Opinión

El próximo gobierno / Cátedra

Seda y pimienta. Por su aislamiento de los demás continentes -en algunos aspectos favorables- las culturas originarias del nuestro no podían imaginarse que un acontecimiento ocurrido en tierras desconocidas le llegara a afectar tanto como vamos a ver.

Desde el siglo I a.C., cuando el Imperio Romano dominaba toda la ribera del Mar Mediterráneo, controlaba los dos accesos estratégicos al continente asiático: uno era el estrecho del Bósforo, que le permitía adquirir en la ciudad de Bizancio los lujosos productos traídos por los mercaderes (tanto árabes como de otras nacionalidades) que fueron estableciendo un trayecto finalmente llamado “ruta de la seda”, con caravanas que atravesaban preferentemente el macizo central asiático por el norte de los Montes Himalaya, trayendo desde China un sinnúmero de artículos exóticos entre los que destacaban las telas de seda estampadas, los marfiles finamente labrados, las delicadas porcelanas.

El otro acceso era el istmo de Suez, por donde los navegantes árabes traían, desde el siglo VIII d.C., de las costas e islas del sureste de Asia, las especias tan útiles para conservar y cocinar los alimentos, paliar las hambrunas y epidemias, y otras mercaderías no menos preciadas del oriente africano; todo ello, para ser distribuidas en Europa por los poderosos comerciantes venecianos.

Pero sucede que en 1453, Constantinopla (nuevo nombre de Bizancio y capital del antiguo Imperio Romano de Oriente fundado el año 395) cayó en poder del Imperio Turco, en venganza por las tres sanguinarias cruzadas que ya habían padecido; no sólo fue una derrota para la llamada cultura “occidental y cristiana” a manos del Islam (religión creada por Mahoma en el año 600); significó algo mucho más grave: la ruptura del comercio con Asia al quedar en poder de sus enemigos musulmanes las únicas dos puertas de acceso al comercio asiático conocidas hasta entonces, dejando de recibir, repentinamente, todos aquellos productos a los que estaban acostumbrados desde hacía mil quinientos años.

¡Peligro: civilización a la vista! Por su parte, los españoles se atrevieron a navegar a occidente por el Atlántico, lo que suponía demostrar -de llegar a China por esa vía- que la Tierra era redonda, hecho que también implicaba transgredir la tradición católica que aseguraba que la Tierra era plana, pecado que el Santo Oficio -más conocido como Santa Inquisición- castigaba no sólo con la excomunión, sino con la pena de muerte en la hoguera por desafiar las sagradas escrituras.

Así fue como Cristóbal Colón arribó a estas tierras en 1492 y murió en 1506 creyendo, todavía, que había llegado a las costas de Cipango -Japón- o a la India, razón por la que llamó indios a sus habitantes; a pesar de ello la Iglesia le otorgó los auxilios espirituales. Pero si bien murió con la convicción de que había demostrado la esfericidad de la Tierra, lo cierto es que Colón no se enteró que había llegado a un continente nuevo para ellos, los europeos, quienes sin justificación le impusieron el nombre latino de América, a pesar de que ya tenía uno que en Náhuatl se expresa Ixachilan; en Quechua, los peruanos le llaman Runa Pacha; y en el idioma del pueblo Kuna de Panamá -los mejores testigos de que los macizos norte y sur del continente se unen en el istmo- para ellos es Abya Yala.

Poco tiempo después de los primeros exploradores que apenas dejaron huellas de su presencia, llegaron ejércitos invasores sedientos de rapiña. ¿Qué había pasado? Al encontrar casualmente nuestro continente estimulados por el afán de lucro que significaban para ellos la seda, la pimienta, China y Constantinopla, los salvajes europeos descubren un tesoro superlativo que jamás hubieran imaginado: el oro, la plata, las piedras preciosas y muchas más increíbles riquezas de nuestro continente.

