Opinión

La creación literaria como derecho / Cinefilia con derecho

Cuando me inscribí al Diplomado en Creación Literaria organizado por la Coordinación Nacional de Literatura y el Ciela Fraguas, me imaginaba escuchando a grandes escritores, como los hermanos Kaufman, en El ladrón de Orquídeas (2002) cuando acuden al foro con el importante y elocuente instructor de creación de guiones; aprendiendo los tips necesarios para sacar ese proyecto de novela que se anida en mi mente; esperaba, después de estas sesiones, descubrir la vocación que me haría millonario, abandonando el derecho y la burocracia, para obtener algún premio literario y pasar a la historia -como Rulfo- por un solo libro. Me equivoqué en esto último (ni libro, ni claudicación de mi cotidianidad) pero no en la primera parte, fuimos testigos de un conjunto de escritores mexicanos consolidados, en su mayoría jóvenes, quienes impartieron clases a cerca de 30 alumnos en 12 sesiones (6 meses) que lo mismo abarcaron cuento, novela, ensayo o poesía.

Nos visitaron personajes variopintos, personalmente me gustaron la dramaturga Silvia Peláez (El vampiro de Londres) Ernesto Murguía (Las puertas de la oscuridad) Vicente Alfonso (Huesos de San Lorenzo) Juana Inés Dehesa (Treintona, Soltera, y fantástica) Cecilia Eudave (Sobre lo fantástico mexicano) y María Emilia Chávez (Estética del prodigio). También me encantó la visión antisistema de Guillermo Espinoza Estrada (La sonrisa de la desilusión) preocupado por el verdadero sentido de la escritura y la literatura nacionales, más cercanos a proyectos comprometidos con las causas sociales, gracias a él conocí la impactante Antígona González (se puede leer gratis en https://goo.gl/ktJp4t) un hermoso y conmovedor trabajo literario de Sara Uribe, que narra poéticamente el periplo de aquellos que deambulan en el país buscando a sus desaparecidos.

En un trabajo que publiqué en la revista Ciencia Jurídica (Volumen 7, número 14 https://bit.ly/2wFx7iO) concretizo el derecho humano a la cultural en dos facultades subjetivas concretas del hombre: la producción y el acceso a bienes culturales. Viene a colación esto, porque en el primero, la creación, podemos hablar de tres características que considero fundamentales: libertad absoluta de expresión (no puede haber ningún límite, sería censura); acceso en condiciones de igualdad a los estímulos que el estado otorga a los creadores; y, el derecho a las regalías por las obras de mi propiedad intelectual; esta prerrogativa y sus características, es trascendental, pues en el fondo se trata del leit motiv de la humanidad. Todos los expositores, aun cuando el diplomado es esencialmente académico, implementaron ejercicios de creación literaria, la realidad es que, en los nuevos amigos que conocí en dicho evento, hay verdadero genio, todos con un gran conocimiento y originalidad, menos el suscrito (más oyente que otra cosa) y para muestra el único ejercicio que medio logré:

 

Mi piel dura y fría. Me levanto sintiendo el rigor mortis. Aturdido, camino hacia un espejo: mi rostro amarillo y apagado, mi cuerpo es un mapa de suturas.

¡Lo había hecho! Cumplió su amenaza. Cansado de la vida matrimonial, juré a la doctora Frankenstein que prefería la muerte, antes que seguir a su lado. Enfilé la pistola a mi sien, jalé el gatillo y escuché sus últimas palabras: ni la muerte nos podrá separar.

 

El universo que fomenta este derecho del creador, es maravilloso, por eso traigo a colación a Charlie Kaufman que en la cinta El ladrón de orquídeas (Adaptation) nos presenta la historia de un escritor al que se le encarga la adaptación cinematográfica de un libro, sin embargo, la musa no llega y se ve sometido a presión para entregar el producto; se quiere alejar del star system y su parafernalia, ante la falta de inspiración, termina escuchando y haciendo caso a un profesor de guión totalmente hollywoodense. En esta cinta, lo que trasciende es el escritor, nos presenta dos planos perfecta y deliciosamente ensamblados: el problema del guionista ante la hoja en blanco, en la realidad y la ficción, creando así un producto mitad verdad, mitad mentira.

El sábado pasado finalizó el diplomado, un buen acierto del Ciela-Fraguas, proyecto en su momento impulsó -entre otros- mi maestro Jesús Eduardo Martín Jáuregui y que hoy dirige acertadamente Claudia Quezada, a quien agradezco (junto con todo su personal) así como al ICA y la Universidad de las Artes, la oportunidad y el esfuerzo para consolidar el derecho humano a la cultura, para que los alumnos hayamos disfrutado a este conjunto de escritores, que nos dejan un buen sabor de boca, incluso para los que no seremos ese escritor que México espera.

 

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Rubén Díaz López

Rubén Díaz López

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