ser más doloroso que la derrota.

La política es una actividad bestial en el fondo, es un mundo de literalidad, donde no puedes equivocarte en la selección de las palabras, donde nadie completa las frases por ti, donde cada palabra errónea lastima. Es un mundo alterno a la realidad, esa donde uno se equivoca permanentemente. Ignatieff lo define mejor: “También dejas atrás el mundo en que los demás perdonan y olvidan y dejan de lado las ofensas y se reconcilian”. ¿Cómo puede ser que algo tan noble y absolutamente imprescindible para que la sociedad alcance bienes deseables como la política sea con tanta frecuencia indigno?, pregunta Ignatieff.

No lo sabremos, pero vale reflexionar, en el éxito o en el fracaso, la política es una actividad física y emocionalmente agotadora, bestial, que te enfrenta, que te mutila, que se mete en tus entrañas y que muchas veces lleva al suicidio real, mental o emocional.

Es momento, después de una elección tan compleja, de reflexionar y sentarnos a visualizar la manera de hacer política, el esquema para construir, las causas de la derrota y los caminos del éxito. Las actitudes en la victoria y los calificativos en la derrota. Más allá de las leyes, de las instituciones, de las declaraciones, deberíamos centrar un análisis político en las personas, simplemente porque la política, es una actividad humana.

A todos aquellos que nos apasiona la política, el llamado es claro: nunca dejemos de sentir el fuego.


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Carlos Aguirre

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