Opinión

En busca de un hogar / Piel curtida

Tener un espacio propio al cual llamar hogar es muchas veces un privilegio en un mundo lleno de violencia pues, aunque existe una mayor consciencia de ella, el sadismo puede disfrazarse de convencionalismo. El poder acceder a un microclima de paz no es sencillo frente al aumento en el costo de vida y, en particular, el precio de las viviendas, el cual incrementó 9.9% en el segundo trimestre de 2018, en comparación con el mismo periodo del año 2017, de acuerdo a la Sociedad Hipotecaria Federal. Es así que la alternativa para muchas personas es rentar una casa, un departamento o un cuarto, pero no es una tarea sencilla.

De acuerdo a datos de la Encuesta Nacional sobre Discriminación de 2017, el 39% de la población mexicana no le rentaría una habitación a una persona nacida en el extranjero y, de ahí, los indicadores van decreciendo hasta un 25%, manifestando en orden decreciente que no daría cabida a: personas jóvenes, a quienes viven con VIH, personas no heterosexuales y de una religión distinta a la suya que, para nuestro país, podría traducirse como aquellas diferentes a la católica.

Decir que alrededor de un cuarto de la población no estaría dispuesta a abrir las puertas de su casa por diferencias de nacionalidad, identidad o culturales no parece una cifra alarmante. Sin embargo, es necesario reconocer este fenómeno como la superficie de una problemática más profusa, en la cual intervienen prejuicios e imaginarios que persisten debido a la falta de información, por la carencia de toma de decisiones públicas determinantes a favor de una convivencia pacífica y plural, además de una incipiente consciencia del otro, del distinto a nosotros, como un ser humano con la misma dignidad y derechos.

Para mi fiesta de cumpleaños contacté a un transformista, una drag. Un talentoso imitador que empareja los movimientos de sus labios con la pista musical de cantantes femeninas, aunque incluso llega a hacerlo sin playback. La imitación corporal y de vestuario es parte de su show y aún, en pleno siglo XX, sigue causando extrañeza para algunas personas. Al trasladarse por Uber entre los diferentes sitios donde presenta su espectáculo, seguramente más de un conductor ha lanzado una mirada indiscreta. Este tipo de servicio de transporte privado se sustenta en la llamada economía colaborativa, donde los choferes son, según los acuerdos comerciales, socios más que empleados; sin embargo, muy a pesar de la libertad que representa el ser un asociado, el cariz de esta empresa deslocalizada obliga a mirar a los usuarios con la misma calidad, con excepción de aquellos que por sus condiciones o acciones podrían poner en riesgo la seguridad del conductos y, claro está, también descartando los lamentables casos donde los conductores son presuntos culpables de actos delictivos. Dejando de lado dichas consideraciones, Uber es un ejemplo de que, más allá de los imaginarios persistentes, las reminiscencias de estigmas y la ignorancia prevaleciente, el establecer la convivencia como un pacto evita que las predisposiciones a la discriminación y la violencia terminen por ejercerse. ¿Acaso esto no es una muestra de la necesidad de implementar adecuadamente la legislación, instrumentos y proyectos que han quedado en papel en el ámbito nacional?

Hablando de imaginarios y estigmas. Una persona contactó a la casera del sitio donde vivía y, ya sea por consigna o exceso de tiempo de ocio, le comentó que mi fiesta sería en calzones. Siendo disidente de la normativa heterosexual, el prejuicio apareció y hasta hablaron de que el festejo se podría transformar en buffet erótico para servirse al momento. La temática era sin pantalones, dando opción de usar pantalones cortos, traje de baño o ropa interior, el punto era llevar las piernas descubiertas. Sin embargo, la ignorancia o la malicia llevó el imaginario hacia escenarios que, para la mayoría de las personas, son retorcidos pues, aunque se hubiera tratado de un manjar de experiencias corporales, finalmente se trataba de un momento entre cercanos que se reunían para celebrar en el que consideraba mi hogar. Más allá de la posible resentimiento por no ser invitada o la trastornada idea de querer amedrentar recurriendo a tabúes, este suceso es muestra de tan sólo algunas de las ideas que se conservan en nuestra sociedad a causa de la ignorancia y que, para varias personas, representan un obstáculo en la búsqueda por un espacio dónde guarecerse y ser.

Las alternativas surgirán en un mundo caótico, como las personas que se establecen en sitios comunes al verse en desventaja frente a un monopolio de manifestaciones religiosas, o los albergues para adultos mayores LGBT+ que se han instalado en México por activistas y hasta las modernas comunidades que se forman entre amigos para procurarse y sobrevivir en conjunto al llegar a la tercera edad para evitar el asilo en manos de terceros. La resistencia –résistance– emerge en los escenarios más aversivos y es que aún hay esperanza de contar con un hogar, material e inmaterial, mientras existan personas tan libres que no están dispuestas a dejarse cercenar por aquellas esclavizadas por la ignorancia, la saña o la conveniencia de una miope perspectiva.

 

@m.acevez | [email protected]


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Juan Luis Montoya Acevez

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