Enloquecidos por la avaricia, para apoderarse de él recurrieron a todo: el engaño, la traición y finalmente la violencia en forma de tortura, de asesinato y de lo que fuera necesario. Cual hechiceros poderosos montaban grandes animales y escupían fuego por tubos que llamaban arcabuces y cañones que con sobrecogedor estruendo eran capaces de matar personas o destruir edificios a gran distancia.

Otro descubrimiento: la guerra bacteriológica. Mas no fue solo su novedosa tecnología lo que doblegó a los 70 millones de habitantes de nuestro continente ante la insignificante cantidad de saqueadores; un poderoso aliado tan secreto e invisible que ni estos mismos conocían, los apoyó decididamente: las enfermedades del viejo mundo de las que ellos ya estaban vacunados, habían adquirido cierta resistencia o tenían posibilidades de superarlas mediante tratamientos probados después de miles de años de convivir con los virus y bacterias de los cuales ya más bien eran portadores. En cambio, nuestros antepasados autóctonos empezaron a caer muertos al más leve contagio.

La primera plaga se desató en 1518 con la viruela, que fue “…el arma más efectiva de la conquista y la colonización…” De ahí en adelante, las pandemias (epidemias más intensas y prolongadas que atacan a toda la población) de enfermedades desconocidas como …el sarampión, la influenza, la peste bubónica, la difteria, el tifus, la escarlatina, la varicela, la fiebre amarilla, la tos convulsiva…” hicieron estragos tales que no quedaron ejércitos en condiciones de oponerse a aquella inesperada invasión.

Lo que aquí digo palidece ante un párrafo que transcribo de la carta que envió Fray Domingo de Betanzos a la corte española el 11 de Septiembre de 1545 que dice así:

“Sepan Vuestras Caridades que después que desta Nueva España se partieron, desde ocho meses a esta parte ha habido tan gran mortandad de indios, mayormente en México e en veinte leguas alderredor, que no se puede creer; pero por lo que diré podrán conjeturar todo lo demás. En Tascala mueren agora ordinariamente mill indios cada día, y aun dende arriba: y en Chulula día ovo de novecientos cuerpos, y lo ordinario es cuatrocientos, y quinientos, y seiscientos, y setecientos cada día. En Guaxocinco es lo mismo, que ya casi está asolada. En Tepeaca comienza agora, y así ha andado en derredor de México y dentro en él, y va cundiendo cada día adelante… En este nuestro pueblo de Tepetlaoztoc donde agora estoy, ya pasan harto de catorce mil los que son muertos.”

Como se ve, esta fue la más cruel y despiadada de las invasiones porque, aunque haya sido casual en un principio, también fue la primera guerra bacteriológica de la historia porque supieron aprovechar los daños que involuntariamente provocaron en su inicio, pues además de los muertos por enfermedad los hubo también por causas mucho más crueles, por ser cometidas con toda premeditación, alevosía y ventaja, motivadas por la codicia. Despoblar

“Según el antropólogo Darcy Ribeiro, los indios fueron el combustible del sistema productivo colonialista español…” pues de los 70 millones de habitantes que había a su llegada, “…150 años más tarde quedaban sólo tres millones y medio. La mitad habían muerto por las pestes traídas por el hombre blanco. El resto fue asesinado en las guerras de la conquista o en el trabajo forzado de las minas e ingenios”.

Aquí es importante señalar que otras manifestaciones del trabajo forzado que diezmó la población fue el utilizado para destruir sus bellísimas obras arquitectónicas y construir, con los mismos materiales, los templos y edificios de los saqueadores.

“En su libro El Holocausto en el contexto histórico, Steven Katz ha dicho al respecto: Muy probablemente se trata del mayor desastre demográfico de la historia: la despoblación del Nuevo Mundo, con todo su terror, con toda su muerte.”

