Opinión

Presidencialismo Mexicano / Memoria de espejos rotos

When I am on a pedestal, you did not raise me there.

your laws do not compel me to kneel grotesque and bare.

I myself am the pedestal for this ugly hump at which you stare….

Avalanche. Leonard Cohen

 

Jorge Carpizo McGregor fue un actor de la vida pública mexicana. Abogado de la UNAM, por su trayectoria ocupó distintos encargos, como rector de su universidad, ministro numerario de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, procurador general de la República, secretario de Gobernación, y embajador de México en Francia, entre otros. Carpizo creció y se nutrió gracias al sistema político mexicano de la post revolución, y sus apreciaciones sobre la política nacional se ubican -justamente- en el periodo histórico del México de partido hegemónico. Jorge Carpizo fue, además, un teórico del poder. Hace 40 años, en 1978, publicó la primera edición de un libro capital para entender la dinámica de la praxis política de su tiempo: El Presidencialismo Mexicano.

Esta obra pretende describir y explicar el ejercicio del poder político de la figura encarnada en un presidente omnímodo, en un país en el que la competencia de partidos era sólo nominal, y en un momento en el que los contrapesos de poder eran –en la práctica- inexistentes. En este régimen político, la institución presidencial poseía inmensos poderes constitucionales y metaconstitucionales que le permitían operar autocráticamente. Entre los poderes constitucionales estaban, por supuesto, el encabezar la administración pública federal, el depositar en su figura la representación de la estructura orgánica del Estado Mexicano, la posibilidad de nombrar y remover a cada miembro de la burocracia central, tener la jefatura suprema de las fuerzas armadas, encabezar la diplomacia exterior, dirigir la política interior del país (incluyendo la organización electoral), proponer y promulgar las leyes que expida el Congreso de la Unión, así como los poderes de veto y de decreto, convocar al Congreso a sesiones extraordinarias, encomendar al Senado la designación de Ministros de la Suprema Corte de Justicia, etcétera.

Sin embargo, particularmente especiales eran los poderes metaconstitucionales. Gracias a la configuración del régimen de partido hegemónico, de la composición de los legislativos, de la verticalidad que propiciaba el arreglo partidista, y de la sumisión de los liderazgos políticos locales (emanados del mismo partido), el presidente omnímodo podía: controlar al partido hegemónico mediante el nombramiento de la dirigencia del Comité Ejecutivo Nacional, designar a su sucesor en el cargo de presidente, “palomear” las listas de candidatos del partido hegemónico a todos los cargos de elección popular, dirigir a los sectores que jugaban por el poder dentro del partido, conducir la línea editorial de los principales medios de comunicación, etcétera.

El presidencialismo es un modo del régimen político que pone como primus inter pares al poder ejecutivo frente a los poderes legislativo y judicial. Este poder ejecutivo está dotado de omnímodas facultades de derecho y de hecho. En México, esto tuvo una razón histórica: articular y unificar a un país que venía de la guerra civil, y que estaba urgida por consolidar el marco constitucional que emanó de esa revuelta. Para ello, la condición vertebral de un partido fue indispensable; un partido en el que el juego democrático existía como un juego restringido, que no se expandía al resto de la sociedad civil. Para llegar al poder, era indispensable entrar al partido hegemónico y jugar sus reglas políticas. El partido hegemónico era –entonces- la única posibilidad real de distribución de poder político, y de las prebendas aparejadas a éste.

Visto en perspectiva, el presidencialismo mexicano no fue un régimen político en sí, sino la deformación del régimen presidencial. Luego de los acomodos en la lucha por el poder en México, desde las pugnas sindicalistas de la década de 1950, las estudiantiles de 1960, y las sociales que arreciaron desde los 70 a finales de los 80, el presidencialismo dejó de ser una figura articuladora y unificadora, para convertirse en un poder autoritario que utilizó los poderes legales y meta legales para mantenerse en la cumbre de la política y en el usufructo de sus prebendas y privilegios. Este presidencialismo fue derrotado por varias razones: la emergencia ciudadana, los movimientos democratizadores dentro y fuera del partido hegemónico, las crisis económicas y sociales que erosionaron al Estado Benefactor (principal argumento para soportar un poder omnímodo), el debilitamiento del partido hegemónico y el fortalecimiento de los partidos de oposición, y –finalmente- los necesarios arreglos legales que permitieron ampliar las posibilidades de representación proporcional en los legislativos, y las demandas de organización ciudadana en los procesos electorales, entre otros factores.

El Presidencialismo Mexicano es un libro que habla del poder omnímodo, en un México sin contrapesos de poder ante un ejecutivo tendiente a la autocracia, en un contexto de polarización social y de necesidad de unificación nacional. Esta deformación del régimen presidencial es particular, porque confrontar a ese poder es difícil, ya que no es una persona, sino una institución, y para ello se requiere un ánimo cívico también particular. A pesar de que la primera edición de ése libro es de 1978, convendría desempolvarlo y volver a leerlo. A veces, quien conoce la historia, puede augurar el futuro.

 

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Alan Santacruz Farfán

Alan Santacruz Farfán

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