Opinión

Próximo gobierno / Cátedra

Para cumplir con la obligación señalada por el artículo 87 constitucional de tomar posesión del cargo de presidente de la República en una asamblea legislativa -en este caso desquiciada por airadas manifestaciones de protesta de los legisladores de oposición- el presidente electo Felipe Calderón asaltó el Congreso de la Unión el día 1 de diciembre del 2006, entrando a hurtadillas por una de sus puertas traseras y escoltado por militares, porque el frente había sido protegido de la ira popular, entre otras cosas, por vallas de acero de unos cuatro metros de altura. Como bien se ha dicho, el ambiente represivo de aquella sesión parecía más el de una dictadura que el de un gobierno civil.

Esto, tras uno de los fraudes electorales más escandalosos de los últimos tiempos, que se distinguió por el apoyo decisivo de la lideresa sindical Elba Esther Gordillo -señalada por la revista Forbes como una de las diez personas más corruptas de México- a quien el ya presidente Calderón premió entregándole el dominio sobre la educación durante su sexenio con los lamentables resultados que todavía está sufriendo ese que es, a mi juicio, un sector medular del gobierno.

Entre sus promesas de campaña, el entonces candidato Felipe Calderón colocó como bandera principal la de abatir la pobreza mediante la creación de “más y mejores” fuentes de trabajo, por lo que, aseguró, se le recordaría como “el presidente del empleo”. El resultado real fue que en 2012 terminó con ocho millones 670 mil desempleados, cantidad superior en dos millones 137 mil más de los que había cuando inició su mandato en 2006; y la cantidad de pobres por ingreso -es decir que con lo que ganan apenas logran sobrevivir- pasó de 45 millones que había al principio de su sexenio, a 61 millones al final del mismo.

En su ejercicio menudearon los actos de corrupción personal, familiar y generalizada, exceso de gastos innecesarios como los 32,800 millones de pesos derrochados en propaganda de autoalabanza disfrazados de información gubernamental (el doble de la que también indebidamente utilizó el presidente Fox, siguiendo el ejemplo de los anteriores). Derroche escandaloso, como el que realizaron ambos, Fox y Calderón, con los beneficios que por 420,000 millones de dólares les entregó Pemex, de los cuales nunca rindieron cuentas. Entrega de soberanía a empresas mineras en su mayoría extranjeras -también entre los presidentes Fox y Calderón- para explotar cerca de diez millones de hectáreas del territorio nacional. etc., etc.

 

La guerra contra las drogas

Pero la peor de todas las barbaridades cometidas por el presidente Calderón, que por ser escandalosamente absurda le dio al pueblo la idea clara de la clase de presidente que teníamos, fue nada menos que la primera orden que lanzó en el inicio de su mandato: una declaración de guerra que nunca mencionó en su campaña y nadie supo contra quién estaba dirigida; primero dijo que contra las drogas, que no son personas ni países enemigos; después contra el narcotráfico, sin ofrecer nombre ni domicilio del supuesto antagonista; finalmente la enfocó contra el crimen organizado, con las mismas características fantasmales.

Hay dos clases de guerras: las externas y las internas. Las externas se realizan entre naciones enemigas y México, que tiene una doctrina internacional basada en el respeto al derecho ajeno, no tiene enemigos.

Las internas son llamadas guerras civiles porque las declaran los ciudadanos organizados contra el gobierno que pretenden derrocar por considerarlo opresor: es el caso del Plan de San Luis que firmó Francisco I. Madero contra el gobierno de Porfirio Díaz, que fue con el que se inició, formalmente, la Revolución de 1910.

Es de lógica elemental que una guerra civil, que lo que pretende es derrocar a un gobierno, jamás será declarada por el gobierno: sería como darse con una piedra en los dientes. Pues eso fue precisamente lo que hizo el presidente Felipe Calderón.

En cuanto vi la noticia en el periódico envié la siguiente carta a la revista Proceso, que la publicó en su edición del 31 de Diciembre del 2006:

 

“Entre la infinidad de órdenes ociosas pero espectaculares que de acuerdo con su modo gerencial de entender lo ‘ejecutivo’ del poder dio Vicente Fox durante su sexenio -que no gobierno-, una de las primeras -en Tijuana si mal no recuerdo- fue la de suprimir el narcotráfico en el perentorio término de seis meses en esa localidad. Los resultados están a la vista no solo en Tijuana, sino en todo el país.

“Hoy por hoy, Felipe Calderón se ha metido en el mismo callejón sin salida en su estado natal, sin tomar en cuenta ya no las lecciones de la historia, que sería mucho pedir, sino por lo menos la experiencia en la cabeza ajena de su antecesor.

“No se necesita ser adivino para saber que en breve tendremos a la vista los mismos contraproducentes resultados, porque no se puede resolver el todo atacando solo una de sus partes, ni es por el costoso y fracasado camino de la fuerza bruta donde se encontrará la solución del problema.

“Atentamente, Netzahualcóyotl Aguilera R.E. Aguascalientes, Ags., [email protected]

 

En publicaciones posteriores advertí que la promesa que el presidente Calderón hizo en el sentido de que sería una tarea rápida y exitosa no solo no iba a poder cumplirla, porque lo que había hecho era provocar un incendio de violencia que no podrá apagarse mientras no se dirijan los esfuerzos a las causas del problema, cosa que no requiere, por cierto, violencia alguna.

Pero nada. La violencia se institucionalizó y, como lo hemos seguido constatando, crece.

Después se vio claramente de dónde procedía la orden, cuando siguiendo el ejemplo de Colombia y otras colonias latinoamericanas, el presidente Calderón envió al Congreso de la Unión una iniciativa para imponer en México una copia de la Ley Nacional de Seguridad establecida por el presidente estadounidense Harry S. Truman en su país en 1945, que el imperio estadounidense pretende continuar imponiendo en América Latina para arrastrarnos por una parte como sus aliados borreguiles en su política bélica y por la otra en reprimir a nuestros pueblos para facilitar la explotación de nuestros recursos en su beneficio porque su dominio sobre otros continentes se está diluyendo. (Continuará)

 

“Por la unidad en la diversidad”

Aguascalientes, México, América Latina

[email protected]

 


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Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

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