Opinión

Terrario / La escuela de los opiliones

Una poción menor y un champiñón brillante: en mi carrera desenfadada como streamer (Ninja y PewDewPie me dan la bienvenida, oh, hermano viejo de fenotipos), suelo transmitir mis videojuegos tanto a Twitch como Youtube para conservar un registro de lo que he jugado. Eso me ha jalado espectadores casuales, amigos de temporada. Escribo la fórmula de una poción de salud y pienso en el tiempo que tomará localizar los ingredientes. Igual que irse a jugar ajedrez solo al parque y anotar las jugadas contra la sombra en una libreta vieja, luego vendrán los mirones mientras uno se baña del viento, de los ruidos, de la sombras arbóreas. Lo mío se trataba de generar contenido sin otras esperanzas que la documentación del ocio: ese hombre estuvo ahí, picando botoncitos y empujando una palanca. Pero estos últimos días, sorpresivamente, llegaron un puñado de muchachos para acompañarme y comentar el último videojuego que estoy jugando: Terraria.

La melodía del niño rata: un poco de simpsonsplaining, ¿recuerdan aquel episodio de Los Simpsons donde Bart aparece como un niño rata? Bueno, pues este es el término habitual para los mocosos que aparecen súbitamente en tus redes sociales (roen quesito, ríen por lo bajito), especialmente juegos en línea, para iluminar tus días con sus chistes, sus memes, su ortografía deliberadamente estridente. Una vez escuché a uno de ellos durante todo un juego de Overwatch recitar alegremente a quienes les iba a disparar a la cabeza, chamaco más enfadoso. Los niños son el futuro, son la rebelión, la luz del norte. Los chamaquillos que me acompañan en mi stream, algunos de ellos, se meten al papel de la niñoratés amorosamente, jubilosamente y dios me perdone, pero en vez de sentirme frustrado por no mantener una conversación decente sobre la Metafísica de Aristóteles (no se crea, siempre cambio el tema cuando alguien más lo menciona), me entretengo con sus ocurrencias y cuando espero más de ellos, me decepcionan y me sobrepasan a la vez. Me saludan: “ola, prro”. Me trolean: “ze caioooo el stream, pégale a tu compu (y ahí voy)”. Me joden: “baia, baia, hasta que abandonaste el épico desierto donde vivimos grandiosas aventuras”. He descubierto que para ellos soy un adulto irremediable, un padre que mueve el joystick para darle instrucciones a un auto de carreras en vez de usar las malditas palancas.

No es Minecraft, carajo: los adultos tendemos a categorizar para simplificar y economizar nuestros relatos. Necesitamos dar una explicación a otro adulto y para gastar el menor tiempo posible, ladramos algo sencillo. Explicar de qué se trata Terraria es tan fácil y tentador como decir que es una especie de Minecraft, aprovechando que este último juego tiene más visibilidad y más usuarios. Los chamaquitos se enfurecen cuando eso pasa. Probablemente tienen razón. La experiencia de Terraria es similar a un libro: el juego es tan abierto que el usuario construye su propia historia, su cabeza genera en procesos inconscientes las razones que explican los caminos abiertos y las estructuras construidas. No es para menos, la experiencia de este juego es tan poderosa, que fue la inspiración para una de las odiseas digitales más grandes que ha existido: Zelda, Breath of the Wild.

Los días sin Terraria: viajo al DF para mi siguiente inyección de quimioterapia y luego viene una apuesta; cuántos días vas a necesitar para recuperarte, pequeño saco de inmundicia. Pasan los días y las noches. No llevo cuenta, me cuesta trabajo entender el tiempo. No puedo tomar mis libros, debo releer una y otra vez para captar algo y acepto el cansancio, me rindo; pongo películas para distraerme y eventualmente, quedarme dormido. Mis libros me han abandonado, no, no fueron ellos, mi cabeza. Mi esposa aparece los vasos de agua, las comidas, la paciencia para tratar con el saco de huesos. Mi cuerpo ha descubierto los umbrales. Cada sesión es más difícil que la anterior. Los efectos cada vez son más molestos. Luego de tres, cuatro, a veces cinco días, puedo sentarme de nuevo frente al monitor. Abro Terraria, inicio la transmisión y los chamaquitos empiezan a saludar. “Estuvo muy bueno el stream de ayer, ¿eh?”. “Ayer no hubo stream!, les corrijo por tonto. “por eso, menso XD, ¿por qué no habías venido?”. Platico un poco del cáncer, del tratamiento, de los viajes pero ellos se olvidan pronto, me ignoran, ponen emojis y memes, me dicen a dónde ir, me preguntan a cuántos jefes pienso matar hoy, si voy a buscar las islas flotantes y los santuarios de espadas en piedra. Algo se quiebra. He abandonado un mundo para entrar a otro y ellos, sin saberlo, abrieron la puerta inmediata; me empujaron; me han guiado a un paraíso.


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Agustin Fest

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