Opinión

Iglesia pederasta / Memoria de espejos rotos

It’s a rough temptation, but a common invitation,

and a good association, but a quick elimination

that will take you out of circulation;

Yes I’m talking about that younger generation…

Jailbait – Andre Williams

 

El pasado martes se hizo público el informe de la investigación llevada por el fiscal Josh Shapiro, que durante 18 meses integró una carpeta sobre los casos de abuso sexual de sacerdotes contra niñas, niños y adolescentes en la diócesis de Pensilvania. Los resultados del informe son aterradores. Al menos unos 300 sacerdotes cometieron abusos sexuales durante siete décadas contra -al menos- una cifra superior a los mil infantes; pero la cifra pudiera ser mayor, dados los casos en los que la víctima no denunció por miedo, o por los millonarios “acuerdos” económicos con los que la iglesia católica impuso silencio. En el informe se estima que esta iglesia ha gastado más de 3 mil millones de dólares en acuerdos extrajudiciales para acallar a las víctimas. De los victimarios, más de 300 religiosos, el informe describe los mecanismos de encubrimiento con los que la iglesia ha cambiado de parroquia a los violadores, los ha ocultado, o los ha confinado a “terapias” impartidas por la propia iglesia, a fin de que sus sacerdotes evadan la acción de la ley.

Sobre esta carpeta, la red infovaticana.com publica que: “El informe del gran jurado de Pensilvania sobre abusos homosexuales a menores en seis diócesis de Pensilvania quita el aliento. El grado de perversidad, con trescientos perpetradores y más de un millar de víctimas, hace imposible que la jerarquía americana recupere una fracción de su credibilidad sin una purga sin precedentes, a pesar del intento de restar importancia a la monstruosidad por parte del Arzobispo Wuerl, que aparece citado en el informe más de un centenar de veces”. En la misma red se cita un fragmento del informe: “Sabemos que algunos de vosotros habéis oído algo de ello antes. Ha habido otros informes sobre abuso sexual a niños dentro de la Iglesia Católica. Pero nunca a esta escala. Para muchos de nosotros, todas esas historias sucedían en otra parte, lejos. Ahora sabemos la verdad: sucedían en todas partes”. Y añade, de su redacción, que “El informe revuelve el estómago. La perversidad de los sacerdotes rivaliza con la de sus superiores al cubrir sus crímenes y dejar que siguieran con sus depredaciones. Y citado 169 veces en el informe, aparece Donald Cardenal Wuerl, sucesor de su buen amigo Theodore ‘Tío Teddy’ MacCarrick al frente de la diócesis de Washington y presunto adalid de las ‘reformas’ para solucionar esta crisis.

Info Vaticana termina su nota con la afirmación: El informe sigue citando horrores que Wuerl tapó, una y otra vez. Demasiados para citarlos todos sin hacer interminable este artículo. Y, pese a todo, pese a esa condena, Wuerl siguiendo siendo promocionado dentro de la jerarquía eclesial. Es difícil ver cómo podrá recuperar la jerarquía americana una onza de prestigio después de lo que se ha sabido con este informe, que cubre solo seis diócesis de uno de los cincuenta Estados de la Unión. Pero sin duda, la única solución posible pasa por una purga implacable de obispos y por enfrentarse sin tapujos a la homosexualización del clero que está en la raíz de esta espantosa plaga”.

En México, las cosas no son mejores. Miguel Ángel Puértolas publicó en Milenio que: “Según datos de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), México tiene el primer lugar, a nivel mundial, en abuso sexual cometido en contra de menores de 14 años, a los que se suman otras agresiones como violencia física y homicidio, se estima que unos 4 millones de menores de edad han sido víctimas de abuso sexual, lo más grave es que sólo el 2 por ciento de los casos se denuncia. Agregue a ello que de acuerdo al Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), México es de los países que menos invierte en combatir este crimen”. De esta violencia, la asociada al clero es incuantificable, dadas las redes de encubrimiento que van desde las parroquias hasta el Arzobispado mexicano. Es un hecho probado que el entonces Arzobispo Primado del país, Norberto Rivera, tejió una poderosa red de encubrimiento para que sacerdotes pederastas evadieran la ley, o para que -ni siquiera- las víctimas pudieran denunciar. Sin abundar en el caso icónico de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, quien fue encubierto por la misma figura del papa, desde Karol Wojtyla hasta Joseph Ratzinger. Aunque en México hablemos de cifras incuantificables, el cáncer pederasta católico ha encontrado en nuestro país un tejido social en el cual hacer metástasis, gracias al fanatismo dogmático de sus fieles, que prefieren el ocultamiento del abuso, antes que el desprestigio de su institución.

Una de las necesidades imperantes sobre el Estado Laico recae justo en este tema. Las instituciones encargadas de la procuración de justicia deben ver a la iglesia católica como lo que es: una organización de personas, cuyo credo de fe no debe interferir en el asunto público ni en el alcance de la ley. Así también, quienes se consideran católicos, harían bien en exigir a sus representantes de credo dejar de abusar, dejar de encubrir los abusos, o pensar seriamente en la apostasía como una opción para evitar la complicidad moral con una institución sobre la que pesa la realidad del abuso sexual contra niños, niñas, y adolescentes.

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Alan Santacruz Farfán

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