Opinión

Hay cierto placer en el seno de los bosques impenetrables…

Además de los colmillos de elefante tallados en un nicho, visibles al fondo durante la entrevista, los comentarios sobre la creencia de Josefa González Blanco Ortiz Mena en la existencia de los aluxes han generado críticas a la futura secretaria de Medio Ambiente, además de polémica y burla en ciertos medios de comunicación y redes sociales. Ninguno de los planteamientos que hago a continuación es justificación o defensa de la idoneidad de la propuesta de la señora como titular de la dependencia; sin embargo, es una reflexión que puede dirigir los esfuerzos de exigencia de rendición de cuentas al próximo Gobierno Federal.

Vamos revisando la perspectiva desde la que estaría llevando a cabo su trabajo. Los aluxes son parte de la mitología maya desde hace siglos y hasta la actualidad. Estos entes expresan, a través de algunas de sus acciones, la relación de los campesinos con su tierra de cultivo, por ejemplo; también con el monte que las rodea. Los lugares en los que hacen sus travesuras abarcan desde la selva, pasando por la milpa y hasta las casas. Su papel explica el animismo de algunos de los elementos de los ecosistemas, recursos naturales y clima de la región maya. En México, y alrededor del mundo, los elementos y sitios sagrados para las comunidades nativas suelen estar asociados a expresiones geoecológicas de importancia. Esta aproximación de comprensión de los territorios de manera integral para la conservación está sumamente estudiada y es de vital importancia en un país como éste, donde la relación entre áreas prioritarias para la conservación coincide con territorios de pueblos y comunidades indígenas, cuyas tradiciones religiosas y mitológicas son tan variadas y heterodoxas, en comparación con la de la mayoría urbana que origina las opiniones en medios y redes sociales, como lo son las condiciones ecológicas a lo largo y ancho del país. Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, existen alrededor de un cuarto de millón de sitios sagrados naturales en el mundo, la mayoría de ellos bajo amenazas por el esquema de desarrollo económico predominante. En el país existen áreas importantes de conservación fundamentadas en ser sitios sagrados; San Luis Potosí tiene “Wirikuta y la Ruta Histórico Cultural del Pueblo Wixárika”, por ejemplo. Aunque ninguna es el Gólgota (son sagrados para pueblos que no son la abrumadora mayoría urbana ni la poderosa minoría político-económica que toma las decisiones que definen la ruta de este proyecto de estado-nación) son sitios altamente relevantes en términos de endemismos y especies sombrilla, pero no en menor medida son importantes para quienes ven ahí reflejadas las huellas individuales y colectivas de su psique, su historia y su herencia cultural.

Algunos de los ataques a los comentarios de Josefa se presentan desde una postura de indignación científica, aunque sus autores no se dediquen a la ciencia o su divulgación. Para desarticular un poco el fetiche por esta “ciencia”, basta con dar una rápida ojeada a las obras de Feyerabend, Kuhn, Lakatos, Freire y otros. La ciencia que aprueba los productos de los infomerciales a media noche no es ciencia en realidad, ni tampoco lo es la impresión que tienen muchos de una serie de verdades últimas e irrefutables. Los paradigmas cambian, creo que estamos en una coyuntura donde este podría ser el eje de trabajo tanto de opositores como afines al nuevo escenario político en el país. Claro que existen las pseudociencias, y estas deben ser identificadas por el riesgo de fraude que les acompaña, sin embargo, no hay que confundir las pulseras de imán y los cristales que se forman en el agua con el pensamiento, con el potencial curativo de las hierbas medicinales tradicionales. A quienes comparan los mitos y leyendas de los milenarios pueblos de la selva maya con creer en la existencia de un personaje de un libro para niños (hasta para adolescentes y adultos dirán otros), tómense solo cinco minutos de reflexión y atinarán con la burla que están profiriendo. ¿Están de acuerdo con esa burla? El mecanismo cognoscitivo para la explicación de fenómenos naturales antes incomprendidos que había utilizado la humanidad como especie, y no solo algunas sociedades, sino la mayoría, dista mucho de una muy entretenida inspiración literaria individual. Seamos prácticos, quien se avergüence de respetar a la naturaleza en términos espirituales no tiene por qué admitirlo, tampoco tiene por qué juzgar.

