Opinión

El gobierno simbólico de Andrés Manuel / Matices

Unos de los mejores análisis que he leído sobre la elección, es el que escribió María Amparo Casar para Nexos, entre muchos análisis estadísticos que realiza, me resulta fundamental la tesis de los símbolos. Ella afirma “Entiendo la retórica y lo maniqueo de las campañas. Sus propuestas se redujeron a generalidades o slogans de campaña muy efectivos, pero con poco contenido. La corrupción se arregla si el presidente no roba y “barriendo las escaleras de arriba hacia abajo”; la violencia disminuye gracias a la reunión diaria de gabinete a las 6 a.m., el desempleo se termina con becas para que todos tengan un oficio, el acceso a la educación superior se garantiza eliminando los exámenes de ingreso.”

Esto es lo que afirman, algunos, el gobierno de los símbolos, y quizá en México Andrés Manuel sea el que mejor los gobierna. Kumamoto quiso dominarlos y lo hizo por algún tiempo, sin embargo dejó de hacerlo en la campaña electoral, no dominó los símbolos y perdió la elección. Andrés Manuel, consciente del México al que le hablaba, dominó todos los símbolos de pies a cabeza, todos los días marcó agenda. Por otro lado, Anaya y Meade no dominaron ningún símbolo, no le hablaron a ningún México y no posicionaron su agenda como hubiesen querido.

Es atractivo y efectivo hacer campaña y gobernar con los símbolos, pero riesgoso.

María José Canel afirma que “como en el drama, la comunicación política tiene algo de auténtico y algo de ilusorio; como en el símbolo, hay algo de realidad presente y algo de realidad representada.” La realidad presente de los símbolos de Andrés Manuel se ve claramente en la indignación popular de una clase política lejana, lujosa, corrupta, incapaz e ineficiente. Crisis de seguridad, de educación, de desarrollo social, de rendición de cuentas, de representación. Ahí está la realidad. Aunque la realidad también está en que para esos problemas la ciencia ha descubierto caminos claros de soluciones, como el diagnóstico de Alejandro Madrazo sobre seguridad, o los diagnósticos de Leonardo Núñez sobre el manejo de recursos, o los de Gabriel Zaid y Silva Herzog desde la filosofía, los de Amparo Casar, Merino, Eduardo Bohórquez o la misma secretaría de la función pública, Eréndira Sandoval, en corrupción y transparencia. Los de Mexicanos Primero en educación, los de Manuel Gil en educación, de Ricardo becerra en desarrollo social, los de Schettino o Esquivel en economía y múltiples más. Algunos incluso que forman parte del futuro gobierno.

Los símbolos alimentados de esa realidad presente de las necesidades, se han convertido en respuestas auténticas e ilusorias. Es decir, que Andrés Manuel diga que la corrupción se acaba barriendo las escaleras de abajo para arriba es auténtico, se necesita la voluntad del presidente para conducir un gobierno sin corrupción, es cierto, pero también ilusorio, no sólo es eso, eso no es sólo suficiente.

Que Andrés Manuel diga que las reuniones diarias a las 6:00 de la mañana solucionarán un gran problema de la crisis de seguridad, es cierto, la preocupación y atención debida al tema es necesaria, pero también es ilusorio pensarlo así. Como lo es pensar que los diálogos por la pacificación llevarán a la paz. Pero sí, nadie más lo había hecho. Sin embargo resulta ilusorio, esos diálogos llevarán minutas y relatos en miles de páginas de violaciones a derechos humanos, quejas de las víctimas, que no tienen canales ciertos de solución, que no tiene metodología cierta de atención.

No vivir en los Pinos, que no exista la figura de la primera dama, reducirse el sueldo, acabar con su equipo de seguridad, es un símbolo que necesitaba surgir para responder a esa realidad de una clase política lejana, pero resulta ilusorio pensar que la austeridad es la única respuesta a ese descontento, que el presidente gane menos no lo hará automáticamente el mejor presidente y no impulsa la austeridad transversal. Sin embargo sí son símbolos necesarios. Que Andrés Manuel, domina, entiende y le resultan, por ejemplo según Parametría tiene el 71% de aprobación por parte de los mexicanos, altísima, más del porcentaje de sus votantes.

Giovanni Sartori afirmaba que uno de los riesgos más grandes de la política es que se convierta en escenario, para eso los símbolos se convierten en fotografías que bien reflejan. El símbolo de la austeridad se convirtió en la fotografía del Jetta en solitario en palacio nacional, las conferencias de prensa fuera de su casa, sus entrenamientos de béisbol, su esposa, su familia, sus hijos, su casa en La Chingada: fotos de símbolos que abonan a la legitimidad ganada.

Andrés Manuel entiende perfectamente la importancia de los símbolos, los teóricos dicen son necesarios en la vida social ya que hacen públicos significados que en principio son subjetivos (Burke), o que ayudan a interpretar la realidad cuando esta es compleja (Geertz), sin embargo, el símbolo en la política no debe estar vacío. Ese es el reto enorme del gobierno de Andrés Manuel, que esos símbolos, tan eficientes en forma estén contenidos de fondo, sabiendo que, como dice Canel, la acción política habla tan alto como su discurso.

Para ello, esos símbolos tan atractivos deben ser vigilados y observados por la ciudadanía, los votantes y los que no, los medios y periodistas, la academia, los colectivos y sobre todo por los militantes, simpatizantes y equipo de Andrés Manuel, deberán ser monitoreados para que no sean únicamente forma y también sean fondo. La legitimidad ganada en las urnas así lo exige.

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Carlos Aguirre

Carlos Aguirre

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