Opinión

De las ilusiones a las frustraciones / Matices

Jesús Silva Herzog escribió hace unas semanas que “pasar de la oposición al gobierno supone una adaptación compleja y riesgosa. Ir de la epopeya de los votos a las rutinas de la administración es pasar de la producción de ilusiones al manejo de la frustración”. Así, aunque López Obrador no haya tomado protesta, ya es presidente electo en funciones, una vez que Peña asumió el cargo de expresidente en funciones. En este momento del año, cuando ya tomaron protesta los diputados y senadores, la 4ta transformación ya empezó, y atinadamente Silva Herzog lo afirma, es momento de pasar de la producción de ilusiones al manejo de la frustración, porque las ilusiones no serán realidad en un día, quizá ni en seis años. Será prudente manejar frustraciones.

Nunca ha vivido México una situación política como la que vivimos en estos días. Algunos hablan que la aplanadora ya había existido con el PRI, pero no en este contexto democrático, pero no con un triunfo democrático en las urnas tan contundente, pero no con las instituciones autónomas y no con los retos que enfrenta el país. La inseguridad, la corrupción y la desigualdad no han estado nunca en esos niveles. La autonomía de las instituciones electorales no existía en los tiempos del autoritarismo priista, la oposición, la participación ciudadana, los medios de comunicación: el contexto es otro, nunca antes vivido.

Las ilusiones creadas por Obrador y su discurso fueron tan eficientes, por el gran manejo de símbolos, pero también por los altos niveles de indignación y la gravedad de los problemas. Las ofertas y las ilusiones fueron muy amplias: sacaremos al ejército de las calles, habrá austeridad en el senado, libertad de expresión, medios libres, becarios no sicarios, abrazos no balazos, independencia de poderes, no al nuevo aeropuerto y un grande etcétera. A tan solo unas semanas de ser electo, el manejo de las frustraciones empieza a brotar en los discursos.

El Ejército no puede salir de las calles, no hay austeridad plena en el Senado, la libertad de expresión se condiciona a los “corazoncitos” y a quienes opinen lo mismo que los obradoristas en redes sociales, los becarios no llegarán pronto, porque los sicarios no se acabaron, los abrazos igual y sobre la independencia de poderes, en tan solo una semana tenemos tres ejemplos de que dista de ello: los gritos que decían que la honorabilidad dependía de estar con Obrador, la línea en la votación de Manuel Velasco y el poco perfil legislativo de la bancada mayoritaria lo reflejan: el legislador será el presidente.

Es hora de manejar las frustraciones.

Algunos otros lo llaman: el apechuge del simpatizante.

Rectificar y cambiar no es malo, es bueno. Aunque muchas veces signifique contradicción, aunque muchas veces signifique críticas, las críticas hay que asumirlas, debatirlas y permitirlas. Como simpatizante convencido hay actos que se deben tolerar y defender por el bien del proyecto integral. Pero también hay otras medidas que pueden ser criticadas desde el seno de López Obrador, pero parece que el tono no es así. Taibo destaca como un opositor de Obrador, pero un convencido de su proyecto, fue un crítico de la alianza con el PES y de la presencia de Romo, pero no dudó del líder y su proyecto.

Si la crítica al interior no es bien recibida, al exterior tampoco ha sido un buen tono. Macario Schettino escribió que “Existe una tercera posibilidad: que una palabra que uno utilice sea interpretada por alguien como un insulto. Pero eso no depende de quien emite, sino de quien recibe, y más que un tema de agresión, se trata de lo que ahora se llama “corrección política”. De manera general, me parece que esa moda es un problema para el diálogo público, y potencialmente un arma contra la libertad de expresión.”

Todo se resume: es la hora de gobernar. El bono democrático que tiene López Obrador es inmenso, el apoyo en todos los canales también y su manejo de símbolos ejemplar. Eso lo pone en la puerta del lugar donde quería estar desde el principio: en la posición de líder histórico, al lado de Madero y de Juárez. Ahí está López Obrador, si quiere abrir esa puerta tendrá que gobernar de manera ejemplar, haciendo valer los principios demócratas, gobernando con altura de miras, dejando a un lado la política de gnomos y ser un hombre de Estado no de partido.

La tentación es enorme, construir una hegemonía partidista o un buen gobierno que aunque no cumpla todas las ilusiones, diseñe las políticas públicas necesarias para reducir la inseguridad, combatir la corrupción y disminuir la pobreza, aunque pierda la siguiente elección; eso lo hará un gobernante más valioso. Un gobernante que entienda que la hora de las ilusiones terminó, que la hora de las frustraciones comenzó y eso traerá consigo innumerables críticas. A final de cuentas, su papel en la historia no lo decretará él ni su sucesor, lo harán los historiadores, porque bien dicen; en política es mejor ser historiador que profeta o lo que es igual, dejar de vender ilusiones y gobernar, a pesar de las frustraciones.


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Carlos Aguirre

Carlos Aguirre

1 Comment

  1. Alberto Mariño
    11/09/2018 at 16:33 — Responder

    Excelente articulo, con mucha idoneidad y objetividad.

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