Opinión

Héroes / Mareas Lejanas

El 17 de diciembre de 2010, en la ciudad de Sidi Bouzid en el centro de Túnez, el joven Mohammed Bouazizi, se levantó temprano como todos los días para surtir frutas y verduras para vender en su puesto ambulante en el centro de la pequeña ciudad de 40 mil  habitantes.

Desde los 10 años y tras la muerte de su padre, Mohammed era el principal sustento de su madre y sus 5 hermanos pequeños. Mohammed de 26 años, era querido y apreciado por su comunidad.

Pasado el medio día en Sidi Bouzid, mientras Mohammed vendía sus productos en su carreta, un grupo de policías lo interpela solicitándole de un permiso del que carecía. Esta no era la primera vez que lo extorsionaban y amenazaban con confiscar su mercancía. Tras una discusión, la policía confiscó sus productos y su báscula.

Horas más tarde, Mohammed se dirige a la sede del gobierno local y busca hablar con el alcalde. Es completamente ignorado y le es negada la entrada al edificio.

Desesperado por no poder proveer a su familia, frustrado y humillado, Mohammed se dirige a una gasolinera cercana, compra un poco de gasolina y regresa justo frente a la sede del gobierno. En medio de la calle vacía el combustible sobre sí mismo y grita “¿Cómo quieren que me gane la vida?” para después encender un cerillo y prenderse en fuego.

Aún con vida, Mohammed fue llevado al hospital donde moriría semanas más tarde.

Al día siguiente de la inmolación, familia y amigos de Mohammed se reunieron en las calles para protestar contra la injusticia que había padecido su ser querido. Pronto estas manifestaciones se replicaron en todo el país con la ayuda de las redes sociales. En cuestión de días, las protestas se volverían multitudinarias y pedirían la renuncia del presidente Zine El Abidin Ben Ali el presidente que por 23 años había gobernado autocráticamente el país.

El 14 de enero de 2011 y 10 días después de la muerte de Mohammed en el hospital, el presidente huye del país en un avión privado que lo lleva a Malta, de donde se traslada a Arabia Saudita, donde se le otorga el refugio tras ser rechazado por Francia, que era su primera elección para el exilio.

El pueblo tunecino estalla en júbilo y celebra esta victoria de la gente. Las noticias llegan a Egipto y ríos de gente se congregan para pedir lo mismo: la salida de su presidente dictador. El 11 de febrero de 2011, Hosni Mubarak, quien por 30 años había mantenido férreamente el control del país más influyente del mundo árabe.

Las protestas se replicaron en Libia donde, con la intervención de fuerzas militares extranjeras se desata un conflicto armado que termina con el asesinato del también dictador Muammar Gaddafi.

Las protestas se extenderían a Yemen, Siria, Bahréin, Marruecos, Jordania y Argelia. En algunos países bastaron algunas concesiones para calmar la situación. Pero en Siria la reacción estatal a los indignados degeneró en un complejo conflicto armado que desde hace siete años ha martirizado al pueblo sirio y que ha generado una crisis humanitaria sin precedentes recientes. Millones han sido convertidos en refugiados, hay cientos de miles muertos, más de un millón de heridos y millones más que hoy han hecho de otro país su nuevo hogar.

Un puñado de ellos en México y algunos de estos en Aguascalientes, sede de Proyecto Habesha, iniciativa mexicana que trae a nuestro país jóvenes sirios para que aquí pueda continuar sus estudios universitarios.

Aquella mañana del 14 de diciembre cuando Mohammed Bouazizi se levantó para ir a trabajar en su puesto ambulante de fruta, nunca imaginó que ese mismo día, una acción total de protesta suya, cambiaría para siempre la vida de millones y millones de personas, los equilibrios políticos y militares de los países de Medio Oriente y el tablero de las potencias globales. Todos estos cambios han generado movimientos que ponen en duda o rechazan los valores humanitarios que creíamos sobreentendidos.

La rebeldía de Mohammed Bouazizi tuvo efectos incluso en México, donde desde Proyecto Habesha trabajamos de tiempo completo con jóvenes sirios que día a día nos conectan con una realidad aparentemente distante.

En estos tiempos convulsos los héroes que lideran las batallas y muestran un camino son las flamas que mantienen la esperanza de un mundo donde cada persona tenga un lugar para vivir con dignidad y entre los suyos.

El día de hoy, Proyecto Habesha despide a uno de sus miembros que de manera heroica dedicó su mente, corazón, tiempo y máximo esfuerzo a los efectos lejanos generados aquél 17 de diciembre de 2010 en Sidi Bouzid en Túnez.

La moderación y el sentido de responsabilidad de José Eduardo Múzquiz será resentido en el equipo del Proyecto, que pelea en la primera línea de defensa de los vulnerables.

Un té a la memoria de Mohammed Bouazizi y una cerveza al camino de Múzquiz.

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Adrián Meléndez

Adrián Meléndez

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