El genocidio cultural más terrible. Más, pero mucho más terrible que el desastre demográfico es a lo que se refiere Oswald Spengler en su magistral obra La decadencia de Occidente ya citada:

“…esta cultura es el único ejemplo de una muerte violenta. No falleció por decaimiento, no fue ni estorbada ni reprimida en su desarrollo. Murió asesinada, en la plenitud de su evolución, destruida como una flor que un transeúnte decapita con su vara.

“…todo eso sucumbió y no por resultas de una guerra desesperada, sino por obra de un puñado de bandidos que en pocos años aniquilaron todo de tal suerte que los restos de la población muy pronto habían perdido el recuerdo del pasado. De la gigantesca ciudad de Tenochtitlán no quedó ni una piedra. En las selvas antiquísimas de Yucatán yacen las grandes urbes del imperio Maya, comidas por la flora exuberante. No sabemos ni el nombre de una sola. De la literatura se han conservado tres libros, que nadie puede leer.

“Lo más terrible de este espectáculo es que ni siquiera fue tal destrucción una necesidad para la cultura de Occidente. Realizáronla privadamente unos cuantos aventureros sin que nadie en Alemania, Inglaterra y Francia sospechase lo que en América sucedía. Esta es la mejor prueba de que la historia humana carece de sentido. Sólo en los ciclos vitales de las culturas particulares hay una significación profunda. Pero las relaciones entre unas y otras no tienen significación; son puramente accidentales. Y en el caso de esta cultura mejicana fue el azar tan cruelmente trivial, tan ridículo, que no sería admisible ni en la más mezquina farsa. Un par de cañones malos, unos centenares de arcabuces bastaron para dar remate a la tragedia.”

A un ser humano se le puede despojar de todas sus posesiones; se puede reponer y hasta reinventar. Pero si se le despoja de sus hábitos, de sus costumbres, de su idioma, de su religión, de sus mitos, de su poesía, de sus recuerdos, en fin, de su personalidad, de su historia y hasta de su memoria genética como lo hicieron los soeces hacendados con su infame “derecho de pernada”, más valdría que lo despojaran de la vida.

Nunca antes, como dice Spengler, jamás había ocurrido eso; ni el más sanguinario de los imperios había intentado extirpar toda una cultura de un territorio y mucho menos de uno tan grande y con tantas culturas como éste. Pero eso fue lo que hicieron los salvajes imperios europeos que se asentaron en nuestro continente.

Eso fue, precisamente, lo que hizo el “mundo occidental y cristiano” cuando vino a “civilizar” a las “tribus primitivas” que encontraron aquí, con su fingido mensaje de “amor y paz, perdón y caridad”, con el que lo despojaron de tajo, sin misericordia alguna, de todo cuanto alcanzó a construir tanto en el mundo material, como de lo que acumuló en el terreno espiritual, en el largo tramo de quince milenios.

Muchas veces he escuchado a adolescentes y jóvenes estudiantes repetir lo que todavía les enseñan en la escuela, en el sentido de que los mexicanos deberían estar agradecidos a la “madre patria” por haberlos venido a sacar de su ignorancia. Pareciera, entonces, que el ideal sería llegar a sentirnos españoles, o ingleses, o…

Visto así, pareciera ser que eso es todo lo que nos quedó después del máximo genocidio de la historia: la esperanza de intentar parecernos a alguien, quienquiera que sea, menos la de reencontrarnos o reinventarnos a nosotros mismos; porque sí, eso sería mucho más difícil… ¿o imposible?

Pues bien. Esa es la tarea que nos quedó del saqueo que realizaron los invasores en el brevísimo período de principios de siglo XV al que llamaron conquista y de los tres siglos de régimen colonial, términos de los que no sé si todavía se sientan orgullosos, pero que están abolidos y repudiados por el derecho internacional.

(Continuaremos la semana próxima).

 

Por la unidad en la diversidad

 

Aguascalientes, México, América Latina

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Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

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