Opinión

Bonito / Esencias viajeras

Cuando escuche en una conversación de manera casual que había un sitio en el mundo con este nombre sinceramente y con toda franqueza no me lo podía creer, pensé rápidamente -o al menos eso supongo- que era una broma, una tomada de pelo, un sarcasmo o alabanza, tal vez en el mejor de los casos una licencia poética para asignar a algún lugar ese adjetivo. Hay pueblos o ciudades a los cuales se le antecede algún pronombre para dar la idea de alguna característica preponderante del lugar, una aproximación que lo identifica y que el viajero podrá esperar con cierta certeza, algunos ejemplos son  la “ciudad de los palacios” antiguamente denominada el “defectuoso” referidos a la Ciudad de México, la “ciudad de la furia” para Buenos Aires, la “horrible” Lima, “la gran manzana” para Nueva York, “la perla del Danubio” para Budapest, “joya del Pacífico” para Valparaíso, la “ciudad de la luz” para París o “la bien novelada” para Oviedo. Estos apelativos hacen referencia a alguna peculiaridad, defecto o cualidad que los distingue, así creí que sucedería con “bonito”, creí que después de este mote escucharía el nombre específico del lugar; no fue así, no pude seguir entrometiendo oreja en conversación ajena y me retire intrigado.

Decidido a conocer que lugar merecía semejante adjetivo no bastaron más que algunos pocos segundos en Google para detener todas mis especulaciones –que solamente serían el inicio de una larga lista- y como antídoto fulminante para mi incredulidad ahí aparece en el buscador; Bonito, municipio ubicado en el estado de Mato Grosso do Sul en Brasil, ubicado en la región Centro-Oeste, fundado el 2 de octubre de 1948, con una superficie de 4,934 km2  y una población de 19,587 habitantes.

De pronto mi incredulidad se transformó en asombro, cerré rápidamente la pantalla de mi ordenador para descansar un par de minutos, mala idea. Durante ese par de minutos –que tal vez pudieron haber sido decenas- sentado en un silencio lleno de ruidosas dudas tome un par de decisiones substanciales; no investigaría más acerca del lugar y la más importante; haré un viaje para conocer Bonito. Ahora el asombro se transformó en especulación imaginativa ¿cómo sería Bonito?¿que habrá en este lugar para ser nombrado con tal adjetivo en un país como Brasil que le sobran por millares lugares hermosos y únicos? Las dudas me rodeaban ¿cómo serán sus calles, sus casas, tendrá animales exóticos y fantásticos? ¿el sol brillará más en Bonito, el pasto será más verde, el agua mas cristalina, el aire más puro? ¿a que sabrán sus manjares, sus frutas serán más dulces y olorosas? ¿la luna será brillante con una noche llena de estrellas mientras hay un murmullo de grillos y monos? ¿cuál será el gentilicio para sus lugareños; boniteños, boniteiriños? ¿o será un lugar grotesco y caótico con gente desagradable y malhumorada y el sobrenombre no es más que una irónica denominación para que incautos como yo caigan en sus malévolas garras? Y por supuesto la pregunta más significativa que me desvelo varias noches ¿cómo serán las mujeres de Bonito, serán bonitas las mujeres de Bonito y por ello será tan bonito?

Así entonces ubique el lugar en el mapa y emprendí el viaje. Después de un larguísimo trayecto en un autobús destartalado el chofer anuncia; –nós chegamos a Bonito. Baje despacio y pise la tierra de este lugar, el cansancio se esfumó en el momento en que los primeros rayos de sol aparecían mientras un par de coloridas guacamayas surcaban el cielo azul claro, comencé nervioso e inquieto a caminar por el pueblo sin prisas buscando desmoronar todo lo que mi imaginación había edificado, me quedaría simplemente hasta que la realidad que generalmente es cruel y traviesa me hiciera perder el encanto y volviera a entrar en cordura. Otra mala idea.

Cada día que pasaba en este pequeño lugar del mundo me alejaba mas de mi intención de realidad, en las calles tapizadas de adoquines ocre franqueadas por aceras llenas de vegetación, árboles y palmeras la gente al pasar me saluda amablemente en portugués; ¡bom Dia!, ya fuera en la pequeña panadería artesanal, en la carnicería, el café, el cine, el puesto de diarios o la tienda de helados, al entrar la gente sonriendo me recibía con un; ¿tudo bem? a la cual respondía alegremente ¡todo bien! desprendiéndose casi en automático otra pregunta de su parte; ¿você é mexicano? y ahí el trato –como si esto aún fuera posible- se tornaba más amable y cálido como la temperatura de su clima. En el lugar no existen los semáforos ni el transporte público, hay muy pocos autos ya que la bicicleta es la norma encontrando decenas de bicis en la vía pública sin candados y cadenas, la plaza es acogedora llena de naturaleza con desperdigadas bancas de madera que sirven  para refrescarse bajo la sombra de inmensos árboles y mirar el andar de las manecillas del reloj mientras la prisa ha abandonado este pueblo para buscar una gran ciudad, en la plaza solo se escucha el viento moviendo las hojas de los árboles, el agua de la fuente central adornada por una escultura hermosa de un par de peces Piraputanga gigantes llenos de escamas multicolor que brillan con el sol y que son uno de los orgullos naturales de la zona, ocasionalmente se escucha el tintineo del vendedor de helado continuado por la corretera de niños que salen del colegio mientras sus abuelos les dan algunos reales para comprar cualquier delicia que aminore el calor, tal vez por algo este sitio se llama Plaza de la Libertad.

En medio de este letargo idílico me sobresalta al caer el sol las risas de los jóvenes, la cadencia del bossa nova, las luces del escenario, estoy en medio de la celebración del Festival de Invierno de Bonito donde la ciudadanía fomenta la cultura como portadora para un nuevo tiempo donde el respeto, la paz y la democracia sean definitivamente los cimientos de nuestras sociedades. El Festival reúne lo más destacado de las expresiones bonitense, sul-mato-grossense y de diversas partes del Brasil, me encuentro embelesado entre el teatro, la danza contemporánea, la artesanía de comunidades indígenas, la literatura, el cine y la música llena de ritmo, cadencia y voz del legendario Milton Nascimento con su concierto “Semilla de la Tierra”. Sin embargo el Festival es tan solo pretexto de celebración para el lugar que ofrece su naturaleza llena de rebosante vida, de grutas, ríos y lagos de agua tibia y cristalina inundados de peces como el curimbatá, el pacú, el oro y la piraña en las aguas que se bifurcan mientras los monos observan, los jaguares y los pumas se adentran hacia la densidad del pantano, las aves como el Gran Halcón Negro y las golondrinas sobrevuelan el cielo o el Jabirú –similar a una cigüeña- se posa en la copa de un árbol con su metro y medio de altura y sus diez kilogramos de peso, en las zonas verdes los carpinchos corretean por el lugar a las nutrias que huyen despavoridas de los caimanes, a Bonito lo toca el gran Pantanal que es el mayor sistema inundable de agua dulce del mundo y uno de los ecosistemas de mayor vida silvestre del planeta, así el medio ambiente y la preservación de los hábitats son sus principales valores en un ecoturismo responsable y solidario donde cada lugareño con su trabajo es una pieza importante para la comunidad.

Fue duro irme de Bonito, irremediablemente,  pero a lo largo de los años se aprende que no todo lo hermoso puede durar para siempre, falte a mi promesa de irme hasta que la realidad llegara, subestime la magia de este pequeño lugar en el mundo que me hizo experimentar algo nuevo, espero con ansias regresar a Bonito aunque falte al canónico principio de “que al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”.


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Néstor Damián Ortega

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