Opinión

No me arrepiento de nada (Semblanza de Natalia Ramírez Quiroz (1918-1999) / Favela chic

“No me arrepiento de nada”: con esta declaración arranca el testimonio de mi bisabuela, transcrito hace dos décadas por mi tío René Morales. A sus ochenta años, inconscientemente, ella hizo eco de una canción francesa del mismo nombre, Je ne regrette rien, interpretada por Édith Piaf en los años sesenta, cuya última estrofa reza así: “No, nada de nada / no me arrepiento de nada / porque mi vida / porque mis alegrías / hoy empiezan contigo”. En la misma sintonía, Natalia sabía que su vida también había de recomenzar y de perpetuarse en carne y hueso: en su numerosa descendencia, fuente de las alegrías con que se despidió de este mundo. A fin de siglo y con un pie en el estribo, se sentía orgullosa de haber llevado a la práctica los principios que había aprendido de sus padres, Víctor Ramírez y Sara Quiroz, así como de la religión católica.

En Axapusco, Estado de México, transcurrió su infancia. En este “pueblo de acuarela”, como lo describió mi tío Francisco López, festejamos ayer el centenario de su natalicio. Yo tuve la fortuna de conocerla en persona y siendo adolescente la visité por última vez en su casa de Cd. Nezahualcóyotl, donde vivía en la calle de Correos. El carácter simbólico de este nombre me hizo formular una pregunta ineludible en una conmemoración así: ¿Qué mensajes nos transmite Natalia de viva voz, una voz que sigue resonando con intensidad en su autobiografía? Sin poner reparos en la humildad del lenguaje y en la extrema concisión de las anécdotas, me pareció necesario remontarme a sus páginas para hallar una respuesta fidedigna. Pues, en palabras de Gabriel García Márquez, “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

 

México bárbaro

Para hablar con justicia de Natalia, no debemos ignorar su contexto histórico-social. Nació en el Valle de Teotihuacán, en la hacienda de Santiago Tenayuca, el 27 de julio de 1918. Se casó con Miguel Lira, un rico hacendado del pueblo de Santo Domingo. Vivían en la “Casa Grande”, la más importante de la comarca. Era el México postrevolucionario, una época de inestabilidad política y social, donde las comunidades rurales estaban literalmente dejadas de la mano de Dios. A principios del siglo XX, esta región no contaba con los servicios básicos para garantizar la una vida digna: agua potable, alumbrado, drenaje, fosas sépticas, clínicas ni consultorios médicos. Tampoco había carreteras; sólo caminos improvisados para recorrerse en burro, a caballo, en carreta o a pie. Por estas razones el acceso a la educación y a la información estaba sumamente restringido, lo que recrudecía el aislamiento y el rezago. En las escuelas públicas sólo podía cursarse hasta el tercer grado de primaria. No circulaban periódicos, pero mi bisabuelo, autodidacta y buen conversador, se hacía traer un ejemplar del Excélsior en ferrocarril desde la Ciudad de México. Luego, en la plaza pública, les relataba a los pobladores las noticias más álgidas del momento, como la Segunda Guerra Mundial.

Natalia disfrutó una vida de lujos y de elegancia, pero en la bonanza mostró una gran sensibilidad ante las necesidades apremiantes de los humildes. Se sirvió de su rango para paliar, en la medida de lo posible, las desigualdades sociales que hacían estragos entre los campesinos. Realizó labores comunitarias mientras se encargaba de la crianza de sus primeros seis hijos: María de la Luz, Concepción, Esperanza, Antonio, Miguel y José Guadalupe, mi abuelo paterno. Según mi tía Nidia López, Natalia se desempeñó como “maestra, enfermera y psicóloga ‘no autorizada’”. Valiéndose de la sabiduría tradicional, de la herbolaria y de su perspicacia, curaba los padecimientos del cuerpo: empacho, escorbuto y “mal de ojo”, por mencionar los más comunes. También trataba las afecciones del alma: escuchaba y reconfortaba a los afligidos, que acudían a ella en busca de un consejo. Especialmente a las viudas y a las esposas víctimas de violencia doméstica. Por iniciativa propia, compartía con las mujeres de su servidumbre los conocimientos prácticos que había adquirido en clases privadas: costura, bordado, tejido y cocina. Los lugareños la llamaban “la ama”, no por emplear una fórmula de sumisión, sino como un gesto afectuoso, porque había conquistado a pulso su respeto y cariño.

