Opinión

El diablo existe y está entre nosotros / Memoria de espejos rotos

Please allow me to introduce myself

I’m a man of wealth and taste.

I’ve been around for a long, long year,

stole many a man’s soul to waste…

Sympathy for the Devil

The Rolling Stones

 

El cristianismo católico construyó el símbolo del diablo para enriquecer su discurso de que ellos, los católicos, pertenecen al lado del “bien”, en una narrativa que hace necesaria la personificación del “mal”. Más allá de la imagen del diablo de pastorela (rojo, con cuernos y cola), la noción del mal (y del pecado) fue construida por la iglesia basándose (como en el resto de su cuerpo de creencias) en otras mitologías preexistentes. Así, en este discurso maniqueo, el cristianismo primitivo se nutrió de la tesis y la antítesis divinas de la mitología babilónica, que sustentaban la existencia de Ahura Mazda (la deidad del bien) y de Ahriman (la representación del mal), y las adaptó a su credo de luz y tinieblas; del mismo modo que utilizó el vocablo Satanás (Σατανᾶς, en griego) para cambiar su significado, de “opositor” o “adversario”, a la concepción de lo maligno; igualmente, Demonio (del griego δαίμων Daimôn), pasó de ser originalmente un concepto relativo a la entidad espiritual, o al ímpetu del espíritu, a acuñarse como sinónimo del mal; lo mismo con la voz griega Diablo (διάβολος), entendida en principio como “confrontador”, se adaptó para nombrar también al malévolo.

En la película The Usual Suspects (Sospechosos Comunes, de Bryan Singer, 1995), el protagonista Keyser Söze (en la estupenda interpretación del -todavía no- defenestrado Kevin Spacey) suelta un par de frases memorables: “La mejor treta que pudo idearse el Diablo fue la de hacerle creer al mundo que no existía”, en una genial idea que sustenta el giro de tuerca para el engaño que se mantiene durante la trama; y también dice en uno de sus parlamentos “Un hombre no puede dejar de ser lo que es”. La película, sin adelantar sucesos importantes, trata sobre cómo la verdad siempre ha estado delante de nosotros, mientras hemos sido incapaces de verla, gracias a nuestros prejuicios y nuestra tendencia a juzgar por las apariencias.

En la misma línea narrativa, hacia la alta edad media, la iglesia católica inventó el concepto del diablo para crearse artificialmente una fuerza opositora que legitimara a la propia iglesia mediante el temor, el chantaje, la culpa, y toda la histeria contenida en la idea del pecado. La iglesia inventa al diablo y se desmarca de éste, asegurándonos que el camino del bien es el eclesial, y el del mal es aquel que busca la autonomía espiritual, el que confronta, el que divide, el adversario, y -en suma- el otro. Sin embargo, como en Sospechosos Comunes, la verdad siempre estuvo ante nuestros ojos, y muchas veces no hemos sabido (o querido) verla de frente.

Un suceso que debería dar para ser escándalo mundial, para meter a prisión a muchas personas, para concluir con la debacle de una institución mundial, fue el macabro hallazgo publicado en marzo de 2017 en Irlanda. Se encontró en el interior de un ex orfanato católico administrado por monjas, un conjunto de fosas comunes que contenían los cadáveres de unos 800 cuerpos, de entre 35 semanas de gestación, y 3 años de edad, muertos durante la actividad de ese orfanato, en las décadas de 1920 y 1960. Actualmente se realizan más pesquisas en otros espacios que sirven o han servido de orfanatos católicos en ese país, para comprobar que no haya habido más ocultamiento de cadáveres. Las madres de estos menores solían ser mujeres jóvenes, en condiciones de vulneración, que acudían a la iglesia a entregar a sus bebés como una alternativa al aborto. De acuerdo a la investigación policial, había al menos una decena de este tipo de orfanatos en toda Irlanda, donde habían ingresado alrededor de 35,000 mujeres embarazadas, solteras, vulneradas y pobres, para aislarlas (con sus recién nacidos) del resto de la sociedad, marcadas con el estigma de la maternidad extramatrimonial.

Sumado a esto, la investigación de Pensilvania que documenta judicialmente los más de mil casos de abuso sexual de sacerdotes contra niñas y niños, y la penosa reacción de Jorge Mario Bergoglio (secundada por su iglesia), con la que se duelen por los abusos, pero no aportan nada a la procuración de justicia, a la reparación del daño, a la prevención del delito, a la depuración de sus filas, ni al encarcelamiento de los culpables, retrata de cuerpo entero la posición de la iglesia ante el fenómeno de la personificación atroz del mal. Esto en lo contemporáneo, por no abundar en los millones de muertes promovidas por la iglesia católica en la inquisición, la conquista, los cismas de oriente y occidente, la persecución judía, las dictaduras latinoamericanas, y un largo etcétera.

Así, como en Sospechosos Comunes, el diablo siempre estuvo frente a nosotros, pero no quisimos verlo, porque nos convenció de que no existía, existiendo entre nosotros, ganándose nuestra compasión y nuestra afiliación a su causa. Ese diablo es la iglesia católica, que se inventó a sí misma, para poder inventarse a su némesis, y distraernos históricamente para no enterarnos de que el maligno era -justamente- el símbolo venerable del hombre enfundado en la sotana, con un crucifijo en la mano, y el dedo flamígero contra sus opositores.

 

[email protected] | @_alan_santacruz | /alan.santacruz.9


Vídeo Recomendado


The Author

Alan Santacruz Farfán

Alan Santacruz Farfán

No Comment

¡Participa!