Opinión

La cultura popular en la historia / El peso de la razón

La década de los sesenta del siglo pasado presentó ante los ojos de los intelectuales una nueva línea de estudio: la Volkskultur o cultura popular, que tenía su impronta en algunos anticuarios y folcloristas alemanes del siglo XVIII y en los antropólogos decimonónicos. En el siglo XX fueron los historiadores quienes se preocuparon por la cultura popular, debido al evidente descuido del enfoque historiográfico tradicional hacia la gente común y corriente, y a la preeminencia de los estudios históricos político-económicos. Dos títulos representaron esta nueva fase de la historia cultural: The Jazz Scene, escrito por “Francis Newton” (pseudónimo de Eric Hobsbawm) en 1959; y Making of the English Working Class, de Edward Thompson en 1963.

La obra de Hobsbawm no estudiaba sólo la música, sino también al público que la escuchaba. Además, estudiaba el jazz como negocio y como forma de protesta social y política. Concluía que el caso del jazz mostraba una situación en que la música popular no se viene abajo, sino que se mantiene en el entorno de la civilización industrial moderna. La obra de Thompson no se limitaba a analizar el papel desempeñado por los cambios políticos y económicos en la formación de clases, sino que examinaba el lugar de la cultura popular en este proceso. Making of the English Working Class incluye detalladas descripciones de los ritos de iniciación de los artesanos, el lugar de las ferias en la vida cultural de las clases menos privilegiadas, el simbolismo de la comida y la iconografía de los disturbios. Como señaló Raymond Williams refiriéndose a esta obra, Edward Thompson logró describir “una estructura de sentimientos de la clase obrera”. Se debe a Thompson la inspiración para escribir la historia (incluida la historia cultural) “desde abajo”. Peter Burke explica así el surgimiento y la preocupación por la historia de la cultura popular: “Los que están dentro [del quehacer de la historia de la cultura popular] se ven a sí mismos como respuesta a las deficiencias de los enfoques anteriores, sobre todo de la historia cultural que excluía a la gente corriente y de la historia política y económica que excluía a la cultura. También tienden a verse a sí mismos y a los suyos como los únicos innovadores, y rara vez advierten tendencias paralelas en otras partes de la disciplina, y menos aún en otras disciplinas y en el mundo ajeno a la academia. Los que se sitúan fuera tienden a ver un cuadro más amplio, advirtiendo que en Gran Bretaña, por ejemplo, el surgimiento de la historia de la cultura popular en la década de 1960 coincidió con el nacimiento de los estudios culturales, siguiendo el modelo del Centro de Estudios Culturales Contemporáneos de la Universidad de Birmingham, dirigido por Stuart Hall. El éxito internacional del movimiento a favor de los estudios culturales sugiere que respondía a una demanda, a una crítica del énfasis en una alta cultura tradicional en las escuelas y universidades, así como a la necesidad de comprender el cambiante mundo de las mercancías, la publicidad y la televisión”.

En un texto muy anterior, Burke sitúa el nacimiento del interés por la cultura popular en Herder y el romanticismo alemán: “La idea de ‘cultura popular’, en contraposición a ‘cultura ilustrada’, data de las postrimerías del siglo XVIII y el primero en formularla fue el escritor alemán J. G. Herder. Los historiadores eruditos, huelga decirlo, ya habían descrito las costumbres populares antes de la fecha citada: Henry Bourne, por ejemplo, coadjutor de Todos Los Santos, Newcastle, publicó un libro sobre ‘antigüedades populares’ en 1725, y Pepys había coleccionado romances en hojas sueltas y libritos de coplas y cuentos a finales del siglo XVII. Lo que era nuevo en el enfoque de Herder, así como en el de sus amigos y seguidores, entre los que se contaban los hermanos Grimm, era la idea de que las canciones y los cuentos, las obras de teatro y los proverbios, las costumbres y ceremonias, formaban parte de un conjunto que expresaba el ‘espíritu’ de un pueblo determinado. De ahí la aparición de términos como Volkslied (‘canción tradicional’), que Herder fue uno de los primeros en emplear, o de ‘folclore’, palabra que inventó William Thomas en 1846. Estos términos expresan lo que cabría llamar el ‘descubrimiento’ de la cultura popular por parte de los intelectuales. La mayoría de éstos procedía de las clases altas, para quienes el pueblo era un misterioso ‘otro’, al que se describía en términos de todo aquello que sus descubridores no eran (o creían no ser); natural, sencillo, instintivo, irracional y enraizado en el suelo local”.

Sin duda, la historia de la cultura popular trató de ser un remedio a algunos problemas que surgieron en el interior de la disciplina a raíz del cuestionamiento al modelo tradicional, expuesto en las obras de Burckhardt y Huizinga. Sin embargo, la historia de la cultura popular dista de ser una empresa intelectual exenta de problemas: su objeto de estudio, el cual parte de la diferencia implícita entre cultura popular y cultura elitista, resulta problemático y muchos lo han criticado como un resabio del marxismo; i.e., si el concepto mismo de “cultura” es problemático, lo será sin duda más el de “cultura popular”. ¿Haremos bien en seguir replicando esta dicotomía? Por mi parte, no lo creo.

 

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Mario Gensollen

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