El primer mensaje de mi bisabuela es que debemos forjarnos un carácter noble, sencillo y generoso para vivir en armonía con el prójimo, con nuestra sociedad. Ella se habría de distinguir siempre por esas virtudes: ni siquiera los vuelcos de fortuna más trágicos e irreversibles, que habría de sufrir en carne propia desde la flor de la juventud, pudieron desfigurar su encantadora personalidad.

 

Eros y Tánatos

De acuerdo con Freud, la existencia de los seres humanos oscila entre dos pulsiones: Eros y Tánatos. En la mitología griega, Eros representa el placer, el amor y la unidad, las fuerzas constructivas de la vida. Tánatos, por el contrario, representa el sufrimiento, el desamparo y la disgregación, las fuerzas destructivas de la muerte. La pugna continua y encarnizada entre una y otra dejaron una huella profunda en mi bisabuela. En la primera mitad del siglo XX, la expectativa de vida era muy reducida. Las condiciones insalubres y la escasez de penicilina, fabricada en los Estados Unidos y distribuida principalmente entre los heridos de guerra, diezmaban la población de México y del mundo entero. Pero el deceso de un íntimo no significaba por ello un trago menos amargo para Natalia, que había hallado la felicidad en el matrimonio y en la familia, dos instituciones ahora en crisis.

A una década de haberse casado, la muerte se ensañó con ella por partida doble. Con tan solo 35 años, una tifoidea se llevó a la tumba a mi bisabuelo Miguel, pues era una enfermedad mortal que no hacía distinciones entre clases sociales. Ese día falleció además su hijo Antonio, un niño de brazos, cuando su nana lo tiró accidentalmente en la confusión y el ajetreo de las pompas fúnebres. Padre e hijo fueron enterrados en el mismo sepulcro. Devastada, Natalia perdió el entusiasmo y se dejó avasallar por la apatía y la desolación: “Todo era monótono, nada tenía sentido ni interés”, declara sin ambages. Guardó un luto de seis años. En ese periodo lúgubre, una epidemia de tifoidea le arrebató nuevamente a un ser querido: su pequeña hija Esperanza. Pero finalmente tuvo que cerrar ese ciclo tan aciago como dichoso para reiniciar otro. En esto consiste su segundo mensaje: debemos sobreponernos a la tiranía de la muerte y apostar por la vida con fortaleza y serenidad. Pero esto no se consigue de forma gratuita, sino pasando por un arduo proceso de adaptación y encarando una nueva serie de adversidades.

 

Quemar las naves

Al contraer segundas nupcias con Francisco Zúñiga, un extrabajador de su hacienda, tuvo que renunciar a su estatus social y a su patrimonio. Aunque había asumido las responsabilidades de su difunto esposo, por usos y costumbres no tenía derecho a reclamar una herencia si volvía a casarse. Pero abandonó su zona de confort sin reparos, pues no podía seguir “viviendo en la Casa Grande como si nada hubiera pasado; todo eso no era mi felicidad”, nos explica. Su segundo mensaje es que debemos negarnos rotundamente a subordinar nuestro equilibrio emocional y psicológico en aras del prestigio, de los bienes materiales o del qué dirán. En su caso no se trató de un sacrificio pequeño. Se hizo cargo en adelante de las rudas faenas domésticas, a las que no estaba acostumbrada. Se vio orillada a abandonar el pueblo, migrar al Distrito Federal y probar las hieles de la pobreza y de la marginalidad. Muchas zonas urbanas sufrían la misma falta de oportunidades y la escasez de servicios públicos que las zonas rurales. Nezahualcóyotl, donde mi bisabuela se estableció en los años cincuenta, era el ejemplo por antonomasia de un núcleo urbano fundado sin la infraestructura mínima para garantizar una vida digna, mientras las autoridades se hacían de la vista gorda, como denuncia el documental Quien resulte responsable (1971), de Gustavo Alatriste y Arturo Ripstein.

