Opinión

Precisamos encontrarnos / Memoria de espejos rotos

Deixe-me ir, preciso andar.

Vou por aí a procurar,

sorrir pra não chorar…

Preciso me encontrar

Antonio Candeia Filho

 

En el versículo séptimo, del capítulo 8 del evangelio de Juan (RV1960) se narra que “…Y como insistieran en preguntarle, (Jesús) se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”. De esa conseja cristiana se ha desprendido una enseñanza moral perniciosa en nuestros tiempos: la noción de que sólo las personas inmaculadas tienen la legitimidad para emitir opiniones y juicios de valor.

¿Por qué esta enseñanza pudiera ser negativa? Recién ayer (martes 22 de agosto) se publicó en el diario español El País un artículo sobre la investigación presentada en la revista Nature que revela el hallazgo de los restos mortales de una niña peculiar: hija de una mujer Neandertal y un hombre Denisovano. ¿Por qué esto debería relacionarse con la cita bíblica? Por un principio de la psicología social que deberíamos tomar en cuenta. El psicólogo Irving Janis acuñó en 1972 el término Pensamiento Grupal para definir la forma en la que los grupos tienden a homogeneizar sus opiniones en torno a un ideal de consenso colectivo, a pesar de que dichas opiniones pudiesen ser consideradas como cuestionables si un individuo del grupo las emitiera por separado.

Lo que quiero decir es que, mientras que la conseja bíblica admite sólo como válido el juicio de “los inmaculados”, en la realidad social no existen tales personas. La conjunción de los ricos y diversos caracteres humanos es todo, menos libre de mácula. De hecho, la suma de esas máculas son lo que nos ha enriquecido como especie. Por eso traigo a cuento el hallazgo antropológico de los Neandertales y los Denisovanos; porque en esa mezcla (en la suma de la tendencia de esas mezclas milenarias) es que ahora somos la especie que somos, enriquecida por la genética de cientos de siglos de individuos que se salieron de su grupo nativo para aprender la técnica de supervivencia de los otros y formar lazos familiares con diferentes grupos de subespecies de homínidos.

Esto se relaciona con la forma en la que se estructura el pensamiento grupal, porque cuando las comunidades tienden a cerrarse para reafirmar su identidad en torno a ciertas categorías de valor que comparten exclusivamente con los de su propia comunidad, regularmente también tienden a ver al disenso y a la diferencia como algo indeseable, cuando –de facto- el disenso y la diferencia constituyen una preciosa posibilidad para el encuentro y la evolución. Así, cuando sólo reafirmamos nuestra cosmovisión (que –de suyo- ni siquiera nos pertenece, sino que la hemos solido tomar heredada) y lo hacemos contrastándola con nuestros pares, con quienes tienen más o menos la misma cosmovisión, el resultado es una satisfactoria sensación de aprobación e integración. De este modo, y en la necesidad de la construcción identitaria, tendemos a desagregarnos de los distintos. Así es como la evolución del pensamiento de nuestra especie llega a estancarse.

Ningún humano es inmaculado; si partimos de ahí, ninguno podría tirar la primera piedra. A contrapelo; todas las personas, a pesar de nuestras personales manchas, podemos (y debemos) trascender el ad hominem para lograr construcciones de convivencia más ricas y menos totalitarias, basadas en la verdad y la justicia, en el laicismo y la equidad. Sobre todo, en un contexto actual en el que el verdadero enemigo es el pensamiento dogmático, acrítico, sectario, que utiliza y aprovecha las naturales fisuras entre las comunidades subyugadas por el pensamiento grupal mayoritario, para imponer relaciones de poder desiguales, en las que se perpetúan rémoras culturales y políticas de carácter patriarcal, heteronormado, y confesional.

