Opinión

Las empresas y los productos culturales / El peso de las razones

¿Es posible que las empresas culturales sean autosuficientes? En otras palabras, ¿es posible que las empresas culturales se consoliden en tanto empresas? Esta inquietud surge de manera natural a partir de una de las preocupaciones centrales que aquejan a las empresas culturales, y que son cotidianas para el trabajo diario de los gestores culturales: ¿es posible que las empresas culturales puedan vivir con relativa autonomía del Estado y las decisiones gubernamentales? En lo que sigue trataré de explicitar el vínculo entre estas cuestiones.

Se sabe: los productos culturales no son análogos a otro tipo de productos que mujeres y hombres consumen, y que tienen relación con sus necesidades básicas. Los seres humanos consumimos productos alimenticios, de vestimenta, de higiene y salud, así como los necesarios para la habitación. En un segundo renglón, consumimos productos innecesarios pero vinculados a necesidades básicas: agua embotellada, comida chatarra, ciertas marcas de ropa específicas, así como artículos para la decoración del hogar. En un reglón paralelo, consumimos productos vinculados al entretenimiento. Los productos culturales no ocupan un lugar claro en su relación con otros objetos de consumo. Por lo mismo, el valor de mercado de dichos productos es difícil de establecer: pues el valor simbólico y cultural parece no dejarse reducir a las maneras en que establecemos el precio de otro tipo de productos. Aquí surge una primera dificultad: parece que las empresas culturales no pueden ser comprendidas y estudiadas bajo los mismos criterios y estándares de otro tipo de empresas (algo similar sucede con las empresas educativas).

La primera dificultad plantea un primer reto: ¿bajo qué condiciones establecen la operación de una empresa cultural? En países como México, los productos culturales son de baja demanda, dado su índice de pobreza e ingreso: otro tipo de productos ocupan el foco de las demandas de los ciudadanos. Por lo mismo, las empresas culturales, si buscan subsistir, tienen un par de opciones: o bien los productos culturales se asimilan a productos vinculados al entretenimiento, o bien las empresas culturales entablan una relación tensa -y muchas veces contraproducente- con el Estado y las instituciones gubernamentales.

La primera opción tiene como consecuencia la reducción o eliminación de ciertos valores simbólicos y culturales en favor de las tendencias y preferencias de los consumidores. La libertad artística termina negociándose con vistas a las ventas y a la subsistencia económica de la empresa. Los creativos se vuelven empleados de los administradores. No obstante, esta posibilidad es una que no puede eliminarse del todo: si una empresa cultural desea subsistir y tener una cierta autonomía no puede desvincularse del mercado, con el cual siempre tendrá una relación tensa. Las empresas culturales son empresas, pero lo son de un tipo muy particular: buscan su inserción en el mercado, pero no se dejan capturar de manera simple y natural bajo sus leyes.

La segunda opción es mucho más peligrosa. Un camino que recorren muchas empresas culturales es subsistir mediante apoyos y mecenazgos gubernamentales. El peligro es evidente: la reducción o eliminación de ciertos valores simbólicos y culturales, pero ahora en favor de las inclinaciones, caprichos y decisiones de los gobernantes en turno. Los creativos ahora se vuelven empleados de los burócratas. Pero esta opción tampoco puede eliminarse del todo: parte del papel de Estado es promover y apoyar el surgimiento de nuevas empresas, en busca del crecimiento económico del país. En tanto empresas, las empresas culturales participan en este esquema. Sin embargo, a diferencia de otras empresas, la libertad creativa y de expresión no debe ser vigilada ni observada por parte del gobierno. No debería ser negociable. El riego que se corre tiene que ver con la mayor vulnerabilidad de las empresas culturales: éstas necesitan mayor apoyo que otras para consolidarse y operar regularmente.

Las relaciones que una empresa cultural mantiene tanto con el mercado como con el gobierno no pueden no ser tensas. No existe un esquema prefabricado que permita regularlas, ni es deseable que las empresas culturales pierdan su especificidad, ni la de sus productos y servicios, en tributo a las leyes del mercado o a las decisiones del gobierno. Es entre estas tensiones donde puede comprenderse a cabalidad el papel del gestor cultural: mediar entre la empresa y el mercado, y entre la empresa y el Estado. Así, su papel es determinante, indispensable y necesario.

 

[email protected] | /gensollen | @MarioGensollen

The Author

Mario Gensollen

Mario Gensollen

No Comment

¡Participa!