¿A quién se le permite expresar sus creencias en público? Cualquier presidente, gobernador o presidente municipal del país podría afirmar su creencia en Dios sin mayores represalias, ¿este derecho se lo gana por corresponder con las mayorías o por tener mayor soporte científico? ¿Qué dice esto de los vicios inherentes a nuestros hábitos con respecto a las minorías? Donald Trump puede invocar con toda libertad y poca crítica al dios de su elección para justificar sus actos, así como lo han hecho algunos presidentes mexicanos en algún momento. Cuando alguien lleva la dirigencia de las políticas de un país, lo que definitivamente no debe hacer es negar, por ejemplo, el cambio climático provocado por el sistema socio-económico y político. Volviendo al caso en cuestión, ¿por qué es tan reprobable el comentario de Josefa? Sería impensable, entonces, un lacandón, maya o wixárika que de buena fe y durante toda su vida haya creído en algo así como un aluxe, como secretario de Medio Ambiente ¿correcto? El apoyo desbordado que los críticos de Ortiz Mena han realizado también por pueblos originarios del actual territorio del país sería hipócrita, serían actos condescendientes a la otredad, una mano que da una dádiva bajo el entendido que da el que tiene al que no tiene. ¿Qué tiene entonces la burguesía urbana que opina en las redes sociales para ofrecer a los otros? ¿Cuál es la propuesta de inclusión? Es decir, ¿de frente los respetamos y entre nosotros nos reímos? Lo que sí detecto en la rasgadura de vestiduras por los comentarios de Ortiz es cierto desprecio por La Roma, no en particular a Chihuahua 216, sino a una etiqueta que podría incluir la Condesa, o más bien Coyoacán. Que los jueces en cuestión eliminen el apodo de chairos de sus argumentos no hace más difícil identificar el origen de sus aversiones. Sobre las imágenes entiendo y simpatizo con una sensación de incongruencia entre la opulencia de la residencia donde tuvo lugar la entrevista y un intercambio sobre creencias de pueblos indígenas asociados generalmente con la marginación. Este debería ser el punto de análisis, no una individua en particular. En este sentido, como ella es blanca, rica y educada (todo en términos relativos), ¿sólo esperaríamos que creyeran en aluxes morenos, pobres e ignorantes? ¿Cuándo sería un comentario así señal de alarma? Cuando aparecen los videos editados, las evidencias, cuando se intenta convencer a los demás y que derivado de este esfuerzo hay un beneficio particular. Tómese como ejemplo el chupacabras.

Pero esto no para ahí, pues las críticas en este país van por igual cuando se cree que cuando no se cree, el común denominador es la condena del vecino. Personalmente no creo en la existencia material de los aluxes y también puedo afirmar que no comparto las creencias y ritos, de aproximadamente 90% de la población del país, y puedo confesar también que soy temeroso de escribirlo con todas sus letras pues podría provocar que pierda la buena voluntad de los lectores mientras corren por uno de los libros que cambió la vida de EPN. ¿Es normal para aquellos críticos del presidente en turno compartir algo tan fundamental con alguien con quien han identificado tantas diferencias? ¿Por qué no?

Lo importante a resaltar es si en el país estamos listos para discusiones sobre creencias. ¿Seguimos entonces siendo parte de la hegemonía dominante a pesar de ufanarnos de rebeldes opositores, de críticos pensadores y defensores de causas perdidas? Considerando los debates en puerta, ¿acaso la mayoría somos de la comunidad LGBT+, embarazadas por violación, usamos drogas de manera recreativa?

Personalmente me gustaría pensar que para construir lo que necesitamos tenemos que estar dispuestos a dar un paso grande antes que nada en contra de la aversión, vamos a permitirnos cercanía. ¿Qué pasa si ponemos en la mesa de discusión la sacralización de la naturaleza? Es decir, hace un par de siglos que se ha trabajado arduamente en quitarle ese carácter, los resultados son más que evidentes. Esto de ninguna manera implica una falta de rigor científico en la generación y utilización de la información necesaria para la conservación, pero sí un reconocimiento de lo multifacético que somos, y que esto necesariamente está reflejado en la relación que mantenemos actualmente con nuestro medio, una relación asimétrica entre recurso y usufructuarios.

Vamos haciendo espacio fértil para que el cambio suceda.

P.S. En la misma entrevista doña González Blanco Ortiz Mena comentó que la extinción de una especie no es para siempre, yo me hubiera jalado más los pelos con ese comentario, al respecto nadie dijo ni pío.

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Daniel E. Benet

Daniel E. Benet

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