Opinión

Debussy y Bernstein, cien años después / El banquete de los pordioseros

El año de 1918 marca la muerte y el nacimiento de dos verdaderas leyendas en la música, el 25 de marzo de ese año muere el compositor francés Claude Achille Debussy, máximo representante del impresionismo, aunque a él no le gustaba mucho el término, y el 25 de agosto se cumplen cien años del nacimiento de Leonard Bernstein.

Buena parte de la música de Debussy está impregnada de un evidente nacionalismo, seguramente alentado por la Primera Guerra Mundial que inició en 1914 y terminó en 1918, de hecho unos meses después de la muerte del compositor. Su nacionalismo le ganó el apodo de Claude de France, formó parte de la llamada Sociedad Nacional de la Música. Su deseo de mantenerse al margen de cualquier influencia externa lo llevó a hacer una declaración de principios: “¡Enfin seuls!” es decir, ¡Finalmente solo! Esto con la intención de mantenerse lejos de cualquier influencia externa a la esencia de la música francesa, más o menos como los integrantes del Grupo de los cinco en Rusia, que pretendían mantener incorruptible la música de su país.

Pero más allá del celo nacionalista que define muy bien parte del perfil musical de Claude Debussy, es necesario entenderlo desde su producción musical, principalmente en sus obras orquestales pero también en lo que dejó escrito para piano, entre esas obras debemos contar su ópera Pelleas et Melisande, su tríptico sinfónico de La Mer., Nocturnes, otro tríptico sinfónico con orquesta y coros, Imágenes para orquesta, su drama sacro en cinco actos, El martirio de San Sebastián, Le diable dans le beffroi, cuento musical basado en un texto de Edgar Allan Poe, algunos estudiosos de la música de Debussy le dan el título de ópera, y una muy generosa producción orquestal y de música de cámara. Entre sus obras para piano solo o con ensamble, al menos algunas de las más importantes, podemos contar La esquina de los niños, el Trío en sol mayor para piano, violín y violoncello, el Intermezzo con reducción para piano a cuatro manos, Nocturne et Scherzo para violoncello y piano, la celebérrima primera versión de Claro de luna para voz y piano sobre un poema de Paul Verlaine, en fin, resulta inútil enumerar las obras de este impresionante compositor francés.

Por otro lado, el 25 de agosto celebramos cien años del nacimiento de uno de los más significativos músicos del siglo XX, Leonard Bernstein, aunque la celebración no es cosa de un día, deberíamos decretar un año de jubileo por tan significativo acontecimiento para la música. Recuerdo aquella serie de conciertos que pasaban por televisión, sí, aunque resulte extraño, la televisión mexicana de repente tiene sus detalles y momentos de lucidez, no recuerdo en qué canal, pero fue en los tiempos en los que todavía no teníamos televisión de paga lo que descarta la posibilidad de que haya sido en un canal serio o en una de las frecuencias culturales del país, ni canal 22 ni TV UNAM ni Canal 11 del Politécnico Nacional llegaban todavía a provincia, así que no, o quizás en la extinta Imevisión que tenía sus momentos de grandeza, recuerdo, por ejemplo, aquellas series como Raffles o Misterio en su casa, ¿las recuerdas?, digo, no eran cosas que uno pudiera ver en la televisión comercial, no, para nada, y creo que fue ahí en donde vi aquella serie de conciertos llamados Bernstein – Beethoven, en donde el director de Massachusetts dirigió íntegramente el corpus sinfónico del genio de Bonn, según recuerdo pasaban un concierto a la semana y yo los vi todos, fue la primera vez que vi a Bernstein, y poco a poco, con la asesoría de mi papá, melómano y amante de las artes plásticas, incluso se dedicaba al dibujo artístico y puso varias exposiciones en diferentes foros de la ciudad, me fue instruyendo en los largos y sinuosos caminos del arte y específicamente de la música.

Debemos abordar el trabajo de Leonard Bernstein desde diferentes perspectivas, como compositor, como pianista, pero creo que sobre todo, como director de orquesta, su batuta es, sin duda, una de las que tiene más autoridad para encargarse prácticamente de cualquier repertorio, desde el barroco hasta la música contemporánea, sin embargo creo que logró sus mejores momentos dirigiendo a Mahler, Aaron Copland, Brahms o Gershwin, y muy especialmente es un placer escucharlo dirigir ópera, sus versiones de Fidelio de Beethoven, La Sonámbula de Bellini, Tristán e Isolda de Wagner y, por ejemplo, La Bohemia e Puccini lo inmortalizó, sobre todo cuando su esposa Felicia, enferma de un cáncer terminal, pidió escuchar , ya en el lecho de muerte, el segundo acto de esta ópera, específicamente dirigida por su esposo.

Su estilo como director fue muy cuestionado por los conocedores del tema, y claro, también alabado por otros, lo cierto es que sus gesticulaciones y movimientos exagerados, posiblemente en la opinión de muchos, eran innecesarios, quizás el primer antecedente del trabajo de directores contemporáneos como el venezolano Gustavo Dudamel o en México. Toda proporción guardada, Alondra de la Parra, yo en lo personal cuestiono mucho el trabajo de ella al montar un verdadero show sobre el podio. Pero volviendo al tema de Bernstein, es incuestionable la riqueza de su trabajo, específicamente al frente de orquestas como la Filarmónica de Israel, la Filarmónica de Viena o la que podríamos considerar como su orquesta, la Filarmónica de Nueva York. Cómo sea, cien años después de su nacimiento, Bernstein sigue siendo una referencia obligada en la dirección orquestal.


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Rodolfo Popoca Perches

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