Opinión

Un triunfo para la democracia / El peso de las razones

Después de la victoria de Donald Trump, en este espacio señalé que la democracia de los Estados Unidos de Norteamérica había triunfado. No se me malentienda, yo no soy de los que considera que la forma democrática de gobierno sea legítima, o sea superior a otras formas de gobierno, debido a que supere a sus rivales en tanto a la calidad de resultados que suele producir. Con respecto a este tema, suelo ser lo que los anglosajones llaman un epistócrata: considero que cuando las elecciones del gobierno son dejadas en manos del demos, se genera un problema de adecuación: las personas, incluso si son bienintencionadas, carecen del conocimiento que suele requerirse para tomar las mejores decisiones y elegir los mejores cursos de acción.

La victoria de Trump, por el contrario, fue un triunfo de la democracia norteamericana en tanto que el método democrático debería permitir que incluso personas como él tengan la oportunidad de competir para ocupar el cargo del ejecutivo y triunfar si ésa es la voluntad de la ciudadanía. Por otra parte, el desánimo también estuvo presente: como muchas personas, deseaba que la izquierda ganase las elecciones en nuestro vecino del norte. Sigo creyendo que una victoria de Clinton -o mejor, una de Sanders, de haber ganado las primarias del Partido Demócrata- hubiera producido mejores resultados tanto en política interna como externa. El tiempo parece darnos la razón a los escépticos y críticos del trumpismo: las tropelías del magnate han puesto a Occidente y Oriente en situaciones antes inimaginables. Estamos viviendo un inicio de una guerra económica global, y las relaciones diplomáticas entre países antes aliados se han fracturado. Con todo esto en mente, sigo pensando que la victoria de Trump fue un triunfo democrático y confío en que una democracia sólida como la norteamericana siga generando fuertes contrapesos a su administración.

En algunos aspectos similares, la victoria de Andrés Manuel López Obrador ha sido un triunfo para la democracia mexicana. Celebro sin matices que vaya a ocupar el cargo del Ejecutivo. La voluntad de la ciudadanía mexicana le ha dado una mayoría no relativa. Será un presidente robustamente legitimado en una democracia que sigue sin instaurar la segunda vuelta en la elección. Celebro también la calidad de nuestras instituciones democráticas: miles de ciudadanas y ciudadanos contabilizaron los votos, prestaron su tiempo y esfuerzo el día de la elección, y consolidaron con fortaleza la democracia electoral mexicana. El 1 de julio de 2018 será recordado como el día en que la democracia mexicana dio un paso sólido hacia su consolidación al menos electoral.

Otro aspecto que deberíamos celebrar, y constituye un progreso determinante en nuestro desarrollo político, tiene que ver con los modales democráticos. En este plano, celebro el discurso de aceptación de la derrota que realizó José Antonio Meade poco después de que cerraran las casillas. Meade, el más preparado y más capaz de los candidatos, libró una batalla imposible contra su filiación en la contienda. La sombra del PRI fue mucho más espesa que su probidad como un ejemplar servidor público. No obstante, Meade se presentó a asumir su papel de derrotado y a felicitar al ganador sin recelo ni suspicacias. Poco después lo hizo Anaya, lo cual también debería celebrarse, aunque aprovecho su discurso para insinuar sus aspiraciones políticas futuras: liderar la futura oposición.

Esta contienda electoral, lo celebro, fue una fiesta democrática. La ciudadanía asistió a votar, espero en largas filas, e hizo respetar su decisión. Esta decisión debe ser honrada tanto por los rivales, como por escépticos con respecto a la futura administración de Andrés Manuel. No obstante, sigo sin creer que el día de la votación sea el momento culminante de una democracia. Una democracia está viva todos los días: requiere que ciudadanas y ciudadanos se preocupen de los problemas públicos y participen activamente en el gobierno de su país. Consolidada nuestra democracia electoral, aún nos queda un buen tramo para consolidar nuestra democracia deliberativa. La tarea y la meta son nuestras.

 

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Mario Gensollen

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