De su segundo matrimonio, mi bisabuela dio a luz a María del Carmen, Guadalupe, José Luis, Yolanda, Adela, Juan Manuel y Francisco. Para procurarles un mejor nivel de vida, adoptó un papel asignado por convención a los hombres. Se incorporó al mercado de trabajo y con el tiempo estableció sus propios negocios, hasta construir su patrimonio y gozar de una situación financiera más holgada. Al salir del refugio del hogar, preparó el terreno para una nueva generación de profesionistas con ingreso propio y con reconocimiento social. Mi tía Yolanda habría de enorgullecerla por ese motivo, cuando obtuvo la Presea de Honor del Estado de México por su destacada trayectoria magisterial. Con su espíritu emprendedor, Natalia nos transmite un último mensaje dirigido a nosotras, las mujeres: debemos ser autosuficientes a toda cosa, aun en contra de las convenciones y de las hostilidades del entorno. Pero en este sentido su mérito fue doble, pues en medio de la lucha por la supervivencia, la muerte habría de asestarle todavía más golpes bajos, al arrancarle años después a su segundo marido y a sus hijas María de la Luz y María del Carmen.

 

Una tierra fértil

Sobre el onomástico de su padre, celebrado el 6 de marzo de 1993, mi bisabuela pronunció estas palabras: “Esa gran dicha de verlos ahí reunidos a todos me hizo reflexionar […] y sentir como si mi padre hubiera estado presente en la fiesta que fue hecha en su honor”. De igual forma, ayer también pudimos sentir que Natalia nos acompañaba en el homenaje, mientras veíamos el slideshow de sus retratos y fotografías, oíamos sus boleros preferidos (Sin ti, Cien años, Dios te bendiga, mujer) y degustábamos los platillos típicos que cocinaba con una sazón inigualable (pipián con chilacayotes, estofado de res, bistec con chile pastilla). Personas de diferentes edades, fisionomías, latitudes, oficios, profesiones y temperamentos compartimos con gran regocijo un mismo sello de identidad.

“El arraigo del hombre está amenazado hoy en su ser más íntimo”, advierte Martín Heidegger en su discurso “Serenidad”. Ante un peligro de esta naturaleza, resulta fundamental mantener y estrechar los lazos afectivos con la familia y con la tierra natal, sean como sean. Aunque el Valle de Teotihuacán se caracteriza por un clima desértico y una tierra árida, ha dado muchos frutos: las cuatro generaciones de parientes que nos congregamos ayer, algunos para conocernos por vez primera. De esta bella experiencia se intensificó mi propósito de ser congruente con mis principios y aspiraciones, para que antes de exhalar mi último suspiro pueda decir, como mi bisabuela, “no me arrepiento de nada”.

 

Ver video: https://drive.google.com/file/d/1tPLZ4mp4H-JjyA-yKD_Xo3gFvn0qo6DU/view?usp=sharing

 

Agradezco a Nidia López Lira por haberme compartido un trabajo que escribió en coautoría con María Concepción Lira Ramírez, Adolfo Sánchez González y Casandra Paulina Ceballos: “El papel de las mujeres en los ámbitos económico y social en las comunidades rurales del noreste del Estado de México en la década de los años cincuenta”, presentado en el Centro Universitario Valle de Chalco de la UAEMex en 2012. El retrato de Natalia Ramírez Quiroz fue dibujado por su nieta, Natalia Zúñiga Mena.

 


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Gabriela Lira Rosiles

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