En la saga de Star Wars, en el Episodio III, Obi One Kenobi le dice a un contrahecho Anakin –Sólo un Sith piensa en absolutos. En el juego práctico de la realidad también ocurre eso: hay pocos pensamientos más oscuros que aquel que afirma si no estás conmigo estás en mi contra, porque sostener esa idea pone a quien la dice -de facto- del imaginario lado de los inmaculados, de los únicos posibilitados a emitir el juicio, de los únicos capaces de acceder a la verdad; y, en la antípoda, al errado, al desviado, al que -por su naturaleza maculada- está imposibilitado. Es una pena que la realidad humana sea más compleja que eso.

Un problema epistemológico es que quien sostiene esa idea, evidentemente no piensa con claridad, por eso cierra su empatía, se regodea con la reafirmación de una identidad sectaria, y ni siquiera es capaz de ver eso como un problema comunitario. Encarado así ¿cómo podemos hacer para que quien está cegado por perniciosos pensamientos grupales (heredados de siglos de desigualdad introyectada) que le impiden entender, pueda entender? De entrada, siendo más empático y didáctico. Menuda disyuntiva, en la que las relaciones de poder desiguales demandan que las comunidades subyugadas tengan que ser pacientes, más civiles y aleccionadoras respecto a las fuerzas dominantes. Otra opción es la reconversión violenta de las relaciones de poder. ¿Será acaso que en ese mundo rosa de héroes y heroínas inmaculados sólo haya cabida para antihéroes sucios, disidentes de la homogeneización e impacientes por la injusticia?

Hay un poema, Muerte sin fin, del mexicano José Gorostiza, que en el comienzo dice:

 

“¡Oh inteligencia, soledad en llamas,

que todo lo concibe sin crearlo!

Finge el calor del lodo,

su emoción de substancia adolorida,

el iracundo amor que lo embellece…”

 

Ustedes están muy jóvenes y quizá no lo recuerden, o no lo hayan conocido, pero en las décadas de los 60 a los 80, era muy popular el cómic de un personaje trascendental: Fantomas, La Amenaza Elegante. Este personaje era una suerte de espía ladrón, un antihéroe que utilizaba medios cuestionables para lograr fines incuestionables; capaz de colarse en las más altas esferas de la economía, la política, y el crimen; y poseedor de una conciencia de clase que -sin ser panfletario ni politiquero- nos puso con claridad el mapa de la geometría ideológica y de la actualidad del mundo en su tiempo.

Fantomas, siempre elegante, era una amenaza para los corruptos y los abusivos del poder. Podía pelear cuerpo a cuerpo, pero también podía urdir estrategias de emboscada política dignas de la guerra fría para lograr su gran objetivo: más que la erradicación del mal, el equilibro de fuerzas y la justicia. En sus historias, Fantomas se topó con personajes de todo tipo, pero hubo un episodio particularmente memorable: Inteligencia en llamas, nombrado así por el poema de Gorostiza que cité arriba. En este episodio, Fantomas tiene que resolver un misterio que amenaza con desaparecer la memoria bibliográfica de la humanidad. Para lograrlo -luego de dar una cátedra sobre la Ópera de los Tres Centavos, de Bertold Brecht (que es, en esencia, una crítica a la descomposición social del post industrialismo)- Fantomas se relaciona con intelectuales como Alberto Moravia, Octavio Paz, Susan Sontag, y Julio Cortázar, de quienes se auxilia para solucionar el problema.

Fantomas poseía una inteligencia proverbial, pero -a pesar de su vida disoluta, que le daba la apariencia de ser una carne de Playboy- esa inteligencia lo recluía en una pesada soledad. Como en el poema de Gorostiza, una “…soledad en llamas”, desde la que veía arder el mundo para intentar recomponerlo por “…su emoción de substancia adolorida, el iracundo amor que lo embellece…”. No sé, al final de las cuentas, de qué va todo esto; pero le agradezco que haya leído hasta aquí este fárrago disgregado. También le agradezco a La Jornada Aguascalientes ser un espacio plural, que se nutre de las máculas de todas y todos a quienes nos ha brindado espacio. Aquí no hay inmaculados, sino personas que precisan encontrarse.

 

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Alan Santacruz Farfán

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