Opinión

Mexicanario / La escuela de los opiliones

Alux: espíritu gandul de oficio, toma nota de las placas de los microbuses para documentar un misterio y visita las casas de los choferes para susurrar en su oído mientras duerme e incitarlos a tener pesadillas. Sopla sus polvos mágicos sobre los ojos de cientos de extraños para orillarlos a subirse a los transportes públicos y que estos canten, reciten poesía o la biblia, o imprequen a los pasajeros cuando no son reconocidos por su nobleza al decir que prefieren pedir y no robar. Espíritu protector de los andariegos, promete cientos de pequeños favores y suertes triviales si le ofreces una chamoyada.

Chupacabras: mamífero mágico, diminuto, de pelaje gris rata, rizado y abundante. Posee tres dedos en cada garra, dientes planos y mandíbula débil. Gusta de pasear afuera de las secundarias públicas porque cree en la juventud y le gusta contagiarse con la energía de los jóvenes. El animalillo no sabe bailar, pero lo intenta, por eso se ha autodesignado como el espíritu protector de los payasos de semáforo. Entiende a la perfección el lenguaje de los hombres y lo utiliza para componer canciones y, según sus palabras, “brebajes chidos”. Se hace pasar muy fácil por ratón de campo.

Teoyaomiqui: guardián divino de los muertos desmembrados y olvidados. Envuelto en su manto rosa, camina sobre las despreciables fosas donde los asesinos y los políticos han enterrado a los miles de miles de desaparecidos. Este dios menor los conduce de la mano a un inframundo digno donde su nombre pueda ser recordado. De acuerdo al juicio que haga Teoyaomiqui sobre el corazón de un extraño, si acaso ocurre el feliz accidente de que puedas verlo en vida, verá su rostro de flores o su rostro de muerto.

Pinkman: santo de los turistas que un día se sintieron mexicanos y decidieron quedarse. We believe in la buena madre, patrón. Protege a sus huestes de que les pidan visa y les exijan cuentas. Gringo de cabellera abundante, barbado y ojos muy azules, tanto como la perla del pacífico. Si le rezas un blues a medianoche mientras bebes una corona, y pasas su filtro de gringuitud, te dará un amplio listado de propiedades baratas y más con el cambio.

Nuestra buena madre: espíritu femenino y mortal; su rapacidad no conoce límites para alimentar a los cientos de hijos huérfanos que adopta al día. Experta en navajas y pedradas, camina descalza por los montes áridos y los campos de basura para dar su bendición a los abandonados, los chacales y los pepenadores. Defiende su manto estelar porque es su única posesión valiosa. Atea de algunos dioses porque conoce la verdad; ella misma es un pedazo del rompecabezas que conduce al último misterio.

Pemex: cadáveres de monstruos mexicanos que fueron resucitados. Nocturnos por naturaleza, vagan en los pantanos y las plataformas para perseguir a los ingenieros petroquímicos que son traviesos y a sus amantes.

Chachalaca: dios menor, relativamente joven, ha surgido gracias a los chascarrillos de la retórica política. Su forma es antropomórfica, albina y lampiña. No tiene poderes, tampoco tiene a quien hacer favores, no sabe cuáles son sus salsas preferidas o si el queso es esencial en las quesadillas, pero cuando vagabundea por alguna plaza o las calles del centro es inevitable que la gente se ría de él y por ello siente una inexplicable felicidad. No es fácil distinguir el color de sus ojos, no todavía, pero su cuerpo continuamente adquiere forma; pueden verse algunos músculos y la forma de su rostro. No tiene sexo y algunos piensan que es un ángel. Tiene un don, el cual podría convertirse en un poder y la razón de su existencia: sabe las cantidades exactas que ha robado un funcionario corrupto (desde los más pequeños hasta los más grandes) y cada vez que hace las cuentas apenas contiene sus ínfulas de vengador ciudadano. Ojalá algún día no se contenga. Ojalá.


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Agustin Fest

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